Capítulo 3 03
Y ahí me encontraba de pie frente al espejo de aquella casa de modas, probándome un exuberante vestido de novia, que seguramente me pesaría llevar el día de la boda, el cual, para nada era de mi gusto.
—Es hermoso, pareces una princesa —comentó Celeste, embelesada, mientras enrollaba hebras de su cabello castaño oscuro en su dedo. —. Serás la envidia de todas las novias.
Rodé los ojos, bufando, antes de avanzar hasta una silla cercana para dejarme caer en ella, resoplando fuerte. ¿La envidia de todas las novias? ¿No tenía otra tontería qué decirle a alguien que no se casaba por amor?
—Señorita Stevens, ¿le parece bien el vestido? —cuestionó la modista, entrando en la sala. —. Su madre me ha dado las instrucciones para los ajustes realizados.
—Sí, ella —respondí, viéndola desde mi asiento. —. ¿No pudo elegir algo menos ostentoso? Quisiera uno más fino, sin tanto revuelo, y elegante. No me gustan estas mangas de bombache.
—Su madre lo eligió, yo solo… —la observé con una ceja arqueada, y supo que no iba por un buen camino. —. Puedo modificar la parte superior, quitarle las mangas, y quitar algunas capas para que sea menos voluminoso.
—Gracias por eso. —respondí, suspirando.
Sabía el motivo por el que mi madre había elegido aquel vestido, era extravagante, algo que solo usaría una mujer obsesionada con parecer una princesa el día de su boda, lo que representaría que estaba feliz de casarse. Se suponía que eso debía aparentar frente a los medios de comunicación que asistirían al evento.
—Señorita Stevens —habló Celeste. —. La cita con su madre y Freddy Bonnet es en menos de veinte minutos. —me recordó, tal y como le había pedido.
Asentí con la cabeza y me encaminé al vestidor para quitarme aquel desastre, esperanzada en que la modista pudiera tenerlo listo pronto, y así no tener que casarme llevando algo tan escandaloso.
Celeste y yo nos subimos al auto, y le ordené al chofer volver a la empresa, en donde me encontraría a mamá y a Freddy, quien recién llegaba al país para el gran evento que tendría lugar en menos de tres días.
Algo que me dejaba tranquila, era el hecho de que mi madre había hablado con él, explicándole el motivo para una boda tan apresurada. Y, al parecer, lo había entendido y estaba dispuesto a ayudar. Era un alivio, ya que sentía que habría sido muy extraño estar casada con él, es decir, lo conocía desde que era una niña.
Suerte que entendía que no era más que negocio, y ya luego podríamos dar por terminado todo aquel embrollo.
—Llegas tarde —comentó mi madre, sentada frente a mi escritorio, una vez que crucé la puerta de la oficina.
—Tenía algunos imprevistos —me alcé de hombros. —. ¿Qué hay de nuevo?
—Yo.
Di un ligero respingo al escuchar la voz de Freddy a mis espaldas, y rápidamente me giré para buscarlo con la mirada, localizándolo junto a la puerta, frente al dispensador de agua.
—Señorita, bendito los ojos que te ven —dijo con aquel acento y sonrió, mientras se acercaba a mí. —. Has crecido mucho, ya no eres aquella pequeña castaña que corría en pañales por la casa, volviendo loca a su niñera.
Traté de sonreír, aunque mi gesto no pasó de ser más que una ligera mueca.
—Hola, señor Bonnet.
—¿Señor? Deja las formalidades, si te convertirás en mia moglie —me guiñó un ojo, haciéndome suponer que decía aquello en bromas. Llegó hasta mí y tomó mi mano para besarle el dorso. —. Bella rosa.
—Bien —forcé más mi sonrisa, mientras apartaba mi mano de la suya. —. Gracias por todo esto. —comenté, mientras avanzaba hacia mi escritorio.
No pude evitar observarlo de reojo, mientras me sentaba; si era honesta, Freddy no había envejecido mal, y en sus cincuentas, seguía siendo un hombre apuesto. Llevaba la barba un poco crecida, y el cabello negro, cubriendo su nuca, aunque estaba casi completamente blanco por las canas. Sus facciones eran varoniles, seguramente en sus veinte robaba muchos suspiros. Pero, aun así, no lo consideraba mi tipo.
Observé a mamá, quien tenía un vaso con ron en sus manos, mientras me miraba con una sonrisa ladina. Aquello me daba a entender que todo estaba saliendo tal y como ella había planeado, y en solo unos días, me casaría y tendría el control total de las empresas.
Eso me llenaba, hacía que el hecho de que tendría que estar atada en matrimonio con aquel hombre, por un tiempo, pasara a segundo plano. Sentía deseos de ver la cara de Alberto, al enterarse que nunca ocuparía mi lugar.
—Haremos las capitulaciones y firmaremos un acuerdo prenupcial —dije, mientras rebuscaba un par de papeles en mi escritorio. —. Te aseguro que mis intenciones no son adueñarme de tus…
—Izayana —me interrumpió. Alcé la mirada para verlo, y noté que la expresión en su rostro se había tornado seria, y un tanto fría. —. Tu madre me habló del motivo de esta boda, sí, pero eso no significa que me case contigo por ello.
Lo observé extrañada, mientras me apoyaba en el respaldar de la silla.
—No me casaré contigo para que luego te divorcies de mí, porque sé que esa es tu intención —avanzó hacia el escritorio y se posó junto a la silla de mi madre, quien de igual manera lo observaba extrañada. —. Si nos casamos será un compromiso real, sin acuerdos prenupciales, lo mío será tuyo y lo tuyo será mío.
—Pero, usted dijo que…
—Lo sé, pero he cambiado de opinión. Aparte de lo anterior, como mínimo, debes darme un heredero.
Amplié los ojos con horror, sintiendo como un escalofrío recorría mi cuerpo. Volteé nuevamente hacia mamá, con una expresión interrogante, pero ésta solo se alzó de hombros y bebió un otro sorbo de ron.
—No quiero tener hijos aún. —respondí, con un hilo de voz.
—Pero, como verás, no puedo esperar a que estés lista para eso, tengo cincuenta y seis, no seré fértil toda la vida.
—¡No! —respondí con un poco de histeria, golpeando mis palmas contra la superficie de madera. —. Mamá…
—Teresa, ¿puedes darnos un minuto? —le pidió Freddy, y ella no dudó en ponerse de pie para retirarse.
—Recuerda, hija, es esto o renunciar a tu puesto. —dijo ella, antes de marcharse.
—Mamá, no —gruñí, poniéndome de pie e intentando ir tras ella, pero Freddy me sujetó del brazo para impedirlo, dándome un ligero apretón.
—Deja de esconderte bajo las faldas de tu madre —dijo, un tanto grosero, mientras presionaba un poco más su agarre. Lo observé, desconcertada. —. Sei già una donna.
—Sí, ya soy una mujer —refuté, tirando de mi brazo. —. Y eso no te da derecho a…
—Cásate conmigo, y te prometo que no tendrás problemas con los miembros de la junta. Jamás te pondrán a prueba, y lo que digas en esta empresa se hará. Es un precio pequeño el que pagarás por ese privilegio.
—Mi libertad, y mi capacidad de decidir si quiero tener un hijo o no, ¿eso te parece pequeño?
Él sonrió, y se alzó de hombros.
—Te esperaré en el altar dentro de dos días —dijo, alejándose de mí y caminando hacia la puerta. —. Lo tendrás todo, o no tendrás nada, tú decides. Pero, eso sí, tendrás que ser una verdadera esposa para mí, y cumplir con tus deberes maritales. —me observó de pies a cabeza, y sonrió con picardía, provocándome repulsión. —. Adiós, bella rosa.
