Capítulo 1 El diablo me eligió
El hospital olía a desinfectante y a miedo.
Yo odiaba ese olor. Lo odiaba casi tanto como odiaba la forma en que las enfermeras evitaban mirarme a los ojos cuando pasaban frente a la habitación 412. Como si ya hubieran decidido que mi hermana no iba a salir de ahí.
Sofía tenía diecinueve años. Diecinueve. Y el diagnóstico colgaba sobre nosotros como una sentencia: leucemia aguda. El tratamiento experimental que podía salvarla costaba una fortuna que no teníamos. Habíamos vendido el auto, la joyería de mamá, hasta el reloj de papá. No alcanzó. Nunca alcanzaba.
Esa tarde, mientras sostenía la mano fría de Sofía y fingía que no notaba lo pálida que se veía, mi teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Señorita Valentina Ríos. Su presencia es requerida esta noche a las 20:00 en las oficinas de Varela Holdings. Piso 42. No llegue tarde. Se trata de la vida de su hermana.
Mi corazón se detuvo un segundo.
Varela Holdings.
Adrián Varela.
El hombre al que la prensa llamaba “el diablo de traje”. El mismo que había destruido empresas enteras sin pestañear. El mismo que, según los chismes, había dejado a su última novia en bancarrota emocional y financiera.
No sabía cómo había conseguido mi número. No sabía por qué me contactaba. Pero la mención de Sofía fue suficiente.
A las siete y media ya estaba frente al rascacielos de cristal negro que dominaba el skyline. El viento de la noche me golpeaba la cara mientras subía en el ascensor privado, con el estómago hecho un nudo.
La recepcionista ni siquiera me miró. Solo señaló la puerta del final del pasillo.
—Pase. Lo está esperando.
La oficina de Adrián Varela era exactamente como lo imaginaba: fría, impecable, demasiado grande. Ventanales del piso al techo mostraban la ciudad como si le perteneciera. Y detrás del escritorio de caoba oscura, él estaba sentado.
No se levantó cuando entré.
Solo levantó la mirada.
Y el mundo pareció detenerse un segundo.
Adrián Varela era… demasiado. Demasiado alto, demasiado atractivo, demasiado peligroso. Cabello negro peinado hacia atrás, mandíbula marcada, labios finos que parecían no haber sonreído en años. Sus ojos eran grises, casi plateados bajo la luz fría de la oficina. Me atravesaron como si ya me hubieran diseccionado.
—Señorita Ríos —dijo con una voz grave, controlada, que me recorrió la espalda—. Siéntese.
Obedecí. No porque quisiera, sino porque las piernas me temblaban.
Él abrió una carpeta negra y la empujó hacia mí.
—Léalo.
Mis dedos temblaban cuando tomé el documento. Las primeras líneas me hicieron sentir náuseas.
Contrato de Matrimonio Temporal
Duración: trescientos sesenta y cinco días.
Partes: Adrián Mateo Varela y Valentina Ríos.
Seguí leyendo, cada vez más rápido, cada vez más horrorizada.
Yo me convertiría en su esposa legal. Viviría en su residiencia. Lo acompañaría a todos los eventos sociales. No tendría relaciones sentimentales ni sexuales con nadie más. A cambio, él pagaría por completo el tratamiento de Sofía, incluyendo cualquier gasto médico futuro durante el año, y me depositaría una cantidad mensual generosa.
Al final del año, el matrimonio se disolvería sin reclamaciones.
Había una cláusula de penalización brutal: si yo rompía el contrato o intentaba huir, el financiamiento médico se cortaba de inmediato… y él se reservaba el derecho de demandarme por daños.
Levanté la vista, sintiendo cómo la rabia me quemaba la garganta.
—¿Esto es una broma?
Adrián se reclinó en su silla, juntando las manos.
—No bromeo con negocios. Y usted, señorita Ríos, es un negocio.
—Usted no me conoce.
—Conozco lo suficiente. Tiene una hermana de diecinueve años en la habitación 412 del Hospital Central. El tratamiento experimental cuesta setecientos mil dólares. Usted ha pedido tres préstamos personales que le negaron. Vendió el único auto que le quedaba hace once días. Duerme en un apartamento de una sola habitación y trabaja turnos dobles en una librería del centro. Está desesperada. Y la desesperación, Valentina, es el mejor argumento de venta.
Mi nombre en su boca sonó como una caricia y una amenaza al mismo tiempo.
Apreté los puños sobre el contrato.
—¿Por qué yo? Hay cientos de mujeres que firmarían esto sin pensarlo dos veces por el dinero.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa torcida cruzó sus labios. No llegó a los ojos.
—Porque usted no quiere el dinero. Quiere a su hermana. Eso la hace predecible. Y controlable.
Me levanté de golpe. La silla chirrió contra el suelo de mármol.
—Usted es un monstruo.
—Lo sé —respondió con total calma—. Siéntese.
No me senté. Me quedé de pie, temblando de rabia y de algo más oscuro que no quería nombrar.
—¿Qué gana usted con esto? ¿Una esposa decorativa? ¿Un peón para su abuelo?
Sus ojos se estrecharon apenas.
—Eso no le incumbe.
—Si voy a vender un año de mi vida, tengo derecho a saber por qué.
Hubo un silencio largo. Demasiado largo. Él me observó como si estuviera calculando exactamente cuánto podía empujarme antes de que me rompiera.
Finalmente habló:
—Mi abuelo controla todavía el cuarenta por ciento de las acciones. Está enfermo. Y ha dejado claro que, si no me caso antes de que termine el año, esas acciones irán a mi hermano. Mi hermano es un inútil. Yo no pienso perder lo que construí. Necesito una esposa. Rápido. Limpia. Sin escándalos previos. Y usted… usted encaja.
—Encajo porque estoy desesperada.
—Exactamente.
El silencio volvió a caer entre nosotros. Solo se oía el zumbido lejano de la ciudad a través de los ventanales.
Miré el contrato otra vez. Las firmas en blanco. El bolígrafo negro que él empujó hacia mí.
Pensé en Sofía. En cómo me había apretado la mano esa misma tarde y me había susurrado, con voz ronca:
“No te rindas, Vale. Por favor.”
Cerré los ojos un segundo.
Cuando los abrí, tomé el bolígrafo.
La tinta negra se deslizó sobre el papel con una facilidad cruel.
Firmé.
Adrián tomó el contrato, lo revisó con calma y lo guardó en la carpeta. Luego se puso de pie. Era aún más alto de cerca. Me obligó a levantar la barbilla para sostenerle la mirada.
—El auto la espera abajo. A partir de esta noche vive conmigo. Su ropa y pertenencias serán recogidas mañana. No necesita empacar mucho. Todo lo que necesite se le proporcionará.
—¿Y mi hermana?
—El primer pago al hospital se realizará en cuanto salgamos de este edificio. Tendrá los mejores especialistas desde mañana por la mañana.
Tragó saliva. Odiaba que me temblara la voz.
—¿Y… nosotros? ¿Cómo… funciona esto?
Adrián dio un paso más cerca. El aire entre nosotros se volvió espeso. Pude oler su colonia: algo oscuro, caro, con notas de madera y peligro. Su mirada bajó un segundo a mis labios y luego volvió a mis ojos.
—Este matrimonio es de papel, Valentina. No espero que finja amarme. No espero que me toque. Y no la tocaré… a menos que usted me lo pida.
La forma en que lo dijo, baja y deliberada, me provocó un escalofrío que no tuvo nada que ver con el aire acondicionado.
—Nunca se lo pediré —susurré.
Él inclinó apenas la cabeza, como si acabara de aceptar un desafío.
—Ya veremos.
Se apartó y presionó un botón en el intercomunicador.
—Está lista. Llévenla a la residencia.
Cuando salí de la oficina, las piernas me pesaban como si fueran de plomo. En el ascensor me miré en el reflejo de las puertas de acero. Pálida. Ojos demasiado abiertos. Labios apretados.
Acababa de venderle un año de mi vida al diablo.
Y lo peor…
Era que, por un segundo absurdo e imperdonable, cuando él se acercó demasiado y me miró de esa forma, una parte traicionera de mí se había preguntado cómo se sentirían esos labios fríos contra los míos.
El auto negro me esperaba en la entrada. Un conductor abrió la puerta trasera sin decir una palabra.
Me senté. El interior olía a cuero nuevo y a él.
Mientras el vehículo se alejaba del rascacielos, miré por la ventana la ciudad que se desdibujaba.
Dentro de una hora estaría en la casa de Adrián Varela.
Como su esposa.
Y algo me decía, con una certeza helada en el pecho, que ese contrato de papel iba a quemarme vivo mucho antes de que terminara el año.
