Capítulo 4 04

Casarme o no casarme…

Renunciar a mi libertad…

O, perderlo todo, ante Alberto Stevens.

El solo pensar en todo aquello me provocaba fuertes retorcijones en el estómago. Me encontraba en una encrucijada, estaba atada de manos, y no había vuelta atrás. Por ese motivo, me hallaba nuevamente frente a aquel espejo, viendo con atención los detalles y modificaciones del vestido de novia, a solo un par de horas de la boda.

—¿Le gustan los ajustes? —me preguntó la modista. —. Es elegante y sexi.

—Me gusta que sea de tirantes, pero aún es muy voluminoso —me quejé, viendo el revuelo. —. Pero está bien así, gracias por hacer esto en tan poco tiempo.

Ella sonrió, y asintió con la cabeza.

Volví la mirada hacia el espejo, viendo aquel vestido ajustado hasta la cintura, con escote de corazón y pedrería fina. La falda era larga y voluminosa, parecía una princesa de aquellos cuentos de Hadas que mi niñera solía leerme antes de dormir, pero no me sentía tan dichosa como ella lo narraba.

Tomé una fuerte bocanada de aire y observé los zapatos ubicados a un lado, ya era tiempo de ponérmelos y terminar de alistarme. Me provocaba reír el recordar que papá siempre se quejaba de mi costumbre de usar zapatos de tacón, debido a que era más alta que él, y con los zapatos lo era el doble. Si era honesta, a pesar de todo lo que me estaba haciendo pasar, lo echaba mucho de menos… lo amaba.

—Señorita Stevens —me habló Celeste, quien llevaba un hermoso vestido negro ceñido. —. Hay problemas en la empresa —me comunicó. —. Una emergencia de seguridad en los sistemas de las máquinas.

Amplié los ojos, viéndola con sorpresa. Solo dos personas teníamos acceso al sistema de seguridad, el técnico y yo, ya que había aprendido de eso también, para demostrarle a papá que era muy eficiente.

—¿Llamaste al técnico? —cuestioné.

—No contesta, ese es el problema. La alarma no deja de sonar.

—Bien, bien —la corté, antes de ponerme los zapatos, y caminar hacia la mesa para tomar las flores. —. Haremos una parada antes de ir a la iglesia —le comenté, dejando de manera brusca el ramo en sus manos. —. Vamos.

Para cuando llegamos a la empresa, había mucho escándalo. Algunos corrían de un lado a otro, atormentados por el sonido de las alarmas, y yo solo me preguntaba quien habría sido tan tonto como para tratar de manipular las máquinas sin la presencia del técnico.

Me apresuré a revisar la máquina industrial que justo en ese momento estaba desperdiciando cantidades indescriptibles de hilo para la fabricación de una tela, y al revisar el panel, me di cuenta de que todo aquello parecía haber sido manipulado con dolo. Nada estaba en su lugar.

—¿Qué demonios? —me pregunté, mientras veía las palancas desubicadas. —. ¿Quién haría esto?

—No los sé, pero ya me duele la cabeza —se quejó Celeste, cubriendo sus oídos.

Tomé una fuerte bocanada de aire y comencé a ubicar una a una aquellas mini palancas. La idea de que Alberto tuviera algo que ver en todo aquello no salía de mi cabeza, de ser así, ese idiota se las vería conmigo.

Tuve que auxiliarme de uno de los manuales para hacerlo de forma correcta, y ni bien terminé con aquella, la alarma no dejó de sonar, indicándome que algo más estaba fuera de lugar.

—¡Maldita sea! ¿Dónde está el técnico? —exclamé frustrada, mientras me quitaba el velo y se lo entregaba a Celeste.

Falla múltiple en la maquinaria, ¡el día de mi boda!, no podía ser casualidad. El desplazarme por el lugar con aquel vestido era una pesadilla, los bordes se atoraban en las máquinas y temía romperlo. Estaba por colapsar del estrés, cuando finalmente todo aquel ruido se detuvo.

—Lo logró. —celebró Celeste.

—¿Cuánto falta para la ceremonia? —cuestioné, con la respiración agitada.

—Una hora. —me respondió.

Asentí con la cabeza, la iglesia no estaba tan lejos, quizás llegábamos en cuarenta minutos. Le pedí que me ayudara a arreglarme nuevamente, ya que para estar más cómoda me había quitado incluso los zapatos. Por suerte el maquillaje no estaba arruinado del todo, por lo que ella solo me dio un ligero retoque.

—Listo, tome el ramo —me dijo, una vez que terminó de acomodar el velo en mi moño. —. Vamos, de prisa.

Nada había salido como planeaba, respecto a Freddy. Era más listo de lo que pensaba, pero eso era lógico, no se hacía un imperio siendo una persona mansa; y en ese momento me llevaba de una correa, camino al altar, tal y él como quería.

—¡Ay no!

La voz de celeste me sacó de mis pensamientos. Rápidamente alcé la mirada para verla, aturdida.

—¿Ay no, qué? —inquirí.

—Trafico —me dijo. —. Vea el tráfico que hay, para llegar a la iglesia.

¿Trafico? ¡Solo eso me faltaba!

Me asomé a la ventana del auto, sacando el torso, para así ver más allá, y en efecto, había una larga fila que no avanzaba, y nosotros estábamos atascados.

—¿Cuánto falta? —inquirí, angustiada.

—Menos de veinte minutos.

Solté un gruñido de frustración, mientras entraba nuevamente en el auto. ¿Qué estaba mal? Parecía que el universo entero estuviera confabulando en mi contra, junto a Alberto.

—¿Qué hace? —me preguntó Celeste, al verme tomar el ramo y salir del auto.

—Llegaré a la boda, aunque tenga que ir corriendo hasta la iglesia.

—P-Pero…

No le di la oportunidad de terminar la oración, me sujeté el borde del vestido, y aferré el ramo en mi mano libre, antes de comenzar a correr por la acera. La iglesia no estaba lejos, o eso era lo que me repetía para convencerme a mí misma que mi tortura acabaría pronto.

“Tenía que casarme ese día con un hombre que no amaba.

Tenía que casarme y cumplir la condición de mi padre.

Tenía que casarme y tomar el control de Stevens Textiles”

La iglesia estaba a una cruzada de calle de distancia, podía ver la enorme cruz que se extendía sobre el techo.

Sostuve con más fuerza el ramo, y me aferré al vestido para levantarlo un poco y no tropezar con él. Me apresuré hacia la orilla de aquella calle de doble carril, sin prestarle atención a las señales y comencé a correr para cruzarla, manteniendo los ojos puestos en aquel edificio, cuando de pronto escuché el chirrido que provocaban los neumáticos del auto que intentaba frenar.

No supe el motivo, quizás los nervios, pero me detuve en seco, viendo con ojos amplios como aquel automóvil color verde se acercaba a mí.

Y, sin poder hacer más, solo cerré los ojos, y esperé lo peor.

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