Capítulo 6 Salvadora.

“¿Sabrás pagar tu deuda?”

Massimo Moretti tenía demasiados pensamientos atravesándole la cabeza, como metralla que no cesaba. Uno en especial lo descolocaba: ¿Por qué esa mujer lo había cuidado, si él no era más que un desconocido?

Fugaces recuerdos de la noche anterior regresaron con violencia. Recordaba haberse reunido con sus hombres para eliminar el mercado negro que se atrevía a operar en su territorio. Aquel sucio evento era una afrenta directa a su nombre, al respeto que inspiraba como La Parca. 

Y aunque su imperio se había levantado entre sangre y cenizas, había líneas que ni siquiera él estaba dispuesto a cruzar: inocentes, mujeres, niños. Quien entraba en ese mundo, debía saber que la oscuridad no perdona, pero él no aceptaba que la oscuridad los eligiera sin permiso.

Recordaba también la escena: una mujer en el escenario, la misma con la que paso parte de la noche, ahora tenía una expresión vulnerable, asustada… y él disparando para liberarla. 

sa mujer. La misma que ahora le devolvía el favor. La que lo había mantenido con vida.

Massimo Moretti, el hombre que solo conocía la muerte, había sido salvado por unas manos temblorosas y cálidas.

Y eso lo irritaba. No la odiaba, pero algo en su interior lo retorcía. Una mezcla de repulsión y curiosidad. Ella no pertenecía a su mundo, y sin embargo, se había atrevido a tocarlo.

“Me salvaste, ahora te debo una vida.”

En la mafia Moretti, una deuda de sangre era sagrada. Intocable. Impagable.

Un sonido suave quebró sus pensamientos.

—Veo que despertaste. —La voz femenina lo alcanzó como un susurro. Massimo giró la cabeza. Se encontró con unos ojos verdes, transparentes y agotados, pero hermosos. Ojos que lo miraban sin miedo. —Han sido tres días difíciles —continuó ella—, pero me alegra que al fin despertaras.

Tres días. Tres malditos días inconscientes. Sus hombres debían estar buscando cielo, tierra y mar para encontrarlo.

Massimo gruñó al sentir la venda húmeda sobre su abdomen.

— ¿Quién eres? —preguntó con la voz áspera, la garganta seca. Es cierto que la conocía de aquella noche, sin embargo, no es como que supiera mucho. 

—Solo alguien que no podía dejarte morir. —La respuesta lo desconcertó más de lo que admitiría. 

El gesto humilde, casi sumiso, de bajar la mirada lo irritó de inmediato. No toleraba que nadie se encogiera ante él… pero verla así despertó algo distinto.

Algo oscuro.

— ¿Acaso no sientes miedo por lo que acabas de hacer? —preguntó, sujetándole el rostro con firmeza entre sus dedos. Ella lo miró, la voz le tembló, pero respondió sin retroceder:

—Hice lo que tenía que hacer. ¿Debería tener miedo? —Murmuro con desconfianza. Tal parece que ella no lo recordaba. 

—Sí. —Su sonrisa fue un filo cortante—. Deberías. No sabes a quién has salvado. —Ella lo observó, sin comprender del todo lo que implicaban sus palabras.

Massimo percibió su pulso acelerado bajo sus dedos, y una punzada —una que no tenía nada que ver con las heridas— lo recorrió de arriba abajo.

La deseó. Tan simple. Tan brutal.

—Puedes decir lo que quieras —replicó ella con voz temblorosa—. Pero me salvaste, y recibiste las balas que iban destinadas a mí. — Él soltó una risa baja, casi ronca.

—Otros me habrían dejado morir. —Respondió casi de inmediato. 

—No soy como los otros. —Ella alzó el mentón. Massimo inclinó la cabeza, curiosa. Su valentía tenía un sabor extraño, adictivo.

Mi salvadora —susurró él, y vio cómo un escalofrío le recorría el cuerpo. —Debería saber tu nombre —añadió con voz grave—Si voy a darte las gracias.

Ella vaciló, pero respondió:

—Julieth… Felicce. —Pronuncio en voz baja, casi como si fuera un secreto.

“Julieth.” 

El nombre danzó en su mente como una promesa.

—Julieth —repitió, saboreándolo con lentitud—. Gracias por socorrerme… y por romper mi camisa de diseñador. —El rubor en su rostro fue un espectáculo.

Massimo se incorporó, observándola con atención quirúrgica. ¿Cómo una mujer de complexión tan pequeña había logrado arrastrarlo hasta allí? ¿Cómo supo su tipo de sangre? Cada detalle la volvía más intrigante.

— ¿Sueles agradecer de esa manera a tus salvadores? —preguntó ella, intentando romper la tensión. 

Él sonrió de medio lado.

—Usualmente soy yo quien salva… o quien condena. —Sus ojos brillaron con algo entre burla y amenaza—. No suelo tener salvadores.

Y ahora tenía una.

(…)

Horas más tarde, de pie en medio de aquella habitación femenina, Massimo la observaba dormir.

Era un lugar íntimo, vulnerable, demasiado personal para alguien como él. En su mundo, el afecto era una trampa, la compasión una debilidad. Y aun así, no podía apartar la vista de ella.

“—Por favor, no me dejes tú también…”

Recordó su voz, quebrada, desesperada, y sintió una presión en el pecho. Una que no supo si provenía del deseo o del alma.

Su cuerpo respondió antes que su mente. El calor se arremolinó en su vientre, y sus manos se crisparon al contener la necesidad de tocarla.

Quería poseerla.

Marcarla.

Saber qué tan lejos podía llegar esa inocencia antes de quebrarse.

Un murmullo interrumpió el momento:

— ¿Terminaste? —La voz de Julieth lo sacó del trance. Ella lo miraba sorprendida al verlo de pie, tan alto, tan imponente.

Massimo se giró hacia ella. La distancia entre ambos desapareció en un parpadeo. Su sombra la cubría por completo. Ella tragó saliva cuando él sostuvo su rostro con una sola mano.

—Mi salvadora —murmuró con voz baja, casi reverente—. No olvidaré lo que has hecho por mí. Julieth no respondió. No podía.

El aire entre ambos se volvió pesado, cargado de algo que ninguno de los dos sabía nombrar.

Massimo inclinó la cabeza, acercando sus labios a los de ella. Podía oler su miedo… y su deseo.

El teléfono en su bolsillo vibró. Él cerró los ojos, conteniendo un gruñido.

—Debo irme, il mio salvatore. —Su voz fue un roce. Y antes de que ella pudiera decir algo, desapareció por la puerta. Cuando el vehículo azul lo recogió, la decisión ya estaba tomada.

—Evan. —Llamó, con tono frío. Incorporándose en el vehículo, sin apartar la mirada del complejo de apartamentos de donde había salido. 

— ¿Sí, señor? —Respondió su mano derecha desde el asiento del conductor.

—Investiga todo sobre una mujer llamada Julieth Felicce. —La sonrisa que curvó sus labios no era humana.

— ¿Algún detalle específico? —Evan no lo diría en voz alta, pero, sentía un ápice de curiosidad por la petición tan repentina de su jefe.

—Su vida entera. Los últimos cinco años. —Su voz fue un decreto. —Después de todo —añadió, reclinándose en el asiento—, necesito conocer a fondo a mi salvadora.

Y las deudas, en el mundo de Moretti, siempre se pagan.

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