Capítulo 2 La jaula de cristal
El auto negro se detuvo frente a una reja de hierro forjado que parecía sacada de una película de terror elegante. Detrás de ella se alzaba una mansión de tres pisos, toda de piedra gris y ventanales enormes que brillaban como ojos vigilantes bajo la luz de los faroles. No era una casa. Era una declaración de poder.
El conductor bajó sin decir una palabra, abrió mi puerta y me esperó con la misma indiferencia con la que uno espera a que un paquete sea entregado. Bajé. El aire de la noche olía a jazmín y a lluvia cercana. Mis tacones resonaron demasiado alto sobre el adoquín mientras caminaba hacia la entrada principal.
La puerta se abrió antes de que pudiera tocar.
Una mujer de unos cincuenta años, vestida de negro impecable y con el cabello recogido en un moño perfecto, me observó de arriba abajo con una expresión que no lograba disimular del todo la sorpresa.
—Señorita Ríos —dijo con voz profesional—. Bienvenida a la residencia Varela. Soy Elena, el ama de llaves. El señor Varela me informó de su llegada.
No dijo “señora Varela”. Dijo “señorita Ríos”. Como si el contrato que acababa de firmar no existiera.
—Gracias —respondí, sintiendo cómo la voz me salía más baja de lo normal.
Elena asintió y se hizo a un lado para dejarme pasar. El vestíbulo me dejó sin aliento. Techos altísimos, una escalera de mármol blanco que se bifurcaba en dos, un candelabro de cristal que parecía costar más que todo el edificio donde yo vivía. Todo olía a limpio, a madera cara y a algo frío que no lograba identificar.
—El señor Varela llegará en aproximadamente cuarenta minutos —continuó Elena mientras caminábamos—. Mientras tanto, le mostraré su habitación. Sus pertenencias serán traídas mañana por la mañana. Por esta noche encontrará lo necesario en el armario.
Subimos la escalera en silencio. Cada paso me hacía sentir más pequeña. Más fuera de lugar. Más atrapada.
La habitación que me asignaron estaba en el segundo piso, al final de un pasillo largo. Cuando Elena abrió la puerta, tuve que morder el interior de la mejilla para no soltar una exclamación.
Era enorme. Cama king size con dosel de lino blanco, ventanales que daban al jardín trasero, un sofá de terciopelo gris, una chimenea apagada y un baño que se veía desde la puerta, todo de mármol negro y dorado. Había un vestidor completo a la izquierda.
—El señor Varela ocupa la habitación principal, al otro extremo del pasillo —explicó Elena con tono neutro—. El desayuno se sirve a las siete y media en el comedor. Si necesita algo durante la noche, pulse el botón junto a la cama. Buenas noches, señorita.
Se retiró cerrando la puerta con suavidad.
Me quedé sola.
El silencio de la casa era tan denso que podía oír mi propia respiración. Me quité los tacones y los dejé junto a la puerta. Caminé descalza hasta la cama y me senté en el borde. Las sábanas eran demasiado suaves. Demasiado perfectas. Nada en esa habitación me pertenecía.
Saqué el teléfono y busqué el número del hospital. Una enfermera me confirmó que, efectivamente, hacía menos de una hora habían recibido una transferencia considerable a nombre de Sofía Ríos. El tratamiento comenzaría al día siguiente con un equipo especializado.
Colgué y me tapé la cara con las manos.
Había funcionado. Sofía tenía una oportunidad.
Y yo… yo acababa de mudarme a la casa del hombre que me había comprado.
Escuché el sonido de un auto llegando. Luego pasos firmes subiendo la escalera. Mi corazón empezó a latir demasiado rápido. Me levanté de un salto, como si me hubieran descubierto haciendo algo prohibido.
La puerta se abrió sin que nadie tocara.
Adrián Varela entró como si la habitación le perteneciera (porque le pertenecía). Se había quitado la chaqueta del traje. La camisa blanca estaba remangada hasta los codos, revelando antebrazos musculosos y una costosa reloj negro. Su corbata colgaba floja alrededor del cuello. Se veía… más humano. Y por eso mismo, más peligroso.
Sus ojos grises me recorrieron de los pies a la cabeza. Me di cuenta de que todavía llevaba el mismo vestido negro sencillo con el que había ido a su oficina. Arrugado. Inadecuado.
—Ya está instalada —dijo. No era una pregunta.
—Sí.
Cerró la puerta detrás de él. El clic de la cerradura resonó demasiado fuerte.
—Hay reglas —continuó, caminando hacia el centro de la habitación—. Las escuchará una sola vez.
Me crucé de brazos, intentando parecer más segura de lo que me sentía.
—Adelante.
—Primera: no entre a mi habitación bajo ninguna circunstancia. Segunda: no invitará a nadie a esta casa sin mi autorización. Tercera: cuando salgamos juntos, actuará como mi esposa. Sonreirá. Me tomará del brazo. No me contradirá en público. Cuarta… —se detuvo a menos de un metro de mí—. No intente enamorar a nadie más mientras lleve mi apellido. Ni siquiera de broma.
Lo miré a los ojos.
—¿Y usted? ¿También se aplicará esa regla?
Una sombra de algo oscuro cruzó su expresión.
—Yo no necesito reglas, Valentina. Yo pongo las reglas.
El uso de mi nombre otra vez. Tan cercano. Tan íntimo. Me provocó un escalofrío que intenté disimular.
—¿Algo más? —pregunté con ironía forzada.
Él dio un paso más. Ahora estábamos demasiado cerca. Podía sentir el calor de su cuerpo. Podía oler su colonia mezclada con un leve aroma a tabaco caro.
—Sí. Una última cosa.
Levantó una mano y, con una lentitud deliberada, recogió un mechón de mi cabello que se había soltado y lo colocó detrás de mi oreja. Sus dedos rozaron apenas la piel de mi mejilla. El contacto fue mínimo. Casi inexistente. Y sin embargo, me quemó como si me hubiera tocado con fuego.
—No me mienta —dijo en voz baja—. Odio las mentiras más que cualquier otra cosa.
Retiré la cara de su mano, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas.
—No planeo mentirle, señor Varela. Planeo sobrevivir este año y luego olvidar que usted existe.
Él sostuvo mi mirada durante varios segundos que se sintieron eternos. Luego, de forma inesperada, una esquina de su boca se curvó en algo que casi parecía diversión.
—Buena suerte con eso.
Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo sin mirarme.
—Mañana a las ocho. Desayuno. No llegue tarde. Y Valentina…
Esperé.
—Bienvenida a su nueva jaula.
La puerta se cerró detrás de él con un suave clic.
Me quedé de pie en medio de la habitación, con los dedos todavía temblando donde él me había tocado. Me toqué la mejilla, como si pudiera borrar la sensación.
Caminé hasta el ventanal y aparté la cortina. Abajo, el jardín se extendía en sombras ordenadas. Todo en esa casa era perfecto. Controlado. Hermoso… y asfixiante.
Saqué el teléfono otra vez y abrí la conversación con Sofía. Le escribí un mensaje corto:
Todo va a estar bien. Descansa. Te quiero.
No le dije dónde estaba. No le dije con quién. No le dije el precio que acababa de pagar.
Apagué la luz y me metí en la cama sin cambiarme de ropa. Las sábanas olían a lavanda y a dinero. Cerré los ojos con fuerza, intentando no pensar en ojos grises ni en dedos calientes ni en la forma en que mi cuerpo había reaccionado cuando él se acercó demasiado.
Fallé.
Durante mucho rato, lo único que escuché fue el latido acelerado de mi propio corazón y una sola frase repitiéndose en mi cabeza como una condena:
Bienvenida a su nueva jaula.
Y lo más aterrador de todo…
Era que una parte traicionera de mí ya no estaba segura de querer escapar.
