Capítulo 5 05

William Blake

¡El expediente!

De todas las cosas que podía olvidar el día más importante de mi carrera, olvidaba el maldito expediente. Me imaginaba llegando al juzgado y decirle al juez que lo había olvidado, seguramente me convertiría en la burla de todos en aquella sala, un total inepto.

—¿Está nervioso, señor Blake? —me preguntó el archivero, mientras me entregaba aquel portafolio. —. Olvidó esto ayer.

—No son nervios. —bufé, mientras los tomaba.

¡Claro que eran nervios! O de lo contrario no me habría quedado toda la noche en la biblioteca jurídica leyendo antiguas sentencias para garantizar la aplicación de jurisprudencia, en caso de ser necesario. Y fui tan descuidado, que dejé el archivo del caso actual en el lugar.

—Espera Will, tu corbata —dijo, mientras me ayudaba a acomodarla. —. Hoy es el gran día, ¿eh?

—Así es, Fred —le contesté, esbozando una pequeña sonrisa. —. El caso de hoy me cambiará la vida. Solo tengo una oportunidad y deberé aprovecharla.

Frederick se había convertido en un gran amigo, me había visto visitar la biblioteca jurídica desde que era un estudiante, y nunca perdió la esperanza de que algún día lograría sobresalir entre los miles y miles de abogados de la ciudad.

—Bien, me voy. Te invitaré a un trago luego —dije, mientras avanzaba hacia la puerta —. ¿En un bar de strippers?

—Eso no hará feliz a mi esposa, no echaré a la basura cuarenta años de matrimonio solo por ir a ver un par de lindos senos. —respondió, riendo.

—No tendrá que enterarse. —le guiñé un ojo, en un gesto de extrema confianza, mientras me retiraba, sonriendo al oírlo reír a carcajadas.

Tenía todo bajo control, o trataba de convencerme de eso. Pero, al llegar a la autopista, me encontré de golpe con un terrible tráfico.

¡Mi suerte no podía ser peor!

Esperé y esperé a que las filas avanzaran, tocando la bocina como un maniático para bajar el estrés, mientras revisaba el reloj una y otra vez para asegurarme de estar a tiempo. Era una pesadilla cada vez que un minuto avanzaba.

Mi teléfono celular comenzó a sonar, era el pasante designado que me acompañaría ese día. Tal y como suponía, ya se encontraban varias personas en el juzgado, incluyendo mi cliente, y solo me esperaban a mí.

—Dame unos minutos, estoy a unas cuadras de distancia —le informé. —. Oye, dile al cliente que todo estará bien, que llegaré antes de lo que canta un gallo. —comenté, tratando de aligerar un poco el ambiente.

La fila comenzó a avanzar…

—¡Genial! —exclamé. —. Voy en camino, ya voy para allá —comenté, mientras ponía al auto en marcha, pisando el acelerador. —. En unos minutos estaré allá solo voy a…

«¡Carajo!»

Pisé el freno súbitamente, al mismo tiempo en que dejaba caer el celular de mis manos, aferrándome al volante, una vez que divisé a una mujer vestida de novia, atravesando la autopista.

Luché por mantener el control del auto y no descarrilarme, quería frenar a tiempo y no golpear a la mujer que se había quedado ahí de pie a mitad de la calle, pero la fuerza de la gravedad no estaba a mi favor, o al de ella, ya que fue imposible evitar que el parachoques la golpeara, causando que cayera de golpe y quedara inerte en el suelo.

—¡Oh, no! —exclamé, aterrado, mientras me quitaba el cinturón de seguridad para salir del auto.

Varias personas bajaron de sus autos para ir a auxiliar a la novia, todos hablaban al mismo tiempo, gritando, por lo que no era capaz de escuchar ni mis propios pensamientos en aquel tormentoso mar de angustia en el que me ahogaba.

—¿Está muerta? —cuestioné, acercándome.

—No la muevas, ya llamé a una ambulancia. —me dijo una mujer.

—No parece tener un golpe serio —comentó un hombre poniéndose a cuclillas frente a ella. —. Pero hay que esperar a la ambulancia para descartar cualquier cosa.

«¡Maldición! ¿De dónde había salido aquella mujer?» Era todo en lo que podía pensar. ¡Santos cielos! perdería el caso más importante de mi vida.

No podía marcharme, aquellas personas jamás me lo permitirían, aparte de que tenía un deber moral con aquella mujer que había chocado. Estaba atado de manos, por lo que no pude hacer nada más que quedarme a su lado, hasta que la ambulancia llegó, y luego irme con ellos.

Les preguntaba si estaría bien, ya que tampoco era como que quería cargar con una muerte en mi consciencia. Debía aceptar que, de no haber estado en el teléfono, posiblemente la hubiese visto cruzando la calle.

Llegamos al hospital y un doctor se apresuró a atenderla, no despertaba, lo cual me angustiaba mucho. ¿Y si quedaba en coma? Rayos, ¡qué desastre!

Llevaba un vestido de novia, quizás corría a casarse, o huía de su propia boda. ¿Cuál sería el enigma detrás de aquella mujer castaña que en ese momento se encontraba profundamente dormida en una camilla, luego de que los médicos le realizaran varios exámenes para descartar lesiones graves?

Suspiré profundo, permaneciendo sentado en una esquina, tenía el cabello desordenado cayendo por mi frente, la corbata floja, y la camisa con un par de botones abiertos, en un intento de sentirme un poco más cómodo. Había perdido la oportunidad de mi vida, el juez suspendió la audiencia, mi cliente estaba furioso, y me había despedido, sin importar que hubiese sido por fuerza mayor.

Así que, ahí estaba, un par de horas más tarde, ocultándome del resto del mundo en aquella habitación de hospital, haciéndole compañía a una extraña, cuyo tobillo había sufrido un esguince, y tenía varios rayones en sus piernas. No llevaba documentación, así que era un poco complicado saber a quién tenía frente a mí.

—No.

La oí balbucear de pronto, y alcé la mirada para verla. Comenzaba a despertar.

Ella se removió en la cama, incómoda, mientras balbuceaba cosas inentendibles. Me puse de pie con prisa y me acerqué, suponía que estaría aturdida, por lo que quizás le ayudaría ver a alguien cerca y saber que aún se encontraba en este mundo, y no en el más allá.

—Oye, tranquila —dije, inclinándome hacia ella, a una distancia prudente. —. Todo está bien.

—¿Qué pasó? ¿Dónde estoy? —cuestionó, mientras su mirada viajaba en derredor, hasta posarse en mi rostro.

Torcí una pequeña sonrisa, un tanto nerviosa.

—Estás en un hospital. —le respondí.

Ella amplió los ojos, viéndome con desconcierto. Sus labios, un poco carnosos, se fruncieron ligeramente, mientras observaba su cuerpo sobre la camilla; llevaba una bata de hospital, y tenía el tobillo enyesado.

—¿Me atropellaste? —inquirió de pronto. —. ¡Santos cielos! Ahora lo recuerdo, me atropellaste. ¡¿Acaso no podías fijarte?!

Alcé ambas cejas, desconcertado. ¿No podía fijarme?

—Oye, tú te atravesaste en mi camino, apareciste de la nada. No te vi. —respondí en el mismo tono.

—Pero, ¿no tenías los ojos puestos en la calle? ¡Llevaba un exuberante vestido de novia, pudiste haberme visto a leguas! —me riñó.

¿Qué estaba mal con aquella tipa? Era yo quien debía estar furioso, había perdido la oportunidad de triunfar.

—¡Dios mío! —la oí exclamar de pronto. —. Mi vestido de novia… ¡La boda!

Al parecer no huía.

—Santos cielos, ¿qué hora es? —cuestionó, tomando mi mano y acercando su rostro al reloj que llevaba en la muñeca. —. ¡No! No, no. —comenzó a alterarse.

—Oye, calma —le dije, al escuchar su pulso acelerándose en el electrocardiógrafo. —. ¿Quieres que llame a la enfermera? —cuestioné.

—¡No! —gruñó, inclinándose hacia mí y sujetándome de la corbata. —. Lo que debes hacer, es casarte conmigo, ahora.

Bien, seguramente el golpe en su cabeza había sido más serio de lo que creímos.

—Llamaré a un especialista.

—¡Tú lo arruinaste todo! Arruinaste mi vida al no permitirme llegar al altar. —me acusó.

—¿Yo arruiné tu vida? —cuestioné, con un ligero tono de reproche. —. No tienes idea del desastre que causaste en mi vida al cruzar la autopista.

—Seguramente no es más grave que el que causaste al no verme. —bufó.

Esa mujer tenía problemas.

—Oye —se aferró más a mi corbata, y tiró de ella para acercar su rostro al mío, viéndome con una expresión realmente seria, y un tanto intimidante. —. Tienes que casarte conmigo, antes de la medianoche.

—¿Y qué pasará a la medianoche, princesa? —cuestioné. —. ¿Tu carruaje se convertirá en calabaza?

Definitivamente, ella había perdido la cabeza.

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