Capítulo 6 ¿No puedes dormir?

Arturo le sujetó el brazo a Nanda con firmeza, guiándola con paso decidido hacia la gran escalera de mármol. Nanda sintió un frío violento recorriéndole la espalda, pero antes de que pudiera zafarse de su agarre, la figura erguida de Pol apareció al pie de los escalones sosteniendo un teléfono en la mano.

—Señor Morel, lamento interrumpir —dijo Pol con voz grave y urgente—. Sus socios de Londres intentaron comunicarse a su teléfono personal, pero al dar apagado, llamaron al mío.

Arturo apretó la mandíbula con rabia. Había apagado su móvil a propósito para que nadie arruinara su noche con Nanda, pero no contó con que su equipo buscaría cualquier vía para dar con él.

—¿Qué demonios quieren a esta hora? —espetó Arturo sin soltar a Nanda.

—Se acaba de filtrar a los medios la noticia de su matrimonio repentino y las acciones están sufriendo una caída —explicó Pol—. Los inversionistas exigen una llamada de emergencia ahora mismo o convocarán a una sesión extraordinaria al amanecer.

Desde el fondo del pasillo, recostado contra el marco de la puerta del comedor, Alexander dejó salir una carcajada amarga.

—Vaya, papá... Apagaste el teléfono para tu noche de bodas y el mercado te destruyó la fiesta —provocó Alexander, dando un trago al whisky que llevaba en la mano—. Ve a salvar tu imperio antes de que se te caiga a pedazos.

Arturo respiró hondo, con la mirada encendida en furia. La ambición y el dinero siempre estaban primero en la escala de sus prioridades.

—Sube a la habitación del fondo del ala este, Nanda —ordenó Arturo, soltándole el brazo de golpe—. Tengo negocios que atender. No salgas de ahí.

Sin esperar respuesta, Arturo le arrebató el teléfono a Pol y caminó a pasos rápidos hacia su despacho.

Nanda no perdió un solo segundo. Subió las escaleras a toda prisa, sintiendo la mirada pesada y burlona de Alexander clavada en su espalda hasta que dobló la esquina del pasillo.

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A la una de la mañana, la suite del ala este era una jaula helada. Nanda daba vueltas en círculos sobre la alfombra, incapaz de conciliar el sueño. El silencio de la mansión no le traía paz; solo le aumentaba la ansiedad y la rabia que llevaba contenidas en el pecho.

Necesitaba moverse, salir de esas cuatro paredes. Con un camisón de seda oscura y una bata ligera del mismo tono, abrió la puerta sin hacer ruido y salió al pasillo. Las luces principales estaban apagadas, dejando la casa sumida en una penumbra azulada por la luz de la luna.

Caminó sin rumbo fijo hasta encontrar la puerta entornada de la biblioteca. Entró buscando refugio en la oscuridad, rodeada por el olor a papel viejo, madera pulida y cuero. Avanzó entre los pasillos de estanterías gigantescas hasta llegar a la enorme mesa central.

—¿No puedes dormir, "madrastra"?

La voz grave resurgió desde el rincón más oscuro de la habitación, haciéndola dar un brinco.

Alexander salió de la sombra de una columna. Iba descalzo, con la camisa negra completamente desabrochada, enseñando el torso marcado, y los ojos encendidos por una mezcla peligrosa de alcohol y rabia.

Nanda dio dos pasos atrás por instinto.

—¿Qué haces aquí a oscuras?

—Esta es mi casa. Hago lo que se me da la gana —replicó Alexander, caminando despacio hacia ella—. La pregunta es qué haces tú rondando a estas horas. ¿Buscando qué robarte antes de que el viejo se dé cuenta de la clase de sabandija que metió en su cama?

—¡Lávate la boca antes de hablar de mí! —siseó Nanda, apretando los puños—. Ya te dije que no me interesa ni tu casa ni tu dinero.

—¡Mientes! —escupió Alexander, acortando la distancia entre ellos en tres pasos violentos hasta acorralarla contra el borde de la mesa de madera.

—¡Aléjate de mí! —exigió Nanda, apoyando las manos firmemente contra el pecho desnudo de Alexander para frenarlo.

El contacto de sus palmas contra la piel caliente y firme del joven envió una descarga eléctrica directo a su vientre. Alexander ni se inmutó; al contrario, arrastrado por el alcohol y la furia, se inclinó más sobre ella, apoyando una mano sobre la mesa, justo al lado de la cadera de Nanda, atrapándola en su espacio.

—Dímelo a la cara —murmuró Alexander con la voz rasposa y pesada por el licor, la respiración agitada rozándole los labios—. Dime que no viniste a esta casa buscando la vida fácil. Dime que no te vendiste al viejo.

—¡Me da asco que pienses eso! —respondió Nanda con los ojos ardiendo de rabia, sosteniéndole la mirada a pocos centímetros—. ¡Tú no sabes nada de lo que pasé! ¡No sabes nada de mi vida!

—Entonces cuéntamelo —desafió él, bajando la mirada hacia los labios de ella, descarado y sofocante—. Explícame por qué tiemblas tanto ahora que te tengo tan cerca.

—¡Tiemblo de rabia! —le gritó ella en un susurro desesperado, intentando empujarlo, pero Alexander no cedió ni un milímetro.

—Mientes, Nanda... —susurró él, sujetándole la muñeca con fuerza, pero sin lastimarla, llevándole la mano más arriba sobre su pecho donde el corazón de él martillaba con la misma violencia que el de ella—. Tu cuerpo dice todo lo contrario. Te la das de valiente, pero estás aterrada de estar a centímetros de mí.

—¡Suéltame, Alexander, que estás borracho! —dijo ella intentando zafarse—. Y si tu padre nos ve...

—¡Que nos vea! —la interrumpió él con una sonrisa salvaje y oscura—. Que vea con qué clase de mujer se casó. Que vea que se casó con una cualquiera que se excita al tener a un joven cerca.

Aquella acusación cruzó el aire como un látigo encendido. Nanda sintió que la sangre le hervía de indignación, pero la provocación y la sofocante cercanía de sus cuerpos solo consiguieron que la respiración se le cortara por completo. Quiso alzar la mano libre para cruzarle la cara, pero Alexander fue más rápido y le sostuvo la muñeca contra la madera de la mesa, acorralándola sin dejarle escapatoria.

—Eres un miserable... —articuló ella entre dientes, sosteniéndole la mirada con rabia pura mientras clavaba las uñas de la otra mano en sus hombros para no perder el equilibrio.

—Di lo que quieras, pero estás ardiendo... —murmuró Alexander, inclinándose hasta que la línea de su mandíbula rozó la piel expuesta del cuello de ella.

El olor a whisky, tabaco y calor corporal la envolvió. Nanda sintió una corriente eléctrica recorriéndole el vientre, atrapada entre el odio que le provocaba su arrogancia y un deseo salvaje, oscuro e incontrolable que chocaba entre los dos.

Alexander pegó su cuerpo al de ella, bajando la voz hasta convertirla en un susurro peligroso contra sus labios:

—Nos vamos a destruir en esta casa, Nanda... Y te juro que voy a disfrutar cada segundo.

El fuego entre los dos amenazó con consumir el último gramo de cordura y sus bocas estuvieron a un milímetro de rozarse. Sin embargo, justo antes de cruzar la línea, el eco distante de unas pisadas firmes retumbó en el pasillo exterior. La reunión de Arturo en el despacho había llegado a su fin.

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