Capítulo 2 La coreografía del caos

El apartamento de Valentina reflejaba su mente: minimalista, impecable y peligrosamente silencioso. A las diez de la noche, el zumbido del sistema de refrigeración y el golpeteo de sus tacones sobre el mármol eran los únicos signos de vida. Había pedido vino, no para relajarse, sino para sobrevivir a la locura que estaba a punto de organizar.

La puerta se abrió sin aviso. Florencia entró primero, con un caballete portátil bajo el brazo y olor a trementina en la ropa. Isabela apareció detrás, lanzando las llaves sobre la mesa de cristal con la seguridad de quien convierte cualquier entrada en una escena.

—Valentina, querida, espero que esto sea importante —dijo Isabela, dejándose caer en el sofá blanco—. Abandoné a un banquero de inversiones con un Martini a medio beber. Eso, en mi mundo, cuenta como sacrificio.

—Es una emergencia —respondió Valentina, sirviendo una copa y entregándosela—. Y antes de que preguntes: sí, tiene que ver con la fusión. Y sí, probablemente vais a decirme que he perdido la cabeza.

Florencia dejó el caballete junto a la pared y observó a sus hermanas con esa calma que solía anticipar las peores preguntas. —Si esto tiene que ver con Alejandro Valenti, te recuerdo que ya te advertí que contratar a un hombre tan... caótico no iba a mejorar tu estabilidad emocional.

Valentina se tensó. El nombre de Alejandro todavía le dejaba una descarga incómoda en la piel. —No es solo él. Es la reunión de mañana. Si Alejandro impone su visión ante la junta, la estructura de la fusión cambiará por completo. Y si eso ocurre, todo lo que he construido queda en manos de su caos.

—¿Y qué quieres de nosotras? —preguntó Isabela, alzando una ceja—. ¿Una presentación más bonita? Porque vender humo con seguridad es una de mis pocas habilidades certificables.

Valentina caminó hasta el centro de la sala. Había ensayado la frase tres veces, pero aun así le pareció una locura al pronunciarla. —No necesito que me ayudéis con la presentación. Necesito que alguien la presente por mí.

El silencio fue inmediato. Florencia abrió los ojos con alarma; Isabela, en cambio, empezó a sonreír como si acabaran de ofrecerle una copa de champán y un delito menor.

—Valentina... —dijo Florencia, con cautela—. Somos trillizas, sí. Nos parecemos. Pero no hablamos igual, no nos movemos igual y definitivamente no pensamos igual. Si Alejandro se da cuenta, no solo pierdes una reunión. Puedes perder tu carrera.

—No se dará cuenta —dijo Valentina, aunque su seguridad tenía bordes frágiles—. Alejandro cree conocerme, pero solo conoce mi armadura. Mañana, Isabela entrará en esa sala con mi traje, mi peinado y mi perfume. Él esperará una batalla de métricas y recibirá una descarga de carisma. Lo bastante mía para no levantar sospechas. Lo bastante tuya para desarmarlo.

—¿Y yo? —preguntó Florencia, cruzándose de brazos.

—Tú eres la pieza que hará que no parezca una improvisación —dijo Valentina—. Necesito una presentación visual impecable: limpia, elegante, imposible de ignorar. Si Isabela capta la atención, tu trabajo hará que la junta no quiera apartar la mirada.

Isabela se puso en pie y rodeó a Valentina con un abrazo breve, protector. —Esto es una locura, Val. El cambiazo más peligroso desde aquel desastre del colegio con los uniformes. Pero... acepto.

—Espera —intervino Florencia—. Si Isabela va a conquistar el consejo con tu cara, ¿dónde vas a estar tú?

Valentina sonrió, y por una vez la sonrisa no fue fría: fue estratégica. —En la sede central, con los inversores. Mientras Alejandro intenta descifrar a la falsa Valentina, yo cerraré el trato real. Cuando se dé cuenta de que ha estado persiguiendo una sombra, ya será tarde para detenernos.

Esa noche, el apartamento dejó de parecer una vivienda y se convirtió en un centro de mando. Sobre la mesa se acumularon tacones, carpetas, muestras de color y copas de vino a medio beber. Isabela practicaba la postura de Valentina frente al espejo; Florencia ajustaba cada diapositiva con precisión de artista; Valentina, por primera vez, no dirigía cada gesto. Observaba cómo sus hermanas invadían su orden y descubría que el caos, bien orquestado, también podía tener elegancia.

Alejandro Valenti pensaba que ella era un libro cerrado. Mañana leería otra versión: una escrita con la letra de sus hermanas, pero firmada con su propio miedo.

—Recuerda, Isabela —dijo Valentina, revisando los últimos detalles—. No intentes ser yo. Sé tú misma, pero con mi ropa. Si Alejandro intenta provocarte, no respondas con lógica. Respóndele con una sonrisa. Eso lo desarmará más que cualquier presupuesto.

—¿Tan bien sabes cómo desarmarlo? —preguntó Isabela, divertida—. Qué interesante para alguien a quien, supuestamente, solo le preocupa el proyecto.

Valentina se volvió hacia la mesa, ocultando el brillo de sus ojos tras el profesionalismo de siempre. —Sé cómo funciona la gente. Eso es todo.

Pero al quedarse sola, Valentina supo que mentía. Alejandro no era “la gente”. Era una pregunta incómoda, una grieta en su sistema perfecto, el caos que empezaba a parecerse demasiado a una posibilidad. Mañana, sus hermanas moverían las fichas por ella. Y, por primera vez, no estaba segura de querer recuperar el tablero.

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