Capítulo 7 El despertar del Monstruo.
“Ahora que la tienes, ¿podrás vivir sin ella?”
Habían pasado apenas unas semanas desde que Massimo Moretti recibió los disparos que casi le arrebatan la vida. Semanas desde que una extraña lo salvó, sosteniéndolo entre sus brazos mientras su sangre empapaba el suelo.
Julieth Felicce.
Ese era el nombre que se había convertido en su mantra, en el eco persistente que lo perseguía cada noche.
Un nombre que le provocaba un ardor desconocido en el pecho, una sensación que rozaba entre el agradecimiento y el deseo.
Era su salvadora… y su delirio.
Massimo observaba con detenimiento la carpeta que reposaba entre sus manos, hojeándola por séptima vez ese día. Cada línea escrita sobre esa mujer le resultaba insuficiente, como si el papel no pudiera contener todo lo que quería saber de ella.
Tenía el poder para moldear su destino, pero aún no decidía cómo usarlo.
Detuvo su mirada en un párrafo subrayado:
“Julieth Felicce. Enfermera a tiempo parcial. Comprometida con Stephan Abey, gerente del Banco Central. Cuatro años de relación, uno de compromiso. El día de su compromiso, Abey huyó con otra mujer frente a más de cien invitados. Humillación pública. Abandono.”
Massimo arqueó una ceja, sonriendo con ironía.
—Así que por eso estabas en aquella discoteca esa noche… —murmuró con voz grave, casi en un susurro posesivo—. Mi pobre salvadora, tenías el corazón roto. —Sus dedos recorrieron la fotografía que acompañaba el informe. La imagen mostraba a una mujer con una dulzura serena, ajena a la oscuridad que la observaba desde lejos.
La deseaba.
Pero no como se desea un cuerpo; quería poseerla en su totalidad, arrancarle los miedos y reemplazarlos con su nombre.
Quería que su mundo se redujera a él.
Massimo cerró los ojos, recordando el temblor de su respiración cuando la tuvo tan cerca.
Su piel.
Su voz.
Su fragancia.
Cada detalle de ella se había convertido en un vicio que lo consumía más que el aire.
Un golpeteo en la puerta interrumpió su trance.
—Señor. —Evan entró con paso firme, impasible como siempre, aunque su traje manchado de rojo hablaba por sí solo—. El cómplice del mercado negro está esperando.
Massimo se levantó despacio, la calma peligrosa de quien controla cada respiración.
—Excelente. —Su sonrisa fue un filo—. Es hora de enseñarle lo que sucede cuando alguien toca lo que me pertenece.
Evan asintió, siguiéndolo en silencio.
Había aprendido a no cuestionar al hombre que le debía su vida, pero incluso él no lograba comprender la intensidad de esa obsesión.
Desde que Julieth Felicce entró en escena, algo en Massimo cambió. Su voz se volvía más baja al pronunciar su nombre, y su mirada… más humana, pero también más peligrosa.
Evan no pudo evitar pensar en la enfermera que había tenido la desgracia de salvar al jefe de la mafia Moretti. Si tan solo supiera lo que había despertado.
(…)
El barman temblaba en la silla metálica, atado de pies y manos.
El aire en la celda era pesado, cargado de humedad y miedo.
Massimo entró con pasos lentos, su figura recortándose bajo la luz amarillenta del foco.
—Vaya, vaya… —su voz era una caricia que prometía dolor—. ¿Qué tenemos aquí? —Sonrió cual sádico.
— ¿Q-que… quién eres tú? —balbuceó el hombre, sudando a mares.
Massimo no respondió. Detrás de él, Evan apareció sosteniendo una cadena gruesa. Del otro extremo emergió un tigre siberiano, majestuoso y amenazante, con los ojos fijos en la presa.
El barman gritó, intentando alejarse, pero la silla no se movió ni un centímetro.
— ¡¿Qué es esto?! ¡Suéltame, por favor! —Massimo se inclinó ligeramente hacia él.
—Soy la parca —dijo con voz suave. — Y vengo a recordarte que jugaste con las reglas equivocadas. —El hombre comenzó a temblar.
—No sé de qué hablas, yo solo…—Massimo chasqueó la lengua.
—Vendiste mujeres al mercado negro. En mi territorio. —Su tono se endureció—. Y lo peor de todo… tocaste lo que me pertenece.
El barman lo miró horrorizado.
— ¡Fue un error! ¡Lo juro, no volverá a pasar! —El rugido del tigre llenó el lugar, vibrando contra las paredes.
Massimo sonrió.
—Eso es lo bueno de tus palabras. —Sus ojos brillaron con locura—. No tendrás la oportunidad de repetirlas.
— ¡No, por favor! ¡Puedo darte información, dinero, lo que quieras!
Massimo se giró, ignorando sus súplicas.
—Profitto, Assassino. —dijo con una calma enfermiza.
Evan soltó la cadena.
El rugido del animal ahogó los gritos del hombre, que se convirtieron en ecos desgarradores dentro de la celda.
Massimo se alejó sin mirar atrás, los pasos firmes y el rostro impasible. Pero en su mente, una imagen persistía: la de Julieth, inclinada sobre él aquella noche, con las manos temblorosas tratando de salvarlo.
La mujer que lo había mirado sin miedo, que no sabía quién era, ni cuánto poder tenía…y aun así lo había tocado con ternura.
Un gesto tan simple, tan humano, que terminó por condenarla.
(…)
Mientras tanto, Julieth, en su pequeño departamento, no podía dormir.
Desde hacía días, sentía una presión inexplicable en el pecho. Una sensación sofocante, como si una sombra la vigilara en silencio.
“¿Por qué no puedo dejar de pensar en él…?”, se preguntó, apretando las sábanas.
El recuerdo de su mirada la perseguía, un par de ojos tan intensos que parecían ver más allá de su piel.
Intentó convencerse de que solo era gratitud… que lo había ayudado por humanidad.
Pero, en el fondo, sabía que algo dentro de ella había cambiado desde aquella noche.
Y mientras el eco de los gritos aún resonaba en la mente de Massimo, ambos respiraban el mismo aire, conectados por una línea invisible que solo él se atrevía a llamar destino.
