Capítulo 3 Desayuno con el diablo
No dormí.
Pasé la noche mirando el techo de una habitación que no era mía, escuchando cada crujido de la casa y repasando una y otra vez la forma en que los dedos de Adrián habían rozado mi mejilla. Como si ese mínimo contacto se hubiera grabado a fuego bajo la piel.
A las seis y media ya estaba despierta. Me duché con agua demasiado caliente, intentando borrar la sensación. En el vestidor encontré ropa nueva: blusas de seda, pantalones perfectos, vestidos que debían costar más que mi sueldo de tres meses. Todo en mi talla. Todo con las etiquetas todavía puestas. Alguien había trabajado muy rápido.
Elegí lo más simple que encontré: una blusa blanca de manga larga y unos jeans oscuros. Me sequé el cabello y lo dejé suelto. No me maquillé. No iba a fingir que esto era normal.
Bajé la escalera de mármol con el corazón latiéndome en la garganta. El comedor estaba al final del pasillo de la planta baja. La puerta entreabierta dejaba ver una mesa larga de madera oscura, perfectamente puesta para dos personas. Cubiertos de plata. Servilletas de lino. Una cafetera de porcelana blanca.
Adrián ya estaba allí.
Sentado a la cabecera, con el periódico abierto frente a él y una taza de café negro entre las manos. Llevaba una camisa gris claro y el cabello todavía húmedo de la ducha. Se veía… injustamente bien para alguien que apenas dormía, o eso parecía.
Levantó la vista cuando entré. Sus ojos grises me recorrieron con calma, deteniéndose un segundo en mi cabello suelto.
—Punctual —dijo. No sonó a cumplido. Sonó a evaluación.
—Usted dijo las ocho. Son las siete y cuarenta.
Una ceja se arqueó apenas.
—Siéntese.
Obedecí. Me senté frente a él, dejando demasiado espacio entre nosotros. Elena apareció en silencio y sirvió café en mi taza. Luego dejó una bandeja con pan tostado, frutas, huevos y yogurt griego. Se retiró sin decir una palabra.
El silencio se estiró.
Adrián dobló el periódico con precisión y lo dejó a un lado.
—Hoy tiene su primera aparición pública como mi esposa.
Casi me atraganto con el café.
—¿Tan pronto?
—Esta noche. Cena de gala en el hotel Varela del centro. Es el lanzamiento de la nueva cadena internacional. La prensa estará. Mi abuelo estará. Y usted estará a mi lado sonriendo como si llevara años enamorada de mí.
Dejé la taza sobre el plato con más fuerza de la necesaria.
—No soy actriz.
—Aprenderá rápido. O fingirá muy bien. No me importa cuál de las dos.
Lo miré fijamente.
—¿Y si no quiero?
Adrián sostuvo mi mirada sin pestañear. Luego se reclinó en la silla, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Entonces su hermana perderá el acceso al equipo médico especializado que acaba de asignársele. El hospital ya recibió el primer pago. El segundo depende de que usted cumpla.
La amenaza era clara. Fría. Efectiva.
Apreté la mandíbula.
—Usted es un bastardo.
—Lo sé —respondió con total tranquilidad—. Termine de desayunar. A las once vendrá una estilista. A las cuatro un auto la llevará a la peluquería. A las siete estaré esperándola abajo. Vistase de negro. Algo elegante. El armario del vestidor ya tiene lo necesario.
Me quedé mirándolo, sintiendo cómo la rabia y algo más oscuro se mezclaban en mi pecho.
—¿Siempre da órdenes como si la gente fuera mobiliario?
Por primera vez desde que lo conocía, algo parecido a diversión cruzó su expresión.
—Solo cuando el mobiliario intenta rebelarse.
El comentario me dejó sin palabras durante un segundo. Entonces él hizo algo que no esperaba: se levantó, rodeó la mesa y se detuvo junto a mi silla. Demasiado cerca otra vez. El olor de su colonia me envolvió.
Se inclinó ligeramente y, con una voz más baja, casi íntima, dijo:
—Una última cosa, Valentina. Esta noche, cuando estemos frente a la prensa, voy a tocarla. Voy a ponerle una mano en la cintura. Voy a besar su mejilla. Voy a actuar como lo que el contrato dice que somos. Si se tensa, si me empuja, si hace cualquier gesto que delate que esto es falso… ambos perderemos. ¿Quedó claro?
Tragué saliva. Su cercanía era abrumadora. Podía ver los pequeños detalles de su rostro: la sombra de barba, la línea fina de una cicatriz casi invisible cerca de la ceja izquierda, la forma en que sus pestañas proyectaban sombra sobre esos ojos grises.
—Quedó claro —susurré.
Él sostuvo mi mirada un segundo más. Luego, de forma deliberadamente lenta, levantó una mano y acomodó un mechón de mi cabello detrás de la oreja. Otra vez. Exactamente igual que la noche anterior. El roce de sus dedos fue mínimo… y suficiente para que un escalofrío me recorriera la espalda completa.
—Bien —murmuró.
Se enderezó y se alejó hacia la puerta del comedor. Antes de salir, se detuvo sin mirarme.
—No llegue tarde esta noche. Odio esperar.
La puerta se cerró detrás de él.
Me quedé sentada frente al desayuno intacto, con el corazón latiéndome demasiado rápido y la piel todavía ardiendo donde me había tocado.
Elena apareció de nuevo, silenciosa como una sombra.
—¿Desea que caliente el café, señorita?
Negué con la cabeza.
—No, gracias. Ya no tengo hambre.
Subí a la habitación con las piernas flojas. Me senté en el borde de la cama y miré el teléfono. Sofía me había enviado un mensaje a las seis de la mañana:
Vale… hoy empiezan las pruebas nuevas. Estoy asustada. Pero la doctora dice que el equipo es el mejor. Gracias. Te quiero tanto.
Cerré los ojos con fuerza.
No podía fallar.
No podía.
A las once en punto sonó el timbre. La estilista era una mujer alta, de voz suave y ojos expertamente maquillados. Entró con dos maletas y una sonrisa profesional.
—El señor Varela me pidió que la dejara impecable para esta noche —dijo mientras abría la primera maleta—. Vamos a trabajar.
Pasé las siguientes horas siendo transformada. Me cortaron el cabello apenas un par de centímetros, me lo alisaron hasta que cayó como una cortina negra brillante sobre los hombros. El maquillaje fue sutil pero perfecto: piel luminosa, ojos ahumados en tonos grises y negros, labios en un rojo oscuro casi borgoña. Cuando me miré al espejo, apenas me reconocí.
La mujer que me devolvía la mirada parecía pertenecer a ese mundo. Parecía la esposa de Adrián Varela.
A las seis y media bajé la escalera.
Llevaba un vestido negro de un solo hombro, de tela fluida que se pegaba al cuerpo sin ser vulgar. Zapatos de tacón fino. Un clutch pequeño. Nada de joyas… hasta que Elena se acercó con un estuche de terciopelo negro.
—El señor Varela pidió que usara esto.
Dentro había un par de pendientes de diamantes y una pulsera delicada del mismo material. Los puse con dedos torpes. Brillaban demasiado. Pesaban demasiado.
A las siete en punto escuché pasos.
Adrián bajó la escalera con una lentitud deliberada. Llevaba un esmoquin negro impecable. La camisa blanca contrastaba con su piel morena. Se detuvo a mitad de camino cuando me vio.
Sus ojos me recorrieron de los pies a la cabeza con una lentitud que me hizo sentir desnuda. Algo oscuro y hambriento pasó por su expresión antes de que volviera a ponerse la máscara de control.
Bajó los últimos escalones hasta quedar frente a mí.
—Giras —ordenó en voz baja.
Obedecí, odiándome un poco por hacerlo. El vestido se movió a mi alrededor.
Cuando volví a mirarlo, Adrián tenía la mandíbula apretada.
—Servirá —dijo. Pero su voz sonó más ronca de lo normal.
Se quitó algo del bolsillo interior de la chaqueta. Una caja pequeña de terciopelo negro. La abrió. Dentro había un anillo de compromiso. Un diamante enorme, rectangular, montado en platino.
Mi respiración se atascó.
—Déme la mano izquierda.
Se la di. Sus dedos calientes rodearon los míos mientras deslizaba el anillo en mi dedo anular. El metal estaba frío. El peso se sintió como una cadena.
Adrián no soltó mi mano de inmediato. La sostuvo un segundo más de lo necesario, mirando el anillo como si evaluara su propio trabajo.
Luego levantó la vista y me encontró mirándolo.
El aire entre nosotros se volvió espeso. Peligroso.
—Esta noche —dijo en voz muy baja—, usted es mía. Actúe como tal.
Antes de que pudiera responder, inclinó la cabeza y rozó mis labios con los suyos.
No fue un beso real. Fue apenas un contacto. Seco. Controlado. Una marca de posesión más que un gesto de afecto.
Y sin embargo, mi cuerpo entero se tensó. Un calor traicionero se extendió desde mis labios hasta el pecho.
Adrián se apartó apenas unos centímetros. Sus ojos grises estaban más oscuros.
—Vamos —ordenó—. El auto espera.
Me ofreció el brazo.
Lo tomé.
Y mientras caminábamos hacia la puerta, con el anillo brillando en mi dedo y el sabor fantasma de su boca todavía en los labios, supe con una certeza helada que esa noche iba a cambiar algo entre nosotros.
Algo que ninguno de los dos iba a poder controlar.
