Capítulo 3 La Subasta.

Después de perder todo lo que tenía sentido en tu vida, ¿Acaso se puede perder algo más?

— ¡Demos por empezada la subasta #25 de esta noche! —La voz del presentador resonó en aquel club lleno de personas enmascaradas, emocionadas por lo que verían esta noche. —Mide 1.70cm de alto, cabello castaño claro y ondulado junto a una piel pulcra sin imperfecciones, el espécimen que veremos esta noche se encuentra en perfecta salud, a tiempo para poder reproducirse. —Las risas rodearon el salón rojo. — ¡Con ustedes la chica #25!

Julieth fue empujada con brusquedad hacia el escenario, lastimándose en el proceso y es que se encontrada atada de manos, por lo que no podía sostenerse con facilidad. Su mirada se posó entre los presentes a los cuales no podía ponerles caras o nombres debido a que la gran mayoría por no decir que todos, usaban mascaras que ocultaban su identidad. 

Ella no sabía dónde se encontraba, ni cómo es que llego ahí. Si lo último que recuerda es que estaba en una discoteca de mala muerte, se acostó con un desconocido —y del cual ya no recuerda nada. — cuando vio una publicación de su ex prometido dándole el que fue alguna vez su anillo a otra.

Motivándola en consecuencia a tomar más de la cuenta. 

—Maldito Stephan…—Murmuraba ella en su lugar, apoyada en mostrador de la discoteca. —Cinco años a la basura, ¿y para qué? ¿Acaso me merecía esa humillación en nuestra fiesta de compromiso? —Lloriqueaba ella con el vaso de wiski casi terminado.

— ¿Por qué tan triste, hermosa? —Le pregunto el barman, portaba una sonrisa de medio lado, Julieth elevo la mirada.

—Mi novio me dejo plantada en nuestra fiesta de compromiso. —Dijo ella por encima de la música del lugar, el cual resonaba en todos lados. —Le entregue todo, y, aun así, no lo dudo dos veces para irse con otra. —Julieth termino su vaso de alcohol rápidamente. —Que gran forma de recibir los 27 años. —Se dijo burlesca así misma. 

—Vaya, eso se escucha terrible. —Rio el barman. —Pero no te deprimas preciosa, la casa invita esta ronda. —Le dijo sacando un vaso finamente servido, algo que, contrastaba con el ambiente de aquel bar. 

Julieth miro el vaso y dudo unos segundos, tal vez ya había tomado suficiente y tocado fondo por esa noche. Tal vez debería retirarse y mañana buscar un nuevo empleo en un hospital distinto, y es que, meses atrás Julieth fue despedida de su trabajo como enfermera ese día por ausentarse tanto, debido a la cancelación de su compromiso. 

Consigo solo traía una cartera de mano y un bisturí que tomo prestado. 

—Hasta el fondo. —Dijo el barman acercando la copa hacia ella con una ligera insistencia que, para Julieth, pasó desapercibida. 

—Hasta el fondo. —Repitió ella, tomando de aquella bebida a la cual no sabía que nombre ponerle, pero, para antes de darse cuenta.

Su mundo fue tomado por las sombras. 

Julieth debe admitir que cometió el error de no revisar la bebida que le pasaron, cometió el error de estar sola en un lugar al que jamás en su vida había estado y se culpaba todos los días desde que había despertado de aquel descuido tan fatal. Ella había perdido la noción del tiempo estando en ese lugar. 

Julieth estaba encerrada en una celda junto con otras mujeres que lloraban desesperadas, desaparecidas sin saber cuándo volverían. Eran tratadas como mercancía sin sentimientos, y donde a veces recibía porciones de comida que apenas alcanzaba a satisfacer su hambre.

Un hombre se había acercado a la celda de Julieth con evidente crueldad. Un escalofrió la recorrió en todo el cuerpo, y la ansiedad se apodero de ella, tanto, que le era difícil respirar. 

—Sera mejor que te mantengas bien para la subasta. —Le había dicho el hombre con mascara, donde lo único que Julieth podía ver era su cínica sonrisa. 

— ¡¿Qué es lo que quiere de mí!? —Grito ella asustada. — ¡¿Por qué estoy aquí?! —La celda de Julieth fue abierta por el desconocido.

El rostro de Julieth fue apretado por sus manos, esto provoco que el miedo creciera aún más. 

—Escúchame bien…será mejor que te comportes o no querrás ser reeducada por mí, agradece que estas en un lugar decente. —Le decía el hombre. —La subasta será en unos días, así que, olvídate de la que fue alguna vez tu vida, porque jamás volverás a ella. —Y con esta sentencia, el hombre se alejó de Julieth, quien con lágrimas de impotencia, desesperación y angustia se quedó temblando en aquella celda. 

Su vida había acabado. 

(…)

“La subasta será en unos días.”

Aquellas palabras resonaban en la cabeza de Julieth día y noche, ni siquiera podía permitirse dormir adecuadamente, desde que fue secuestrada, su vida perdió el sentido mismo y el miedo, era lo que la mantenía en estado constante de alerta.

Una cosa había entendido y es que casi de inmediato ella había entendido todo esto, estaba en una especie de mercado negro que se encargaba de vender mujeres a personas que, solo Dios sabría qué harían con ellas. Y Julieth rezaba por salir de ahí, quería devolver el tiempo hacia atrás y evitar salir de su apartaestudio por despecho, incluso entre plegarias silenciosas deseaba que su expareja la estuviera buscando pues, ella no contaba con una familia que diera la cara por ella. 

Y ahora se encontraba en aquel escenario, delante de miles de personas que sonrían con malicia hacia ella. 

—De pie espécimen #25, deja que los presentes te vean. —La voz del presentador hacia ella la resonó como un estruendo. —Disculpen al espécimen #25, a veces hay que educar a las mercancías. —El sordo sonido de un latigazo pegando en la espalda de Julieth la hizo perder el aire contenido en sus pulmones, haciendo que se retuerza de dolor. —De pie, no me hagas repetirlo de nuevo. 

Como pudo, y con lágrimas que empañaban su vista, Julieth se levantó con piernas temblorosas, mordía su labio inferior con impotencia y enojo. Las personas que la admiraban murmuran cosas que no entendía, por lo que, en defecto, la asustaban. 

Julieth yacía allí con la ropa que fue secuestrada, entre sus manos atadas ocultaba un pequeño bisturí que siempre llevaba consigo, lo cual es irónico porque ella había sido secuestrada pero no despojada de lo poco que llevaba consigo. 

Estaba esperando algo, lo que sea, para poder desatarse y escapar de allí. 

— ¿Empezamos la subasta con 10 mil? —Dijo el presentador en su lugar, Julieth vio paletas elevarse una tras otra, cada una con un precio más alto que el anterior. 

— ¡250 mil!

— ¡500 mil!

Julieth temblaba en su lugar, aterrada, rogando a quien sea que se encontraba en los cielos ayuda para salir de ese lugar. 

— ¡Tenemos una oferta de 500 mil! ¿Alguien ofrece 550 mil? ¿600 mil?, ¡500 mil a la una, dos y…!

Las luces se apagaron de pronto, dejando a más de uno de los presentes que allí se encontraban con una notable confusión. 

¿Qué estaba pasando?

Julieth no lo sabía, pero, la oportunidad por la cual estaba rogando había llegado para sacarla de ese lugar ahora.

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