Capítulo 6 La cena que no debimos compartir
El reloj de la habitación marcaba las siete y cuarenta cuando me miré por última vez en el espejo. Había elegido un vestido simple de color vino, nada demasiado elegante, nada que pareciera que estaba intentando impresionarlo. El cabello suelto, apenas un poco de maquillaje. No quería que pensara que me estaba preparando para él.
Mentira.
Me estaba preparando.
Bajé la escalera con el corazón latiéndome demasiado rápido. El comedor estaba iluminado solo por la luz cálida de unos candelabros. La mesa, que normalmente parecía enorme y fría, había sido dispuesta de forma más íntima: solo dos cubiertos, uno frente al otro, con una distancia que resultaba peligrosamente cercana.
Adrián ya estaba allí.
Se había cambiado a una camisa negra de manga larga, sin corbata, con los primeros botones desabrochados. El cabello todavía húmedo de la ducha caía un poco sobre su frente. Se veía… diferente. Menos CEO. Más hombre.
Levantó la vista cuando entré y sus ojos grises me recorrieron con lentitud.
—Punctual otra vez —dijo con voz baja.
—Estoy empezando a pensar que le gusta que lo obedezca —respondí, intentando que el sarcasmo ocultara el nerviosismo.
Una esquina de su boca se curvó.
—Me gusta más de lo que debería.
El comentario me dejó sin aire por un segundo. Elena apareció en silencio, sirvió el vino y se retiró dejando la puerta entreabierta. El olor de la comida —carne, hierbas, algo dulce— llenó el ambiente, pero yo apenas podía concentrarme en otra cosa que no fuera la forma en que Adrián me observaba.
Nos sentamos. El silencio se estiró mientras servía el vino en mi copa. Sus dedos rozaron los míos al pasar la botella. El contacto fue mínimo. El efecto, no.
—¿Cómo está Sofía? —preguntó de pronto.
La pregunta me sorprendió. No esperaba que sacara el tema.
—Mejor. Más fuerte. Hoy incluso se quejó de la comida del hospital, así que… es buena señal.
Él asintió, mirando el contenido de su copa.
—Me alegra.
Dos palabras simples. Y sin embargo, sonaron honestas.
Comimos en un silencio cargado. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba mirándome. Cada vez que él hablaba, su voz parecía más baja, más íntima. Hablamos de cosas triviales al principio: el clima, el tráfico, un libro que yo había dejado en la sala. Pero debajo de cada frase había algo más. Una corriente eléctrica que ninguno de los dos nombraba.
Cuando terminamos el plato principal, Adrián dejó el cubierto a un lado y se reclinó en la silla, observándome con una intensidad que me hizo removerme.
—Anoche casi te beso —dijo de pronto, sin preámbulos.
El corazón se me detuvo.
—Lo sé.
—Y tú casi me dejas.
No negué. No podía.
Él se levantó despacio, rodeó la mesa y se detuvo junto a mi silla. Extendió una mano.
—Ven.
Dudé solo un segundo. Luego puse mi mano en la suya. Sus dedos se cerraron alrededor de los míos con una firmeza cálida y me guió hacia el salón contiguo, donde una chimenea crepitaba suavemente. La luz dorada bailaba sobre su rostro, suavizando los rasgos que normalmente parecían tallados en piedra.
Se detuvo frente a mí. Demasiado cerca.
—Este contrato… —empezó, con voz ronca— fue la peor y la mejor decisión que he tomado.
—Eso no tiene sentido.
—Lo sé. —Levantó una mano y rozó mi mejilla con el dorso de los dedos, exactamente como había hecho la tarde anterior—. Cada vez que te miro, olvido por qué te traje aquí. Y cada vez que te alejas, recuerdo por qué no debería tocarte.
Mi respiración se volvió irregular.
—Entonces no me toques.
—No puedo —admitió en un susurro—. Ya no.
Su mano se deslizó hasta mi nuca, enredando los dedos en mi cabello. Me inclinó suavemente hacia él. Nuestros labios quedaron a un suspiro de distancia. Podía sentir su aliento. Podía oler el vino y su colonia y algo más oscuro, más peligroso.
—Dime que pares —pidió, igual que la tarde anterior.
Y otra vez, igual que entonces, no dije nada.
Adrián cerró la distancia.
El beso no fue suave. Fue hambriento, profundo, como si hubiera estado conteniendo esto durante días. Sus labios se movieron sobre los míos con una urgencia que me robó el aire. Una de sus manos bajó hasta mi cintura, atrayéndome contra su cuerpo, mientras la otra sostenía mi cabeza con firmeza. Yo me aferré a su camisa, respondiendo al beso con la misma desesperación que sentía.
El mundo desapareció.
Solo existían su boca, sus manos, el calor de su pecho contra el mío y el sonido de nuestras respiraciones agitadas.
Cuando por fin se separó, ambos estábamos jadeando. Su frente descansaba contra la mía. Sus ojos grises estaban casi negros.
—Esto… —dijo con voz ronca— complica todo.
—Lo sé —susurré.
Él pasó el pulgar por mi labio inferior, todavía húmedo de su beso.
—Si seguimos, no hay vuelta atrás, Valentina. El contrato ya no va a ser suficiente para contenerme.
Antes de que pudiera responder, el sonido de un teléfono rompió el momento. El suyo. Vibraba insistentemente sobre la mesa del comedor.
Adrián cerró los ojos un segundo, como si le costara un esfuerzo físico apartarse. Dio un paso atrás. El aire frío se interpuso entre nosotros de golpe.
Fue a buscar el teléfono. Miró la pantalla y su expresión cambió por completo. La máscara volvió a caer sobre su rostro.
—Tengo que atender esto —dijo, ya con la voz controlada otra vez—. Es el hospital.
Mi sangre se heló.
—¿Sofía?
Él asintió una sola vez, llevándose el teléfono a la oreja mientras se alejaba hacia el pasillo.
Me quedé de pie frente a la chimenea, con los labios hormigueando, el cuerpo todavía temblando por el beso, y un miedo nuevo y terrible creciendo en el pecho.
Porque algo me decía que esa llamada no traía buenas noticias.
Y que el frágil equilibrio que acabábamos de romper con un solo beso estaba a punto de destrozarse por completo.
