Capítulo 2 Fruto prohibido.
Una vez que lo pruebas, no hay manera de parar.
Julieth salió del cuarto de baño, envuelta en una toalla y aun sintiendo como el alcohol se encontraba en su sistema, se acostó en la cama King zide donde, el hombre con el cual había tenido una tanda intensa de sexo, la esperaba.
Julieth lo miro unos momentos, analizando su rostro, el hombre delante de ella poseía unos ojos avellanas y un pelo tan oscuro como la noche, el cual caía sobre su frente, ni hablar que este aún se encontraba como Dios —bendito sea—lo trajo al mundo.
— ¿Tanto te gusta lo que ves? —La voz grave del hombre hizo sonreír a Julieth en su lugar.
—Digamos que hace meses no tenía un sexo tan bueno como el que me has dado. —Respondió ella, lasciva. —Ahora que lo pienso, nunca había tenido tan buen sexo. —Se burló ella, un chiste privado que el hombre no entendería.
O quizás si lo hacía.
—Dios, esta noche ha sido la mejor. —Siguió ella. —Pensé que tal vez estaría solamente ebria hasta el culo, o que quizás terminaría vomitando encima de alguien. —Julieth paro cuando se percató de la mirada tan intensa que recibía.
Aquel hombre no había dicho nada en el transcurso de tiempo en el que se estuvieron liando.
Ni siquiera sabía su nombre. Pero, ¿realmente quería saberlo?
— ¿Eres mudo acaso? —Pregunto ella, directa, sí, todo esto lo provocaba el alcohol.
—Digamos que mis amantes no suelen hablar mucho cuando me las estoy cogiendo. —Dijo él, serio, con un tono en su voz que, Julieth no supo cómo descifrar.
—Estoy segura de que, tus amantes ni siquiera quieren irse de la alcoba. —Ella rio, despreocupada y sin importarle nada, se tiro de espaldas a la cama.
Logrando que en consecuencia, la toalla que envolvía su cuerpo se soltara.
Esta acción llamo la de su acompañante casi de inmediato.
Un gruñido capto la atención de Julieth, su acompañante la veía con atención, ella conocía esa mirada, era la lujuria encarnada, termino de confirmarlo al ver como la entrepierna de aquel hombre de alzaba y golpeaba su propio muslo.
Eso sumo puntos en el ego de Julieth, quien, poseía un cuerpo curvilíneo, tenía una altura más alta que la mujer promedio, unos preciosos ojos verdes como la esmeralda y un pelo castaño claro que caía en ondas largas, sin mencionar unas increíbles piernas.
Podía usar sus encantos un poco más.
— ¿Tanto te gusta lo que ves? —Ella repitió sus mismas palabras, con esa sonrisa de que quería algo muy específico. —Puedo aliviar lo que te aqueja, si me das lo que quiero. —Ronroneo, y el hombre delante de ella, soltó un gruñido.
Parecía una bestia enjaulada que rugía por ser liberada.
— ¿Y qué se supone que quieres? —Pregunto él, con un tono de voz bajo, cauteloso y peligroso, pero, lleno de deseo.
—Hazme olvidar mi nombre y fundemos nuestra propia sinfonía de sonidos lujuriosos. —Julieth no lo dudo dos veces para montarse encima del hombre que la hacía sentir tan deseada.
— Dejemos algo en claro, soy el que da las órdenes, y tú, te encargaras de obedecer. —Julieth sonrió, ante las serias palabras del hombre que, con una seria expresión, la mantenía sobre él.
—No soy buena acatando las ordenes, guapo. —Las delicadas manos de Julieth recorrieron por segundos prolongados la trabajada espalda del espécimen tan masculino que tenía en frente. —Digamos que me gusta llevar la contraria. —Relamió sus labios.
—Tendré que castigarte, en ese caso. —Julieth se estremeció al sentir una mano masculina recorrer su cintura, y la misma subía por su vientre, viaja por su pecho y finalmente detenerse en su cuello, sin apretar demasiado, sin embargo, lo justo para hacerla sonreír más.
—No te quejes si mañana no puedas levantarte siquiera. —Murmuro él, tomando posesión de sus labios, dominando el beso, haciéndola gemir en medio de este.
Nuevamente, Julieth se vio envuelta en el calor de los brazos del apuesto hombre, no lo diría en voz alta, muchos menos lo admitiría pero, la sensación de sentirse segura la invadió por unos segundos.
Pronto, fue reemplazado por la lujuria y las ansias de ser poseída nuevamente.
—Colócate en cuatro sobre la cama. —El cuerpo de Julieth sufrió un escalofrió al escuchar esas palabras, sin duda, fue un orden.
— ¿Y si me negara a hacerlo? —Desafío ella, tambaleándose un poco en la cama, pudo ver una sonrisa torcida en el hombre, quien, sin dudarlo dos veces la tomo del cuello, no apretó mucho pero, lo suficiente para llamar su atención.
Estaba funcionando.
El gesto de dominación pronto hizo que los muslos de Julieth quedaran empapados de su propia humedad.
—Tendré que enseñarte unas cuantas reglas sobre obedecer. —La voz del hombre lleno la habitación, seria, pero cargada de deseo. —Hazlo antes de que te azote el culo. —Un estremecimiento lleno de Julieth.
Obedeció.
Se colocó encima de su estómago, estando a cuatro sobre la cama King zide, elevando el trasero y haciendo un leve movimiento para provocarlo, funciono pues, el azote llego rápido, duro, la sensación de ardor la lleno y el placer hizo lo suyo.
Quedando completamente húmeda de anticipación.
(…)
Siendo las 4:55 de la madrugada, Julieth quien, se quedó dormida luego de la ronda de sexo más intensa de su vida, perdió la noción del tiempo y por supuesto, los fuertes brazos de su acompañante se encargaron de hacerla sentir segura y cálida.
También, se percató de que estaba completamente sola en la habitación.
No es como que ella esperara algo más, mucho menos un desayuno junto al hombre con quien se divirtió. A pesar de que ella no hacia este tipo de cosas, se le hacía interesante salir de su perpetua “rutina”
Con las piernas temblorosas Julieth se sentó en la cama, en la mesita visualizo una nota en un papel de post-it.
“Toma esta pastilla si la resaca suele ser un problema”
No tenía nombre, sin embargo, ella sabía a quién pertenecía. Un sentimiento extraño se formó en su pecho, ¿Qué era realmente?, el sonido de las paredes retumbando por lo alto de la música la hicieron olvidar aquella pregunta.
Julieth sacudió la cabeza, decidida a irse de ese lugar y prepararse para todas las cosas que, había dejado al pendiente.
Ella se había olvidado por completo de su teléfono, le decía a los hombres que se le acercaban que lo había dejado o que estaba muy ebria para recordar su propio número, aun así, evitaba que esos tipos ebrios la abordaran.
Irónicamente ella había sido la mujer insinuante hacia un completo adonis que, acabo cediendo ante ella.
El sonido de una notificación en su teléfono llamo su atención, perezosamente entro en la red social que todos usaban en ese momento, dando publicaciones y actualizaciones de su vida constantemente.
La publicación era de Stephan Abey, su ex prometido. Quien, aparecía dándole a otra mujer el mismo anillo de compromiso que una vez, le perteneció a ella.
Julieth sintió su propio corazón apretujarse contra su pecho.
De pronto, la idea de volver a tomar y ahogarse un poco más en lamentos no le pareció tan mala idea.
