Capítulo 4 4
Punto de vista de Annabeth:
Me cepillé los dientes pensando en los ojos del chico, no porque estuviera obsesionada ni nada por el estilo, sino porque había sido raro. Todo había sido raro, y mi cerebro siempre se quedaba atorado con las cosas raras hasta que encontraba una explicación lógica.
Mi tía ya estaba dormida cuando llegué a casa; solía acostarse muy temprano, con la puerta cerrada y la luz apagada. Mejor así. No me daban ganas de explicar por qué llegué media hora tarde ni de inventar excusas sobre ayudar a desconocidos golpeados en callejones oscuros. Se preocuparía, me daría una charla sobre seguridad y al final yo terminaría sintiéndome mal por preocuparla.
Mi cuarto era pequeño, pero lo había decorado con pósters del sistema circulatorio humano y la tabla periódica porque, sí, yo era ese tipo de nerd. Sobre el escritorio había una pila de libros de biología que había estado leyendo durante el verano, preparándome para la universidad como si fuera algún tipo de examen de admisión de Harvard y no una universidad pública en un pueblo remoto.
Me puse mi pijama viejo, los pantalones a cuadros y la camiseta gastada, y me metí debajo de las cobijas. Afuera, las cigarras hacían ese ruido constante que al principio me había vuelto loca, pero que ahora me resultaba casi relajante.
Cerré los ojos.
Y de pronto estaba volando.
No como en esos sueños raros en los que flotas sin control, sino volando de verdad, como si supiera lo que hacía. El viento me golpeaba la cara, frío y cortante, y podía ver el pueblo extendido debajo de mí, las luces amarillas de las farolas como puntos dispersos en la oscuridad.
Mis brazos... no, no eran brazos. Eran alas. Enormes y poderosas, golpeando el aire con una fuerza que sentía en cada músculo.
Subí más alto y la sensación era increíble, embriagadora. Como si pudiera hacer cualquier cosa, ir a cualquier parte. El poder me recorría las venas, caliente y eléctrico, y cuando abrí la boca, en lugar de mi voz salió un rugido.
Fuego.
Estaba escupiendo fuego.
Las llamas salían rojas y naranjas y brillantes, iluminando las nubes frente a mí, y podía sentir el calor en la garganta, pero no me quemaba. Era parte de mí, era...
Me desperté de golpe, jadeando.
Mi cuarto estaba oscuro y en silencio. La tabla periódica seguía en la pared. El reloj marcaba las 2:47 a. m. Todo era normal.
Pero el corazón me latía como si hubiera corrido un maratón.
Me puse una mano en el pecho y respiré hondo, tratando de calmarme. Solo era un sueño. Un sueño muy vívido y muy extraño, pero un sueño al fin y al cabo. Probablemente por la conversación ridícula con Mara sobre magia y chicos con ojos brillantes. Mi subconsciente había agarrado todo eso y lo había mezclado en una pesadilla surrealista.
Me levanté para lavarme la cara y tomar un poco de agua, con las piernas todavía algo temblorosas. En el baño fui al lavamanos y me miré en el espejo.
Y me quedé helada.
Mis ojos...
Por un segundo, menos de un segundo, brillaron en rojo. Rojo brillante, rojo intenso, como brasas.
Parpadeé con fuerza y el color desapareció. Marrón normal. Marrón aburrido. Como siempre.
¿Qué demonios?
Me acerqué más al espejo, abrí los ojos todo lo que pude, los examiné desde todos los ángulos. Nada. Solo yo, con cara de cansada, despeinada y completamente humana.
Trucos de luz. Tenía que ser eso. La luz del baño era horrible, amarillenta y parpadeante, probablemente ni siquiera de este siglo. Y yo estaba cansada. Y asustada por el sueño. Y mi cerebro me estaba jugando una mala pasada porque mañana... hoy, técnicamente, era mi primer día de universidad y estaba nerviosa.
Eso era.
No había otra explicación lógica.
Bebí un poco de agua, volví a la cama y me obligué a cerrar los ojos, respirar despacio, pensar en cosas aburridas como la fotosíntesis y el ciclo de Krebs hasta que por fin, por fin, me volví a dormir.
Esta vez sin sueños.
La mañana llegó demasiado rápido y, con ella, el sonido del despertador que había programado para las seis porque quería tener tiempo suficiente para arreglarme, desayunar y llegar temprano al campus.
Mi tía ya estaba en la cocina cuando bajé, preparando café y huevos revueltos.
—Buenos días, dormilona —dijo, aunque eran las 6:30 a. m. y yo no tenía nada de sueño—. ¿Lista para tu primer día?
—Eso creo. Más bien, nerviosa.
—Es normal.
Me sirvió una taza de café, y yo le eché demasiada azúcar porque el café sin azúcar era asqueroso.
—Te va a ir bien, Beth. Eres lista. Más lista que la mayoría de los chicos que vas a conocer ahí, te lo prometo.
Sonreí. Mi tía era de esas personas que pensaban que yo era un genio cuando en realidad solo se me daba bien memorizar cosas.
—¿Qué clases tienes hoy?
—Biología General, Química y creo que una introducción a algo. No me acuerdo.
—Suena emocionante.
—Suena a mucha tarea.
Desayunamos juntas mientras me hablaba de su trabajo en la biblioteca municipal, un empleo aburrido que pagaba poco pero que le gustaba porque le permitía leer en su tiempo libre. Mi tía tenía gustos sencillos: libros, café y que la dejaran en paz. Por eso nos llevábamos tan bien.
No mencioné nada de la noche anterior. Ni del tipo, ni de los borrachos, ni de los sueños raros ni de los ojos que definitivamente no brillaban en rojo.
Conduje hasta el campus con las ventanas abajo, dejando que el aire fresco me despejara la cabeza. Emberdale se veía distinta de día, menos pintoresca y más… ordinaria. Casas viejas, calles agrietadas, negocios que habían conocido tiempos mejores. La universidad estaba en el extremo norte del pueblo, un conjunto de edificios de ladrillo rodeados de árboles que probablemente eran lo más bonito del lugar.
Encontré un lugar para estacionarme después de dar tres vueltas, tomé mi mochila nueva que todavía olía a tienda y caminé hacia el edificio principal. Otros estudiantes iban llegando; algunos se veían tan perdidos como yo, y otros caminaban con la seguridad de quienes ya habían pasado semestres aquí.
El campus era más grande de lo que pensaba. Jardines con bancas de madera, senderos de piedra que se bifurcaban en distintas direcciones, letreros que señalaban edificios con nombres que todavía no significaban nada para mí.
Me sentí fuera de lugar. Pequeña. Como si todos supieran algo que yo no.
Decidí explorar un poco antes de que empezaran las clases. Según el mapa que había descargado, el edificio de ciencias estaba al fondo, más allá de los jardines principales. Tomé uno de los senderos de piedra y…
Lo vi.
El chico de anoche. Al que salvé. El de los ojos que brillaban dorados, excepto que no brillaban porque eso era imposible.
Estaba sentado en una banca bajo un árbol grande, leyendo algo, completamente concentrado. La luz de la mañana le daba de lado, y pude ver que estaba bien, completamente bien, sin marcas ni moretones ni nada que indicara que lo habían usado como saco de boxeo hacía menos de doce horas.
¿Cómo?
Me quedé ahí parada como una idiota, mirándolo fijamente, con el cerebro intentando procesar lo imposible de su recuperación mientras mi corazón hacía esa cosa estúpida de acelerarse sin razón.
Y entonces, como si pudiera sentir mi mirada, alzó la cabeza.
Nuestras miradas se encontraron.
