Capítulo 4 Encuentros clandestinos

Patricia leyó el mensaje en su teléfono celular varias veces. El corazón le palpitaba con fuerza. Las palabras de Orlando eran el único alivio en medio de una noche amarga. Su madrastra la había humillado, su padre seguía lejos en Nueva York y las obligaciones de la empresa la asfixiaban. Encontraba en ese muchacho una luz de esperanza, alguien dispuesto a desafiar a su familia por ella.

Tomó aire y escribió la respuesta con dedos temblorosos. Aceptó verse con él al día siguiente por la tarde, justo después de sus clases universitarias. Acordaron reunirse en un pequeño parque alejado del centro, un lugar discreto donde nadie de su entorno social pudiera reconocerlos ni alertar a Lidia.

La mañana siguiente en la universidad fue eterna para Patricia. No lograba concentrarse en las explicaciones de sus profesores sobre procesos gerenciales y administración. Su mente solo recreaba la voz suave de Orlando y la promesa de un escape de su realidad. En cuanto sonó el timbre que anunciaba el final de la jornada laboral académica, recogió sus pertenencias y salió de prisa, evitando a sus compañeros habituales.

Caminó varias calles hasta llegar al punto de encuentro. Allí estaba Orlando, sentado en una banca de madera. Vestía ropa sencilla y mantenía una postura encorvada, simulando timidez y vulnerabilidad. Al verla llegar, se puso de pie de inmediato y le dedicó una sonrisa llena de ternura fingida.

—Hola, Patricia —dijo Orlando con suavidad—. Tenía miedo de que no vinieras. Pensé que las amenazas de tu madrastra te habrían hecho cambiar de opinión sobre mí.

Patricia se acercó y le tomó las manos con afecto, sintiendo una inmensa necesidad de desahogarse.

—No iba a faltar, Orlando —respondió ella—. Lamento mucho lo que pasaste ayer. Lidia es una persona horrible que solo piensa en el dinero. Me dio mucha vergüenza cómo te trató. Tú no te merecías esos insultos.

Orlando la miró a los ojos, apretando sus manos de manera reconfortante para afianzar su confianza.

—No te preocupes por eso, de verdad —aseguró Orlando—. A mí no me importan sus palabras ni sus desprecios. Entiendo que pertenezco a otro mundo y que para ella soy una amenaza. Lo único que me dolió fue verte sufrir a ti. No quiero ser la causa de tus problemas familiares.

—Tú no eres la causa de nada malo —afirmó Patricia con vehemencia—. Mis problemas existen desde hace mucho tiempo. Mi casa es un lugar frío y vacío. Mi padre nunca está y Lidia solo busca controlarme para quedarse con los negocios. Contigo siento que puedo ser yo misma.

Orlando asintió, asumiendo el papel del confidente perfecto mientras registraba internamente cada debilidad que ella exponía.

—Ayer hablé con Manuela —comentó Orlando, cambiando el tono a uno más desvalido—. Le conté lo sucedido porque me sentía muy mal. Ella fue quien me dio tu número. Espero que no te hayas molestado por eso. Solo quería saber si estabas bien.

—No me molestó para nada —sonrió Patricia—. Me alegró mucho recibir tu mensaje. Manuela es una gran amiga, confío mucho en ella. Sé que nos quiere ver felices.

Mientras conversaban, Orlando comenzó a indagar sutilmente sobre la vida privada de la joven, buscando información valiosa para sus planes futuros.

—Ella me ha contado que te encanta la música —dijo Orlando con curiosidad—. Me dijo que tienes una voz hermosa y que tocas el piano de una manera maravillosa, igual que lo hacía tu madre.

Los ojos de Patricia se iluminaron al escuchar la mención de su verdadera pasión y el recuerdo de su mamá.

—Sí, la música es mi vida entera —confesó ella con emoción—. Es lo único que me conecta con el recuerdo de mi madre. Ella murió cuando yo era muy pequeña en circunstancias extrañas. Mi padre conoció a mi mamá en una fiesta donde ella cantaba. Yo heredé ese amor por el arte, pero mi padre me obliga a estudiar gerencia para que maneje sus empresas. Mi sueño real es cantar en los escenarios, mostrarle al mundo lo que siento.

Orlando escuchaba con atención, procesando la información sobre la muerte de la madre y el control del padre.

—Es una lástima que no te dejen decidir tu propio camino —opinó Orlando, fingiendo indignación—. Tienes el talento y el derecho de buscar tu felicidad. Si yo tuviera tu talento, no dejaría que nadie me encerrara en una oficina llena de números.

—Por eso me escapo al centro de abuelitos —explicó Patricia—. Allí puedo cantar para ellos, darles donaciones y compartir momentos reales. Es el único lugar donde no soy la heredera Villanueva, sino una chica común.

Orlando sonrió de medio lado, ocultando su malicia detrás de una máscara de admiración.

—Eres una mujer increíble, Patricia —expresó él—. Tienes un corazón enorme. Me fascina escucharte hablar de tus sueños. Quiero que sepas que yo te voy a apoyar en todo. No me interesa tu posición económica ni tu apellido. Me interesas tú, tu voz y tus sentimientos.

Patricia sintió que las lágrimas amenazaban con salir, conmovida por las palabras del joven. Nadie en su vida la había escuchado con tanta atención ni validado sus deseos de esa manera.

—Gracias, Orlando —susurró ella—. Significa mucho para mí escuchar eso. Me siento muy sola la mayor parte del tiempo.

—Ya no estás sola —sentenció Orlando, acercándose un poco más—. Ahora me tienes a mí. Nos veremos a escondidas el tiempo que sea necesario. No dejaré que Lidia ni nadie nos separe.

La tarde avanzó entre confidencias y promesas. Patricia le contó detalles sobre los viajes de su padre y la estructura de la empresa, creyendo que compartía su vida con un alma gemela. Orlando anotaba mentalmente cada dato útil. Sabía que tenía que ser paciente para consolidar su engaño.

Al oscurecer, Patricia miró su reloj con preocupación, sabiendo que debía regresar antes de que Lidia notara su ausencia prolongada.

—Debo irme ya —dijo Patricia con pesar—. Si llego tarde, Lidia empezará a investigar y podría descubrirnos.

—Entiendo —asintió Orlando con resignación fingida—. Ve tranquila. Te escribiré esta noche. Cuídate mucho, por favor.

Patricia se despidió de él con un rápido abrazo y caminó hacia la avenida principal para tomar un transporte. Orlando se quedó en el parque, observándola partir. En cuanto ella desapareció de su vista, la expresión de ternura se borró por completo de su rostro, dando paso a una mirada fría y calculadora. Sacó su teléfono celular y sonrió con malicia, sabiendo que la heredera estaba cayendo por completo en su red de mentiras.

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