Capítulo 2 El anzuelo de la ambición
Orlando cruzó el salón del centro comunitario con pasos lentos. Vestía ropa muy sencilla, pero sus ojos se movían con rapidez, analizando el entorno. Al llegar frente a la enfermera, saludó con amabilidad, aunque su mirada se desvió de inmediato hacia la hermosa muchacha que continuaba sentada frente al piano.
—Hola, Manuela —dijo el recién llegado con voz suave—. Siento la demora, el transporte estuvo terrible.
—Llegas en el momento perfecto —respondió Manuela, tomándolo del brazo con alegría—. Quiero presentarte a mi gran amiga. Ella es Patricia. Y Patricia, él es mi vecino, Orlando.
Orlando dio un paso al frente y extendió su mano, dibujando una sonrisa amplia.
—Mucho gusto, Patricia. Escuché tu voz desde el pasillo exterior y me quedé mudo. Tienes un talento hermoso, cantas como los ángeles.
Patricia sintió que el rostro se le ponía rojo por la vergüenza. Bajó la mirada, acomodó un mechón de su cabello y aceptó el saludo, sintiendo la mano del joven firme y cálida.
—Muchas gracias, de verdad —respondió Patricia con timidez—. Solo me gusta cantar para alegrar un poco el día de los abuelitos. Me hace sentir en paz.
—Pues lo logras por completo —aseguró Orlando sin soltar su mano todavía—. Manuela dice que vienes seguido y que traes mucha ayuda. Eso habla muy bien de ti.
Manuela observó la escena con una sonrisa y decidió darles un poco de espacio para conversar a solas.
—Bueno, muchachos, yo debo ir a la oficina a revisar unos expedientes médicos —interrumpió Manuela—. No me tardo nada. Patricia, por favor no te vayas todavía.
La enfermera se alejó con paso apurado. Un silencio incómodo se formó en el aire, pero Orlando demostró su astucia para romper el hielo.
—¿Te gustaría que salgamos al patio un momento? —preguntó Orlando, señalando una banca de madera bajo un gran árbol—. Hace una tarde fresca y sería lindo platicar.
Patricia dudó un instante. Ella siempre era una joven reservada, pero la amabilidad del muchacho la hizo sentir segura.
—Está bien, vamos —aceptó ella con una sonrisa pequeña.
Mientras caminaban, Orlando la observó de reojo. Aunque ella vestía ropa sencilla para no resaltar, la excelente calidad de las telas y el reloj costoso que llevaba en la muñeca delataban que pertenecía a un mundo de mucha riqueza. Orlando, que deseaba con desesperación salir de la pobreza, comprendió que estaba frente a una mina de oro. Su mente calculadora empezó a trabajar.
—Andas muy pensativo —comentó Patricia al notar que él guardaba silencio.
—Disculpa —sonrió Orlando—. Es que sigo impresionado con tu voz. Y dime, ¿a qué te dedicas cuando no estás aquí? ¿Estudias?
—Sí, voy a la universidad —contestó ella, mirando las flores—. Estudio Procesos Gerenciales.
—Eso suena a algo muy grande —dijo Orlando, fingiendo admiración—. Debes ser muy inteligente. A mí me hubiera encantado estudiar, pero en mi casa las cosas siempre han sido difíciles y me toca trabajar duro para ganarme la vida.
A Patricia le conmovió la honestidad del muchacho. Acostumbrada a los chicos ricos de su entorno que solo sabían presumir, encontró en Orlando a alguien humilde y real.
—En realidad, desearía no estudiar esa carrera —confesó Patricia en un susurro, sintiendo una extraña confianza—. Lo hago únicamente por complacer a mi papá. Guillermo quiere que en el futuro yo maneje las empresas de la familia. Pero mi verdadero sueño es la música. Me encantaría cantar en escenarios reales.
Orlando asintió con la cabeza, mostrando una profunda empatía en sus ojos. Se acercó un poco más a ella en la banca.
—Te entiendo tanto, Patricia. Debe ser muy triste tener que cumplir los deseos de los demás y enterrar tus propios anhelos. Pero déjame decirte algo: nunca dejes de cantar. Tu voz es especial. Si tu familia no apoya ese don, es porque no saben valorar lo que tienen en casa.
Esas palabras tocaron lo más profundo del corazón de Patricia. Nadie en su hogar, ni su padre ausente ni su odiada madrastra Lidia, le había dedicado jamás un elogio tan sincero a su talento. Orlando le estaba entregando la atención y el afecto que tanto extrañaba en su solitaria existencia.
—Muchas gracias. Tus palabras significan un mundo para mí —dijo ella, sonriendo con el alma.
Conversaron durante una hora completa. Orlando se mostró divertido, atento y comprensivo, ganándose por completo la confianza de la ingenua heredera. Sin embargo, por dentro, él solo pensaba en cómo utilizar ese cariño para asegurar su entrada a la vida de lujos que siempre envidió.
Cuando el cielo empezó a oscurecer, Patricia miró su reloj y se levantó asustada de la banca.
—Es muy tarde. Debo regresar ya a mi casa antes de que Lidia emiece a interrogarme —explicó ella, tomando su mochila.
—Te comprendo perfectamente —dijo Orlando, poniéndose de pie con un gesto de tristeza—. Pero no quiero perder el contacto contigo. ¿Me dejarías ir a buscarte mañana a la salida de tu universidad? Solo para platicar un rato y saber cómo estás.
Patricia sintió una gran emoción. Por primera vez en sus diecinueve años, un hombre se interesaba en ella por lo que era y no por su estatus económico.
—Me gustaría mucho. Salgo de mi última clase a las cuatro de la tarde —respondió ella con timidez, dándole los datos exactos del campus.
—Allí estaré puntual, no te voy a fallar de ninguna manera —prometió Orlando con una mirada intensa.
Patricia caminó hacia el estacionamiento. Orlando la siguió de lejos con los ojos y la vio subir a un automóvil último modelo que valía una verdadera fortuna. Al confirmar la inmensa riqueza de Patricia, una sonrisa de codicia se dibujó en su rostro. El plan para atraparla ya estaba en marcha.
Al día siguiente, Patricia salió de la universidad. Caminó hacia la puerta principal del campus y vio a Orlando parado junto a la acera, esperándola con una hermosa rosa roja en las manos. El corazón de Patricia latió con fuerza y aceleró el paso llena de ilusión.
Orlando caminó hacia ella para entregarle el detalle, pero justo en ese instante, una enorme camioneta de lujo de color negro se estacionó frente a ellos de un golpe seco. La ventanilla trasera bajó lentamente, dejando ver el rostro frío y arrogante de Lidia, quien miró al humilde muchacho con un desprecio tan grande que congeló la sonrisa de Patricia por completo.
