Capítulo 1 01
Izayana Stevens
—¡Esto es un atropello! —grité frustrada, mientras me ponía de pie súbitamente, provocando que la silla chirriara al ser empujada por mis pantorrillas. —. ¿Por qué tendría que hacer eso?
—Pues, porque así lo manda tu padre en su testamento. —respondió mi madre, quien se encontraba sentada a mi lado, con las piernas cruzadas y un cigarrillo encendido entre sus dedos.
Resoplé, mientras fijaba la mirada en el notario que justo en ese momento se encontraba leyendo el testamento de mi padre, en donde estipulaba que la única manera en que podría hacerme cargo de las empresas Stevens Textiles, sería casándome antes de cumplir los veintiocho años, lo que ocurriría en tan solo una semana. De lo contrario, el control y manejo de todo pasaría a manos de mi medio hermano, fruto de la aventura que tuvo con su secretaria.
—Porqué no me sorprende —rió mi madre, con ironía. —. Si la única razón por la que no se traía a ese chico a casa, era porque sabía que me enfadaría.
—Mamá, basta —la interrumpí, presionando mis manos en puños, encajando las uñas en mis palmas. —. ¿No hay alguna otra opción? —cuestioné, viendo a aquel hombre de cabellos blancos.
Él negó con la cabeza, mientras bajaba la mirada hacia los papeles sobre su escritorio.
—Tu padre redactó su testamento hace muchos años, aún estabas en la universidad —me contó. —. Seguro no pensaba que te convertirías en una gran empresaria como lo eres ahora. Y, como tampoco esperaba morir tan pronto, no vio la necesidad de cambiarlo aún.
No podía creerlo, simplemente no podía aceptarlo. Llevaba tres años de mi vida dedicándome por entero a las Empresas Textiles Stevens, sabía todo del manejo, desde las maquinarias hasta los mejores proveedores de productos. Había trabajado codo a codo con él para sacarla adelante, por lo que no me parecía justo que de la nada, luego de que falleciera en un accidente automovilístico, yo quedara fuera de todo.
—Así que… ¿soy el predecesor de nuestro padre?
Abrí los ojos ampliamente al escuchar una voz tras mi espalda. Giré la cabeza para ver en dirección a la entrada y, en efecto, ahí se encontraba Alberto, y junto a él, su madre, quien estaba cruzada de brazos, manteniendo una pequeña sonrisa presuntuosa en sus labios.
—No llegué a tiempo para la lectura, pero, por la expresión en tu rostro y la tensión en el ambiente, supongo que es lo que papá dejó en su testamento.
—Eso quisieras —respondí, intentando no mostrar los nervios que me invadían. —. Dijo que solo si yo no estaba casada y, adivina qué, hermano —dije con desdén. —. Me casaré antes de mi cumpleaños.
—¡Por favor! —bufó. —. Ni siquiera tienes novio.
Fruncí el ceño con molestia, antes de girar el rostro en dirección a mi progenitora, quien solo fumaba su cigarrillo mientras observaba con desprecio a la madre de Alberto, que, por cierto, iba vestido de negro en honor a su luto. No podía ser más descarada.
—No creas que sabes todo de mí, sí tengo novio, y me casaré. Te espero en primera fila el día de mi boda. —concluí, colocando mi bolso en mi hombro, antes de encaminarme hacia la puerta.
Él y su madre se hicieron a un lado para abrirme paso, esperé a que mamá llegara hasta mí para juntas salir de ese lugar.
—¡Señorita Izayana, espere! —me habló el notario, asomándose a la puerta junto a ellos. —. Hay otra condición —me comunicó. —. Su padre no quería trampas, así que estableció que su matrimonio debía ser real, con un hombre responsable, por lo que la junta directora de la empresa tiene la última palabra, basándose en el tipo de relación que usted tenga con su esposo, para decidir si es legítimo, o una farsa.
—¡¿Qué?! —exclamé exaltada.
—Lo que oíste, hermanita —rió Alberto. —. Espero que tu novio te ame realmente, o de lo contrario saldrás perdiendo.
Contuve la respiración y alcé la barbilla, mostrándome segura de mi misma, antes de asentir con la cabeza y luego darles la espalda. Me aferré al brazo de mamá, y junta salimos de aquel lugar, evitando lucir vulnerables ante la otra familia de mi padre.
—¡Dios mío, no sé qué es lo que haré! —grité alterada al salir de aquel edificio.
—Calma Iza —me dijo mi madre, mientras revisaba su teléfono celular. —. Ni loca permitiré que ese… ese… —gruñó con frustración. —. Esos trepadores lleguen a tener el control de algo que por ley te pertenece. Eres su hija mayor, fruto del matrimonio, no quedarás afuera de las empresas, ¡no señor!
Y así, sin más, ella se alejó de mí para ir en busca de su auto y marcharse.
Tomé una fuerte bocanada de aire y observé el cielo, estaba nublado, parecía que llovería. No podía evitar preguntarme qué era lo que haría, no tenía un novio, mi vida entera eran las empresas que estaba a punto de perder por los caprichos de mi padre, porque era claro que no se necesitaba un esposo para manejar un imperio comercial. ¡Machista de mie…!
—¿Sigues aquí? —cuestionó Alberto, saliendo junto a su madre. —. ¿Necesitas un aventón? Podría llevarte cuando vaya de camino a la casa de campo que papá nos dejó.
Intentaba provocarme, y lo estaba consiguiendo.
—No, gracias. Voy de camino a encontrarme con mi futuro esposo —sonreí de manera presuntuosa. —. Así que, adiós.
Alberto hizo una ligera mueca de disgusto, antes de ofrecerle el brazo a la mujer junto a él para así marcharse.
No sabía lo que haría, pero ni loca permitiría que ese joven de apenas veinticuatro años, que solo se dedicaba a andar de fiestas, tomara el control de las empresas en las que tanto esfuerzo había empleado.
¡Claro que no!
