Capítulo 4 Tu mundo está a punto de cambiar.
“La salvación había sido el peor error que pudo cometer.”
Julieth apenas podía respirar. Todo ocurrió en cuestión de segundos: el anfitrión del mercado negro cayó fulminado, una bala atravesándole el cráneo con una precisión escalofriante. El hombre que lo había hecho ni siquiera pestañeó. Disparó con frialdad quirúrgica, como si arrebatar una vida fuera tan simple como exhalar.
Él la había salvado. Pero había algo en su mirada —una calma antinatural, un dominio absoluto— que la aterraba más que los disparos mismos.
—Reacciona, tenemos que irnos de aquí. —La voz del desconocido fue firme, autoritaria. Julieth parpadeó varias veces, intentando asimilar lo ocurrido. — ¿Estás herida?
Su mente era un torbellino. Apenas podía sostenerse en pie, el corazón se le agitaba con violencia, y el olor metálico de la sangre le revolvía el estómago.
—No... Estoy bien —murmuró con voz temblorosa, sin convencerse ni a sí misma.
—Perfecto. —El hombre miró hacia ambos lados, midiendo el tiempo como quien mide una bomba a punto de estallar—. Larguémonos antes de que llegue la policía.
Esa palabra le llamó la atención. ¿Por qué la pronunciaba con tanto desprecio? ¿Quién era ese hombre?
No tuvo tiempo de preguntar. Ambos corrieron entre los restos del caos, esquivando cuerpos y escombros. Julieth apenas podía seguirle el paso; su respiración era un hilo, sus manos temblaban. Solo quería volver a casa, cerrar los ojos y fingir que todo había sido una pesadilla.
Pero el infierno no había terminado.
— ¡Mierda, cuidado! —El grito del hombre retumbó justo antes de que la envolviera entre sus brazos. El silbido de las balas cortó el aire, y Julieth sintió el impacto del cuerpo ajeno cubriéndola por completo. Él también disparaba, respondiendo al ataque con una precisión mortal. — ¡Agáchate ahora mismo! —ordenó con una voz que no admitía réplica.
Ella obedeció de inmediato, encogiéndose en el suelo con los ojos cerrados, intentando respirar entre oraciones ahogadas. Rezó, suplicó, deseó que todo se detuviera.
Y cuando el silencio finalmente volvió, el sonido de su respiración fue lo único que llenó el aire.
Hasta que abrió los ojos.
El desconocido estaba en el suelo.
Herido.
— ¡No… no, no, no! —Julieth se arrastró hacia él, aterrada al ver la sangre extendiéndose bajo su cuerpo. Había recibido varios impactos.
El pánico amenazó con devorarla, pero una voz interior, la de enfermera, la de sobreviviente, la sacudió. Piensa. Respira. Actúa.
— ¡No te atrevas a irte de este mundo! —Le gritó, presionando las heridas con las manos—. ¡No me dejes ahora!
Él seguía consciente, aunque la palidez le consumía el rostro.
—Vamos, las balas no tocaron órganos vitales… solo sangran mucho —dijo ella, intentando convencerse mientras cortaba su camisa para evaluar los daños—. Dime tu nombre.
—Massimo… —alcanzó a responder entre jadeos, la voz rasposa por la pérdida de sangre.
—Bien, Massimo, quédate conmigo. Si te atreves a dejarme… —la voz de Julieth se quebró, los ojos inundados en lágrimas—… juro que bajaré al infierno solo para darte el sermón de tu vida.
Con manos temblorosas, tomó su bisturí y comenzó a extraer las balas. El metal manchado de sangre caía sobre el pavimento, uno tras otro.
Massimo gruñó entre dientes, el dolor atravesándolo como fuego líquido.
—Qué forma más extraña… de mantenerme… consciente —dijo con una sonrisa cansada.
Por primera vez en mucho tiempo, se sintió vulnerable. Él, Massimo Moretti, la Parca de Italia, herido por proteger a una desconocida. ¿Por qué demonios lo había hecho? ¿Qué tenía esa mujer para que su instinto lo obligara a intervenir?
—Escúchame, Massimo. —Continuó Julieth, presionando una de las heridas—. Romperé tu camisa para detener el sangrado.
Él apenas asintió. La tela se rasgó, dejando al descubierto su torso marcado por cicatrices. Si la situación no fuera tan crítica, Julieth habría desviado la mirada. Pero no podía.
—La camisa es costosa. —murmuró él con esfuerzo, intentando aferrarse a la consciencia.
—Pues ahora vale menos que tu vida. —replicó ella con un suspiro nervioso.
Massimo quiso responder, pero el mundo se oscureció lentamente. El sonido de su respiración se fue apagando.
—No… no, no te duermas, Massimo —suplicó Julieth entre lágrimas—. ¡Acabas de salvarme, no puedes dejarme ahora!
No lloraba solo por él. Lloraba por todo lo que había tenido que soportar, por el miedo, por el trauma, por la sensación de perder el control una vez más.
—No me dejes tú también… —susurró, sin saber que él alcanzó a escuchar esas últimas palabras antes de hundirse en la inconsciencia.
(…)
Cuando Massimo Moretti abrió los ojos, lo primero que sintió fue la suavidad de unas sábanas limpias y el olor tenue a desinfectante. Todo a su alrededor era desconocido.
Primero: No estaba en su residencia, ni en el callejón donde había caído herido.
Segundo: Su pecho, abdomen y brazos estaban vendados con precisión. Había un suero conectado a su brazo y una mesa con frascos, gasas y bolsas de sangre compatibles con la suya.
Tercero: Había una mujer dormida junto a la cama, el cabello cayéndole sobre el rostro, respirando con calma.
Massimo observó el lugar con atención. Cada detalle hablaba de cuidado, de esfuerzo… de alguien que había luchado contra el tiempo para mantenerlo con vida.
En la mesita había una nota escrita a mano:
“Limpiar las heridas cada 6 horas.”
Él la leyó en silencio. Una sonrisa casi imperceptible se dibujó en sus labios.
¿Aquella mujer lo había salvado? Él, la Parca. El hombre que no creía en la compasión ni en la bondad.
Ahora yacía con el cuerpo cubierto de vendajes, bajo el techo de una desconocida de una noche, que lo había rescatado del filo de la muerte.
—Interesante… —murmuró con voz baja, mientras su mirada se posaba en el rostro dormido de Julieth.
No lo sabía aún, pero en ese preciso instante, algo oscuro comenzó a gestarse dentro de él.
Un impulso nuevo, voraz, que no tenía nombre… pero que pronto devoraría todo lo que era.
