Capítulo 5 La Sangre y la Bala.
“La salvación fue el peor error que pudiste cometer.”
Esa noche había sido una provocación. Una trampa diseñada con precisión quirúrgica. Massimo Moretti lo sabía desde el principio, pero aun así decidió entrar en el juego. Si los bastardos creían que podían desafiarlo en su propio territorio, estaban a punto de aprender lo que significaba despertar a la Parca.
La subasta clandestina se llevaba a cabo en un antiguo teatro abandonado, iluminado por lámparas doradas que apenas lograban esconder el hedor a miedo y desesperación. Massimo observaba desde las sombras con la serenidad de un depredador que conoce su ventaja. Sabía que la sangre correría antes del amanecer, y no le importaba.
Era el jefe de la mafia italiana más temida, el rey de un imperio cimentado sobre secretos, dinero y cadáveres. La redención no formaba parte de su destino. Y lo sabía.
Los hombres aguardaban su orden, tensos, expectantes. Bastaba un gesto, una palabra, y todo ardería. Pero algo alteró el control absoluto de Massimo: en el escenario, una mujer de cabello castaño claro y ondulado era subastada como si fuera mercancía. Arrodillada, con lágrimas que surcaban su rostro, apenas sostenía la mirada. Tenía miedo… y, aun así, había una dignidad salvaje en ella.
Era la misma mujer que había conocido en aquella discoteca hace semanas atrás.
Y por alguna razón que no entendió, algo en su interior se quebró. Una chispa de furia y… ¿protección?
Absurdo. No la conocía. No debía importarle —solo se habían acostado— Pero antes de poder detenerse, sus labios ya habían pronunciado la orden.
—Apaguen las luces. —Ordeno él.
El caos se desató en segundos. Los murmullos se convirtieron en gritos y los gritos en una sinfonía de disparos que hizo temblar las paredes.
—Liberen a los secuestrados. Quiero la cabeza del anfitrión. —La voz de Massimo resonó como una sentencia.
Evan, su mano derecha, se acercó por detrás.
— ¿Qué hacemos con los compradores ilegales? — Massimo sonrió, un destello oscuro en su mirada.
—Manténgalos vivos. Quiero ver cuánto están dispuestos a pagar por mantener sus nombres fuera de los titulares. —Evan asintió, pero su jefe no había terminado.
—Y Evan… —Su tono descendió a un susurro helado—. Enséñales lo que pasa cuando se desafía mi autoridad.
—De inmediato, señor. —Pronto, el infierno se abriría paso.
(…)
Julieth, aún con las muñecas marcadas por las sogas, aprovechó la oscuridad para liberarse con el bisturí que llevaba oculto entre la ropa. El corazón le latía con fuerza, empujándola a moverse, a escapar, a sobrevivir.
Corre. Corre. Corre.
El eco de los disparos llenaba el aire, el humo se mezclaba con el pánico, y los gritos de las mujeres resonaban por todo el recinto. Julieth no sabía a dónde iba, solo que no podía quedarse ahí.
— ¡Ayuda, por favor! —La voz desesperada de una mujer la detuvo. Giró y la vio: una joven embarazada, con el rostro empapado en lágrimas, encadenada al suelo.
La razón le gritaba que siguiera corriendo, pero su corazón no la obedeció. Rompió las cadenas con el bisturí y la ayudó a ponerse de pie.
—Tenemos que salir de aquí —dijo con firmeza, sosteniéndola del brazo.
Ambas corrieron entre el caos, tropezando con cuerpos y sangre, hasta divisar una puerta entreabierta al fondo del pasillo. La noche las recibió con un golpe de aire helado. Durante un segundo, Julieth creyó que al fin había escapado.
Hasta que una sombra se interpuso ante ellas.
Un hombre alto, de porte imponente, les bloqueó el paso. Su voz, grave y controlada, resonó en medio de la oscuridad.
—Tranquilas. No voy a hacerles daño. Somos los encargados de rescatarlas. Mi jefe ordenó liberarlas.
Julieth apretó el bisturí en su mano temblorosa.
—Te advierto una cosa —dijo, poniéndose frente a la mujer embarazada—: no pienso volver allá.
El desconocido arqueó una ceja, sorprendido por su valor a pesar del miedo evidente en sus ojos.
—Relájate, pequeña. Si quisieran hacerte daño, ya lo habrían hecho. —Ella lo observó, dudando. Confiar en otro hombre en medio de aquel infierno era una locura. Pero la mujer embarazada necesitaba ayuda.
—Llévatela a ella primero —dijo finalmente, bajando el bisturí—. Está embarazada.
El hombre asintió y cargó a la joven con facilidad.
—Sígueme. No te quedes atrás, lo peor aún no termina. —Por primera vez en mucho tiempo, Julieth sintió un atisbo de alivio. Tal vez, después de todo, podría volver a casa.
Pero entonces… una mano brutal la jaló hacia atrás.
— ¿A dónde crees que vas, chica número veinticinco? —La voz del presentador, viscosa y cruel, le heló la sangre.
El miedo regresó con fuerza. El bisturí cayó de su mano.
(…)
Desde el otro extremo del pasillo, Massimo observó la escena con una mezcla de furia y algo que no comprendía del todo. La vio forcejear, vio el terror en sus ojos… y algo en él estalló.
El disparo resonó como un trueno. El cuerpo del anfitrión cayó al suelo, un hilo de sangre escurriendo por su frente.
Massimo bajó el arma lentamente, su respiración pesada.
Y entonces la vio de cerca. Esa mujer —esa desconocida que minutos atrás había jurado no importarle. — lo miraba con un temblor que no era solo miedo.
Era algo más. Algo que lo atravesó como una bala silenciosa.
—Estás a salvo. —murmuró él, casi para sí mismo. Pero mientras pronunciaba esas palabras, comprendió el error fatal que acababa de cometer.
Porque en ese instante, sin poder evitarlo, la Parca se había enamorado de su víctima.
