Capítulo 1 El silencio en la casa de oro
La mansión de la familia Villanueva era inmensa, blanca y muy fría. A sus diecinueve años, Patricia sabía muy bien lo que significaba tener todo el dinero del mundo y, al mismo tiempo, carecer por completo de cariño. Su vida estaba llena de lujos, pero su enorme habitación siempre se sentía vacía. El dinero compraba cosas finas, pero nunca un abrazo sincero en los momentos de soledad.
Aquella tarde, Patricia caminaba por el pasillo principal con su mochila al hombro. De repente, la puerta de la oficina se abrió de golpe y apareció su padre. Guillermo Villanueva era un hombre poderoso que siempre vestía trajes elegantes y cargaba un teléfono en la mano.
—Patricia, qué bueno que te veo —dijo Guillermo, mirando su reloj—. Tengo que salir corriendo al aeropuerto en quince minutos. Hay una junta de negocios muy importante en Nueva York y no puedo llegar tarde de ninguna manera.
Patricia forzó una sonrisa, intentando ocultar la profunda tristeza que sentía en el pecho cada vez que pasaba lo mismo.
—¿Otra vez te vas de viaje, papá? —preguntó ella con voz suave—. Pensé que cenaríamos juntos hoy. Habías prometido que esta semana pasarías más tiempo conmigo en la casa.
—Lo sé, hija, de verdad lo siento —respondió Guillermo, dándole un rápido abrazo—. Pero los negocios no esperan. ¿Necesitas algo antes de que me vaya? ¿Quieres que te deposite más dinero en tu cuenta bancaria? Pide lo que quieras, ropa o un viaje con tus compañeras. Ya sabes que me gusta consentirte en todo lo que me pidas.
—No necesito dinero, papá. Solo quería conversar contigo un rato sobre mis clases —dijo ella, bajando la mirada al suelo.
—Hablamos sin falta cuando regrese la próxima semana, te lo prometo —dijo Guillermo mientras caminaba apurado hacia la gran puerta de entrada, donde su chofer ya lo esperaba con las maletas listas.
Patricia se quedó parada en el gran vestíbulo, observando cómo la puerta principal se cerraba con un golpe seco. El silencio regresó de inmediato a la casa. Sintió el peso de la soledad, un vacío que la acompañaba desde que era una niña pequeña, cuando su madre murió de forma muy extraña. Nadie en la casa quería hablar de esa muerte; Guillermo había guardado todas las fotos en un cajón con llave y prohibió mencionar el nombre de su esposa. Patricia solo recordaba una hermosa voz que le cantaba por las noches.
—Vaya, parece que te volviste a quedar sola en tu castillo —dijo una voz burlona desde lo alto de las escaleras.
Patricia levantó la mirada y sintió que todo el cuerpo se le ponía rígido de inmediato. Era Lidia, su madrastra. Se trataba de una mujer muy joven y ambiciosa.
—No estoy sola. Estoy acostumbrada a estar sin compañía en esta casa —respondió Patricia, intentando mantener la calma.
Lidia bajó las escaleras lentamente, moviendo las caderas con orgullo y mirándola con desprecio.
—Deberías aprovechar el tiempo en lugar de andar perdiendo las horas por ahí —comentó Lidia, acomodándose el cabello—. Tu papá quiere que manejes las empresas conmigo cuando él se tome su descanso. Por eso estás estudiando Procesos Gerenciales en la universidad. Espero que estés sacando buenas notas y no nos hagas perder el tiempo. Los negocios grandes son para gente inteligente, no para niñas consentidas que solo saben gastar.
—Estudio esa carrera porque mi papá me lo pidió para su tranquilidad, no porque me interese tu opinión —contestó Patricia con firmeza. Por dentro, ella detestaba los números y las finanzas. Su verdadero sueño era cantar en los grandes escenarios y sentir los aplausos del público.
Lidia soltó una carcajada fría y se acercó a ella con paso desafiante.
—A mí no me hables de esa manera, muchacha. Recuerda muy bien quién soy ahora en esta casa y el poder que tengo. Más te vale que te concentres en la universidad, porque yo no voy a dejar que destruyas los bienes de tu padre con tus tonterías de artista.
Patricia no quiso seguir discutiendo con ella. Sabía que hablar con Lidia era una pérdida de tiempo y no quería causar problemas que hicieran sufrir a su papá. Dio la vuelta con rapidez, salió de la mansión y se subió a su auto.
Manejó lejos de los barrios ricos de la ciudad, directo hacia un humilde centro comunitario donde cuidaban a ancianos de escasos recursos. Allí nadie sabía que ella era una heredera millonaria; todos la conocían simplemente como una chica buena que llevaba donaciones de comida y ropa, y que siempre les regalaba un rato de alegría.
Al entrar al salón principal, los abuelitos sonrieron llenos de felicidad al verla llegar. Patricia caminó directo hacia el viejo piano que estaba en la esquina del lugar. Se sentó en la banqueta, respiró profundo, cerró los ojos y comenzó a tocar las teclas con suavidad. Cuando empezó a cantar, su hermosa voz llenó cada rincón del humilde salón. Los ancianos cerraron los ojos, felices de escuchar una melodía tan dulce.
Al terminar su canción, una joven vestida con uniforme de enfermera se acercó aplaudiendo con mucho entusiasmo. Era Manuela, su gran amiga en ese lugar, la encargada de cuidar a los abuelitos. Patricia no se llevaba bien con las chicas ricas de su universidad porque le parecían personas muy superficiales e interesadas, pero con Manuela era muy diferente; podían hablar durante largas horas con total sencillez y compartir sus secretos más guardados.
—¡Estuviste increíble, Patricia! Tienes una voz de ángel, te lo juro por mi vida —dijo Manuela con una gran sonrisa, dándole un abrazo sincero que a Patricia le devolvió la vida.
—Muchas gracias. Este lugar es el único donde puedo ser yo misma y olvidarme por completo de todos los problemas que tengo en mi casa —respondió Patricia, sonriendo de verdad por primera vez en todo el día.
—Bueno, pues hoy vas a sonreír todavía más —dijo Manuela, guiñándole un ojo con mucha picardía—. Un muy buen amigo mío viene a buscarme hoy al trabajo y quiero presentártelo. Es un chico genial, muy trabajador y bastante guapo. Estoy segura de que te va a encantar en cuanto lo veas.
Patricia sintió un leve nerviosismo en el estómago al escuchar esas palabras. Ella siempre había sido una chica muy reservada, callada y seria, que no solía llamar la atención de los hombres de su entorno.
—No lo sé —dijo Patricia, sintiendo un poco de pena—. Ya sabes que no soy muy buena hablando con personas desconocidas. Me da mucha vergüenza.
—¡Ay, no seas tan tímida por una vez! Te va a hacer muy bien conocer gente nueva fuera de tu rutina. Mira, justo viene caminando por el pasillo de la entrada.
Patricia volteó la mirada hacia la puerta principal del centro comunitario. Un joven de aspecto sencillo, sonrisa encantadora y mirada muy intensa venía caminando directamente hacia donde estaban ellas. En cuanto el chico fijó sus ojos en Patricia, su expresión cambió por completo, mostrando una mezcla de sorpresa y profunda admiración. Patricia sintió que el corazón le daba un vuelco extraño en el pecho, sin imaginar que detrás de esa sonrisa perfecta y humilde se escondía Orlando, el inicio de una terrible trampa que destruiría su vida.
