Capítulo 4 Bajo los focos del diablo

El auto se detuvo frente a la entrada principal del Hotel Varela. Una alfombra roja se extendía desde las puertas de cristal hasta la calle, flanqueada por fotógrafos que ya disparaban flashes como si fuera una premiere de cine. El nombre del hotel brillaba en letras doradas sobre la fachada de mármol negro.

Adrián no se movió de inmediato. Se quedó mirándome en la penumbra del asiento trasero, con una expresión que no logré descifrar del todo.

—Recuerde lo que hablamos —dijo en voz baja—. Sonría. No se aparte de mi lado. Y si alguien pregunta cómo nos conocimos, diga que fue en una cena de negocios hace tres meses. Nada más.

Asentí, sintiendo cómo el anillo me pesaba en el dedo como una losa.

El conductor abrió la puerta. Adrián bajó primero. Luego se giró y me ofreció la mano. La tomé. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con una firmeza que no admitía escape.

Los flashes nos cegaron en cuanto pusimos un pie en la alfombra.

—¡Señor Varela! ¡Señor Varela, una foto con su acompañante!

—¿Es verdad que se casó en secreto?

—¡Señorita, mire hacia aquí!

Adrián no respondió a ninguna pregunta. Solo inclinó la cabeza hacia mí, puso una mano firme en la parte baja de mi espalda y me guió hacia la entrada como si hubiéramos hecho eso mil veces. Su palma quemaba a través de la tela del vestido. Cada vez que un fotógrafo se acercaba demasiado, su agarre se volvía un poco más posesivo.

Dentro, el lobby del hotel era un despliegue de lujo sofocante: candelabros de cristal, mármol blanco, flores blancas en arreglos enormes y una orquesta tocando música suave en un rincón. La gente se apartaba a nuestro paso. Susurraban. Miraban. Evaluaban.

Sentí cientos de ojos sobre mí. Sobre el anillo. Sobre la forma en que Adrián no apartaba la mano de mi cintura.

Una mujer alta, de cabello rubio platino y vestido rojo escotado, se acercó con una sonrisa que no llegó a los ojos.

—Adrián —dijo con voz melosa—. Qué sorpresa. Y qué… rápida ha sido esta vez.

Adrián no sonrió.

—Isabella.

La mujer —Isabella— me miró de arriba abajo con una lentitud deliberada, deteniéndose en el anillo.

—Así que es verdad. Te casaste. Y con alguien tan… discreta.

La forma en que pronunció la palabra “discreta” fue un insulto envuelto en seda.

Adrián apretó un poco más mi cintura.

—Isabella, te presento a mi esposa, Valentina. Valentina, Isabella Moreno. Ex socia de negocios.

Ex. La palabra quedó flotando entre nosotros como un cuchillo.

Isabella extendió una mano perfecta. La estreché lo más breve posible.

—Encantada —mentí.

—El placer es mío —respondió ella, todavía sonriendo—. Aunque debo admitir que no esperaba verte tan… doméstico, Adrián. Siempre fuiste más de amantes que de esposas.

El aire se volvió denso. Sentí cómo el cuerpo de Adrián se tensaba a mi lado.

Antes de que él pudiera responder, una voz grave intervino desde atrás.

—Bastante de reunions nostálgicas.

Nos giramos. Un hombre mayor, de cabello completamente blanco y ojos del mismo gris que los de Adrián, se acercaba con un bastón de madera oscura. Iba impecable en un traje negro. A pesar de la edad y de la evidente debilidad en su andar, su presencia imponía.

El abuelo.

—Abuelo —dijo Adrián, inclinando ligeramente la cabeza.

El anciano me miró con una intensidad que me hizo querer retroceder. Sus ojos se detuvieron en el anillo, luego en mi cara, luego otra vez en Adrián.

—Así que esta es la mujer por la que decidiste precipitar las cosas.

—Valentina Ríos —me presenté yo misma, con la voz más firme de lo que me sentía—. Es un honor conocerlo, señor Varela.

El abuelo sostuvo mi mirada varios segundos. Luego, de forma inesperada, asintió una sola vez.

—Al menos tiene carácter. Eso es más de lo que puedo decir de las anteriores.

Isabella soltó una risa suave y venenosa, pero el abuelo ni siquiera la miró. Se dirigió a Adrián:

—Hablaremos después. A solas.

Y se alejó apoyado en el bastón, dejando un silencio incómodo detrás de él.

La gala continuó. Discursos. Brindis. Sonrisas falsas. Adrián no se separó de mí ni un segundo. Cada vez que alguien se acercaba a felicitarlo por su “repentino matrimonio”, él respondía con frases cortas y cortantes, mientras su mano seguía anclada a mi cintura como una marca de propiedad.

En un momento, mientras esperábamos a que sirvieran la cena, me inclinó hacia mí y susurró contra mi oído:

—Lo estás haciendo mejor de lo que esperaba.

El aliento caliente me provocó un escalofrío que intenté disimular.

—No me felicite todavía —respondí en el mismo tono—. Todavía no he tirado la copa de vino sobre su preciosa camisa.

Creí ver el fantasma de una sonrisa en su boca.

—Sería un desperdicio de buen vino.

Antes de que pudiera responder, Isabella reapareció. Esta vez no estaba sola. Traía del brazo a un hombre de unos treinta y tantos, atractivo de una forma demasiado pulida, con una sonrisa fácil y ojos oscuros que se clavaron en mí de inmediato.

—Adrián, no te presenté a mi acompañante. Este es Nicolás Herrera. Acaba de mudarse a la ciudad. Nicolás, el famoso Adrián Varela… y su nueva esposa.

Nicolás me tendió la mano. La estreché. Sus dedos se demoraron un segundo más de lo necesario.

—Encantado, señora Varela. Si me permite decirlo… su marido tiene muy buen gusto.

Adrián no dijo nada. Pero la mano que tenía en mi cintura se cerró con tanta fuerza que casi me hizo soltar un sonido.

La tensión era tan espesa que se podía cortar.

Durante la cena, Nicolás se sentó frente a nosotros. Cada vez que me dirigía la palabra, lo hacía con una sonrisa demasiado interesada. Cada vez que lo hacía, Adrián respondía por mí con frases cortantes o cambiaba de tema. En un momento, cuando Nicolás me ofreció llenar mi copa de vino, Adrián tomó la botella él mismo y lo hizo, sin apartar la mirada del otro hombre.

Celos.

Fríos. Silenciosos. Peligrosos.

Y absolutamente inesperados.

Cuando el postre fue servido, Adrián se inclinó hacia mí otra vez.

—Necesito hablar con mi abuelo. No se mueva de esta mesa. No hable con nadie más de lo estrictamente necesario. Especialmente no con él —su mirada se dirigió a Nicolás.

—No soy una niña a la que hay que vigilar.

—Esta noche sí lo es —respondió con voz baja y férrea—. No me haga repetirlo.

Se levantó y se alejó hacia el extremo de la sala donde el abuelo conversaba con un grupo de hombres mayores.

Me quedé sola.

O casi.

Nicolás se levantó de su asiento y vino a sentarse en el que Adrián había dejado vacío. Demasiado cerca.

—Su marido es… intenso —comentó con una media sonrisa.

—Lo es.

—¿Siempre tan posesivo?

Lo miré de reojo.

—No lo conozco lo suficiente como para responder eso.

Nicolás soltó una risa suave.

—Interesante respuesta para una esposa.

Antes de que pudiera contestar, una sombra se interpuso entre nosotros.

Adrián había regresado. Su expresión era de una calma mortal.

—Levántese de mi silla —dijo en voz muy baja.

Nicolás obedeció con una sonrisa que no llegó a los ojos.

—Por supuesto. No quería invadir.

Adrián ni siquiera lo miró. Me ofreció la mano.

—Nos vamos.

—¿Ya? —pregunté, sorprendida.

—Ya.

Me levanté. Él puso otra vez la mano en mi espalda y me guió a través de la multitud sin detenerse a despedirse de nadie. Los flashes nos esperaban otra vez en la salida. Adrián no respondió a ninguna pregunta. Solo me ayudó a subir al auto y cerró la puerta con un golpe seco.

El silencio dentro del vehículo fue absoluto durante varios minutos. El conductor arrancó. La ciudad pasó como un borrón de luces a través de las ventanas polarizadas.

Finalmente, Adrián habló. Su voz era peligrosa de lo controlada.

—¿Qué le dijo?

—¿Quién?

—Herrera.

—Nada importante.

—Valentina.

La forma en que pronunció mi nombre fue una advertencia.

Suspiré, hartándome de la tensión.

—Me preguntó si usted siempre era tan posesivo. Le dije que no lo conocía lo suficiente. Punto. No pasó nada más.

Adrián giró la cabeza hacia mí. En la penumbra del auto, sus ojos brillaban con algo oscuro.

—No vuelva a quedarse a solas con él. Ni con nadie más que yo no autorice. ¿Quedó claro?

La rabia me subió de golpe.

—Usted no es dueño de mí fuera de las cláusulas del contrato. Y el contrato no dice nada sobre con quién puedo hablar.

—El contrato dice que es mi esposa. Y las esposas de Adrián Varela no se sientan a coquetear con otros hombres mientras yo estoy a diez metros de distancia.

—¡No estaba coqueteando!

—Lo parecía.

El auto se detuvo frente a la mansión. Adrián bajó sin esperar. Yo lo seguí, con los tacones resonando furiosos sobre el adoquín. Entramos. Elena no estaba a la vista. La casa estaba en silencio.

En el vestíbulo, Adrián se quitó la chaqueta del esmoquin y la lanzó sobre una silla. Luego se giró hacia mí. Su corbata ya estaba floja. El primer botón de la camisa desabrochado. Se veía… descontrolado. Por primera vez.

—Suba a su habitación —ordenó.

—No. No voy a dejar que me grite y luego me mande a dormir como a una niña.

Di un paso hacia él. Él dio otro hacia mí. Ahora estábamos demasiado cerca otra vez. El aire entre nosotros crepitaba.

—Usted —dijo con voz ronca— me está poniendo a prueba.

—Y usted me está asfixiando.

Sus ojos bajaron a mis labios. Los míos bajaron a los suyos. El recuerdo del beso mínimo de horas atrás ardió entre nosotros.

Adrián levantó una mano y la posó en mi cintura, exactamente donde la había tenido toda la noche. Sus dedos se cerraron sobre la tela del vestido.

—Ten cuidado, Valentina —susurró, tan cerca que su aliento rozó mi boca—. Porque si sigues mirándome así… voy a olvidar que este matrimonio es solo de papel.

Mi respiración se atoró.

Él sostuvo mi mirada un segundo más. Luego, como si le costara un esfuerzo físico enorme, soltó mi cintura y dio un paso atrás.

—Suba —repitió, más bajo—. Ahora.

Esta vez obedecí.

Subí la escalera sin mirar atrás, con el corazón latiéndome tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo. Cuando llegué a mi habitación y cerré la puerta, me apoyé contra ella, temblando.

Me toqué los labios.

Todavía ardían.

Y lo peor de todo…

Era que una parte de mí deseaba desesperadamente que no hubiera retrocedido.

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