Capítulo 3 3

Punto de vista de Kaelen:

Subí los escalones del porche despacio, procurando no hacer ruido con las llaves porque, si Marlen estaba en la sala, me oiría y vendría corriendo. Las bolsas colgaban de mis manos, más livianas ahora sin las galletas, y ya podía sentir los moretones empezando a desvanecerse bajo la piel, ese calor conocido recorriendo las zonas dañadas.

La casa era pequeña, un alquiler mensual que habíamos conseguido sin hacer demasiadas preguntas ni dar demasiadas respuestas. Dos habitaciones, una sala que también hacía de comedor y una cocina en la que apenas cabíamos los tres si alguien abría el refrigerador.

Las paredes eran de ese beige deprimente que tienen todas las casas de renta, y todavía teníamos cajas sin desempacar apiladas en las esquinas. Tres meses y seguíamos viviendo como si tuviéramos que salir huyendo otra vez en cualquier momento.

Porque tal vez tendríamos que hacerlo.

Abrí la puerta con cuidado, pero no sirvió de nada.

—¡Por fin! —Lucian apareció de inmediato desde la cocina, con esa sonrisa que siempre me recordaba por qué estaba haciendo todo esto—. Pensé que te habías perdido o algo. Este pueblo es diminuto, pero las calles son...

Se detuvo. Su sonrisa se desvaneció.

—¿Qué te pasó?

Mierda.

—Nada, me caí.

—¿Te caíste? —repitió, y acortó la distancia entre nosotros en dos zancadas. Tenía quince años, pero últimamente parecía mayor, más serio. Odiaba eso—. Kaelen, tienes sangre en la camisa.

—Unos escalones. No los vi, estaba oscuro. No es nada.

Lucian me miró con esa expresión que decía claramente que sabía que yo mentía, pero no sabía si presionarme o no. Sus ojos, verdeazules como los míos pero más claros, recorrieron mi cara con preocupación.

—¿Seguro?

—Seguro. ¿Dónde está Marlen?

—Aquí —dijo una voz desde la sala, y Marlen asomó la cabeza por encima del respaldo del sofá. Su cabello rubio estaba enredado en un moño desordenado, y llevaba unos lentes de lectura que había comprado en una tienda de segunda mano, aunque su vista era perfecta—. ¿Por qué los dos son tan malos mentirosos?

Genial.

Dejé las bolsas sobre la mesa de la entrada y me quité la chamarra con cuidado, tratando de no hacer una mueca de dolor. Las costillas todavía me dolían un poco, aunque ya estaban casi curadas.

—No estoy mintiendo, Marlen.

—Ajá.

Se levantó del sofá y se acercó, trece años de pura terquedad concentrados en metro y medio de estatura.

—¿Qué escalones? ¿Dónde?

—En la tienda. Hay unos atrás.

—Fuiste a la tienda del centro, esa no tiene escalones atrás. Lo sé porque fui ayer.

Lucian me lanzó una mirada de disculpa. Marlen era demasiado observadora para su propio bien; siempre lo había sido. Eso lo heredó de nuestra madre, esa capacidad de ver a través de las mentiras como si fueran de vidrio.

—Está bien —dije, levantando las manos en señal de rendición—. Me topé con unos tipos borrachos. Me empujaron, me caí. Eso es todo. No es para tanto.

—¿Te hicieron daño? —preguntó Lucian de inmediato, con la voz adoptando ese tono protector que había desarrollado desde que mamá y papá desaparecieron. Como si él tuviera que cuidarme a mí y no al revés.

—No, solo fueron unos empujones. Nada grave.

—¿Y si eran de la Orden? —La voz de Marlen sonó más aguda de lo normal—. ¿Y si te reconocieron?

—No eran de la Orden. Solo eran unos idiotas borrachos que ni siquiera me miraron dos veces.

—¿Cómo lo sabes? —insistió—. La última vez dijiste que estabas seguro y...

—Marlen, vamos —Lucian le puso una mano en el hombro—. No eran de la Orden. Kaelen estaría... bueno, no estaría aquí si lo fueran.

El silencio que siguió fue incómodo y pesado, lleno de recuerdos que ninguno de los dos quería tocar. La última vez. La ciudad anterior. El niño al que curé en medio de la calle porque no pude evitarlo, porque era un maldito niño de cinco años muriéndose frente a mí y mis instintos le ganaron a mi sentido común.

Y los hombres que nos vieron. Los que llegaron a nuestra casa tres días después buscándonos.

Los que casi atraparon a Marlen.

—Déjalo —dije, con más dureza de la que pretendía—. No pasó nada. Estoy bien. Tú estás bien. Mañana tienes que ir a la escuela y yo tengo que empezar la universidad, así que lo que necesitamos hacer es prepararnos para eso, ¿de acuerdo?

Marlen me miró con esos ojos que parecían demasiado viejos para su edad.

—A veces odio esto —dijo en voz baja—. Odio tener que escondernos. Odio tener miedo todo el tiempo.

—Lo sé. —Y sí lo sabía, porque yo también lo odiaba—. Pero así son las cosas. Solo… solo tenemos que ser cuidadosos un poco más.

—¿Un poco más? —Lucian soltó una risa sin humor—. Hemos sido cuidadosos durante cinco años, Kaelen. Desde que mamá y papá se fueron. ¿Cuánto tiempo más tenemos que…?

—No lo sé. —La sinceridad me dolió al salir—. No lo sé, Lucian. Pero es mejor que la alternativa.

La alternativa era estar muertos. O peor: estar en manos de la Orden, que nos drenaran la sangre gota a gota mientras buscaban su maldita inmortalidad.

Marlen suspiró y se frotó los ojos bajo los lentes.

—Hice pasta —dijo al fin—. De la que a ti te gusta, no la de Lucian. Está en el horno para que se mantenga caliente.

—Gracias, Marlen.

—Y compré pan —Lucian señaló la mesa—. El pan con ajo que pediste. Tuve que ir a dos tiendas porque en la primera se había acabado.

—Eres el mejor.

—Ya lo sé. —Sonrió un poco, y parte de la tensión se disipó.

Cenamos juntos en la mesita de la cocina, apretados pero a gusto, hablando de cosas triviales. Marlen nos contó de un libro que estaba leyendo para la clase de literatura, algo sobre vampiros que le parecía divertidísimo porque, según ella, «si supieran lo que de verdad existe en el mundo, no perderían el tiempo con vampiros brillantes».

Lucian se quejó del entrenador de fútbol, que al parecer tenía algo personal contra él, aunque yo sospechaba que Lucian simplemente no era tan bueno como él creía.

Yo actué normal. Sonreí. Hice chistes. Fingí que nada me dolía y que no estaba pensando en esa chica del auto, en cómo sus manos habían sido pequeñas pero firmes cuando me ayudó a ponerme de pie.

En cómo mis ojos casi me traicionaron en ese instante.

Después de cenar, Lucian se fue a su habitación para terminar la tarea de matemáticas que había estado posponiendo, y Marlen se metió a bañar mientras yo lavaba los platos. La casa se llenó con el sonido del agua corriendo y el tintineo de la vajilla contra el fregadero.

Me quité la camisa manchada de sangre y la tiré directo a la basura; no valía la pena intentar limpiarla. Frente al espejo del baño, revisé el daño: el moretón en la costilla casi había desaparecido, dejando apenas una marca amarillenta. El corte en el labio estaba cerrado. El ojo que debería haber estado morado mostraba solo un rastro de color.

Para mañana, no quedaría nada.

Esa era la ventaja de los dragones dorados. Sanábamos rápido, sanábamos bien. Era un don de nuestra línea, el poder de curación que nos había vuelto valiosos en tiempos antiguos y peligrosos en estos.

Pero mientras me miraba en el espejo, no estaba pensando en mi curación.

Estaba pensando en ella.

En esos ojos oscuros llenos de determinación cuando amenazó a tipos tres veces más grandes que ella. En cómo actuó sin dudar, sin miedo. Y esa sensación cuando me tocó, como si algo dentro de mí reconociera algo dentro de ella.

Imposible. Era humana. Completamente humana. Tenía que serlo.

Entonces, ¿por qué mis ojos habían reaccionado así?

Me pasé las manos por el cabello rubio y traté de sacudirme esos pensamientos. Mañana era el primer día de universidad. Un lugar nuevo, gente nueva, una nueva oportunidad de pasar desapercibido y mantener a mi familia a salvo. Mis hermanos ya habían empezado la escuela la semana anterior y les iba bien.

Yo también tenía que hacerlo.

Lo último que necesitaba era obsesionarme con una chica que probablemente ni siquiera recordaría mi cara en un par de días.

Aunque algo me decía que no sería tan fácil olvidarla.

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