Capítulo 3 El choque de dos mundos
La ventanilla de la camioneta bajó. Lidia se quitó los lentes lentamente y observó a Orlando con hostilidad. Luego, miró a Patricia.
—¿Qué haces aquí en la calle, Patricia? —preguntó Lidia—. Súbete de inmediato. Tu padre me pidió que viniera a buscarte para ir a las oficinas centrales.
Patricia sintió un nudo en el estómago. Dio un paso hacia adelante, colocándose entre el vehículo y el muchacho para protegerlo.
—Hola, Lidia —respondió Patricia—. Estaba conversando con un amigo de la fundación. No tienes por qué gritarme de esa manera frente a todo el mundo.
Lidia soltó una carcajada seca y miró con desprecio a Orlando, quien permanecía inmóvil en la acera.
—¿Un amigo? —repitió Lidia—. No me hagas reír. Este joven no pertenece a tu círculo social. ¿Quién eres tú y qué buscas con mi hijastra? Habla rápido, que no tengo tiempo que perder con extraños.
Orlando tragó saliva, dio un paso al frente con timidez y extendió un poco la flor, mostrando modales humildes.
—Mucho gusto, señora —dijo Orlando—. Mi nombre es Orlando. Solo venía a traerle un detalle a Patricia porque ayer me pareció una chica muy buena. No quería causar molestias.
Lidia ni siquiera miró la flor. Hizo un gesto de asco y se acomodó el cuello.
—A mí no me hables así, niñato —sentenció Lidia—. Y guárdate tus flores baratas. Patricia no necesita tus detalles de la calle. Ella es una Villanueva, la heredera de un imperio financiero. Personas como tú solo buscan acercarse a chicas como ella por puro interés. Así que hazme el favor de darte la vuelta y desaparecer si no quieres que llame a la policía por acoso.
—¡Ya basta, Lidia! ¡No te permito que le hables así! —gritó Patricia, perdiendo la paciencia—. Orlando es un hombre trabajador y respetuoso. Tú no tienes derecho a tratar mal a las personas solo porque no tienen el dinero que a ti tanto te deslumbra. Te recuerdo que tú tampoco naciste en una cuna de oro.
El rostro de Lidia se transformó por la rabia. El comentario de Patricia había tocado su punto más débil.
—Súbete al auto ahora mismo, Patricia —ordenó Lidia—. No me hagas repetírtelo. Si tu padre se entera de las juntas que tienes al salir de la universidad, se va a decepcionar mucho de ti. Recuerda que él confía en que madures para entregar el control de los negocios.
Patricia miró a Orlando con los ojos llenos de lágrimas, sintiendo una profunda vergüenza por el comportamiento de su madrastra.
—Lo siento mucho, Orlando —susurró Patricia—. De verdad perdóname por esto. Ella no debió decirte esas cosas tan horribles.
Orlando le dedicó una mirada cargada de ternura, asumiendo el papel de la víctima perfecta para ganarse del todo su corazón.
—No te preocupes por mí, Patricia —respondió Orlando—. Yo entiendo mi lugar en el mundo. Ve con tu familia, no quiero ocasionarte problemas en tu casa. Que tengas una linda tarde.
Orlando dio la vuelta y comenzó a caminar lentamente por la acera, cabizbajo, logrando que Patricia sintiera una inmensa culpa y compasión por él. Con el corazón deshecho, Patricia abrió la puerta de la camioneta y se subió, azotándola con fuerza. El vehículo arrancó de inmediato.
—Eres una ridícula —reclamó Lidia mientras avanzaban—. Te vas a buscar puros problemas por andar de ingenua con esa gentuza de los barrios bajos.
—La única ridícula aquí eres tú, que te crees la dueña del mundo solo por tener una tarjeta de crédito —contestó Patricia—. Deja de meterte en mi vida de una vez por todas.
El viaje transcurrió en un silencio tenso. Al llegar a las oficinas de la empresa Villanueva, Lidia bajó del auto sin esperarla y caminó hacia el elevador. Patricia la siguió a regañadientes, detestando cada segundo que pasaba en ese edificio.
Entraron a la sala de juntas. Lidia se sentó y arrojó un fajo de documentos sobre la mesa.
—Aquí tienes los reportes financieros del último trimestre —dijo Lidia—. Tu padre quiere que los revises detalladamente conmigo hoy. Tienes que aprender a identificar los movimientos de dinero si es que piensas ocupar un puesto importante aquí.
Patricia se sentó y miró las hojas con desgano. En lugar de ver números, su mente regresaba una y otra vez a la imagen de Orlando parado en la calle con la rosa roja. Pensaba en su amabilidad y en lo mucho que odiaba estar encerrada en esa oficina.
Mientras tanto, lejos de allí, Orlando caminaba hacia su vecindario con paso firme. La timidez y la tristeza que había fingido desaparecieron por completo de su rostro, siendo reemplazadas por una sonrisa fría y calculadora. Sacó su teléfono celular y marcó un número de inmediato.
—Hola, Manuela —dijo Orlando en cuanto su vecina contestó—. Oye, acabo de ver a Patricia en la universidad, pero pasó algo muy feo. Llegó su madrastra en una camioneta enorme y me trató de la peor manera. Me humilló horrible por ser pobre.
—¡No puede ser! ¿Lidia hizo eso? —preguntó Manuela, sonando indignada—. Esa mujer es una arpía, Patricia siempre me lo dice. ¿Cómo estás tú?
—Estoy un poco triste, la verdad —fingió Orlando, suspirando—. Me dolió mucho cómo me menospreció. Pero no me importa lo que diga esa señora. A mí me interesa Patricia. Ella es diferente, es una chica maravillosa. ¿Crees que puedas hacerme un favor grande? Necesito que me ayudes a comunicarme con ella. Quiero demostrarle que mis intenciones son reales y que no me voy a rendir tan fácil por las amenazas de su familia.
Al escuchar esto, Manuela, ignorando que estaba cayendo en una trampa armada por su propio vecino, sonrió conmovida por el supuesto romanticismo del joven.
—Claro que sí, cuenta conmigo, Orlando —aseguró Manuela de inmediato—. Yo te voy a dar su número de teléfono celular privado. Ella necesita a alguien bueno en su vida que la escuche y la quiera de verdad. Anota el número.
Orlando buscó un papel en su bolsillo con rapidez, anotó los dígitos que Manuela le dictaba y colgó la llamada. Miró el papel fijamente y una risa llena de malicia escapó de sus labios. La humillación de Lidia, lejos de alejarlo, le había dado el pretexto perfecto para presentarse ante Patricia como un héroe romántico dispuesto a luchar por ella.
Esa misma noche, Patricia se encontraba encerrada en su habitación, llorando de frustración sobre su cama. De pronto, la pantalla de su teléfono celular se iluminó con un mensaje de texto de un número desconocido. Al abrirlo, el corazón le dio un vuelco salvaje al leer las palabras: "Hola, Patricia. Soy Orlando. Mi amor por ti es más fuerte que el orgullo de tu familia. No me importa tu dinero, solo me importas tú. ¿Me darías la oportunidad de verte a escondidas mañana?".
