Capítulo 5 Trampas en la sombra

Al llegar a su casa, Patricia entró en silencio, intentando no hacer ruido para evitar encontrarse con Lidia. Subió directamente a su habitación y cerró la puerta con alivio. Se sentó en la cama y miró su teléfono, esperando el mensaje prometido. No pasaron muchos minutos antes de que la pantalla se encendiera con un texto de Orlando: "Ya extraño tu sonrisa, Patricia. Pensar en ti es lo único que me da fuerzas. Espero que hayas llegado bien".

Patricia sonrió y respondió de inmediato, sintiendo que por fin alguien se preocupaba por su bienestar de manera sincera. Mientras ella se sumergía en esa ilusión, en otra parte de la ciudad, la realidad era completamente distinta.

Orlando se encontraba en un pequeño bar de su vecindario, sentado frente a un hombre de aspecto descuidado llamado Camilo, un viejo conocido con quien solía realizar negocios de dudosa procedencia. Orlando bebía con tranquilidad, mostrando una expresión de seguridad absoluta que distaba mucho de la timidez que le fingía a la joven heredera.

—Te veo muy contento, Orlando —comentó Camilo, sirviéndose un trago—. ¿Ya encontraste un nuevo trabajo o por qué esa sonrisa de millonario?

Orlando soltó una carcajada burlanca y miró a su amigo de reojo, disfrutando del momento de superioridad.

—Algo mucho mejor que un trabajo, Camilo —respondió Orlando en voz baja—. Tengo entre manos el negocio de mi vida. Estoy saliendo con Patricia Villanueva.

Camilo se detuvo a mitad de su trago y abrió los ojos con total asombro. Conocía perfectamente ese apellido, pues los Villanueva salían constantemente en las noticias financieras del país.

—¿La hija de Guillermo Villanueva? —preguntó Camilo incrédulo—. ¿Cómo demonios lograste acercarte a una chica de esa clase social? Esas personas no caminan por nuestras calles.

—Todo es cuestión de estrategia —explicó Orlando con arrogancia—. Ella va a cantar a un centro de abuelitos donde trabaja Manuela, mi vecina. La vi salir un día, investigué quién era y armé el plan. Me presenté como un joven humilde, amante de la música y lleno de carencias. Ayer fui a su universidad a llevarle una rosa y su madrastra llegó a humillarme.

—¿Y eso de qué te sirve? —cuestionó Camilo, confundido—. Si la madrastra te vio, te va a mandar a quitar del camino con sus guardaespaldas.

—Al contrario, la humillación fue perfecta —sonrió Orlando con malicia—. Patricia se sintió tan culpable por el comportamiento de su madrastra que ahora me ve como una víctima desvalida. Hoy nos vimos a escondidas en un parque alejado. Lloró en mis brazos, me contó sus secretos y me confesó que se siente completamente sola en su mansión.

Camilo negó con la cabeza, impresionado por la frialdad de su compañero.

—Eres un demonio, Orlando. ¿Y qué piensas hacer ahora? Esa gente tiene abogados y mucha protección. No te van a dejar entrar a su familia así de fácil.

—No necesito que me dejen entrar todavía —afirmó Orlando con seguridad—. Primero voy a ganarme su confianza absoluta. Ella me está dando información valiosa. Me contó que su padre pasa la mayor parte del tiempo viajando por negocios en el extranjero y que delega todo en la empresa. También me dijo que odia los negocios y que su verdadero sueño es ser cantante. Voy a usar todo eso a mi favor. Seré el único que la apoye en su música. Cuando esté completamente enamorada y dependa emocionalmente de mí, daré el siguiente paso.

—¿Y cuál es ese paso? —indagó Camilo, mostrando interés en el plan.

—Hacer que me entregue dinero, propiedades o acceso a las cuentas de su padre —sentenció Orlando con frialdad—. Ella maneja donaciones y pronto tendrá un puesto gerencial. Es una mina de oro andante y no pienso desaprovecharla. Solo necesito que sigas guardando el secreto y me ayudes si necesito coartadas.

—Cuenta con eso, siempre y cuando haya una buena parte para mí cuando obtengas el botín —acordó Camilo, extendiendo su mano.

—Habrá suficiente para todos si hacemos las cosas bien —concluyó Orlando, sellando el pacto con un apretón de manos.

Al día siguiente, Patricia regresó a la universidad con un mejor semblante. Al terminar las clases, en lugar de ir al parque, decidió ir al centro de abuelitos para cumplir con sus actividades habituales de canto y entrega de insumos. Deseaba ver a su amiga Manuela para agradecerle por haberle facilitado el contacto de Orlando.

Al entrar al centro, encontró a Manuela organizando unos medicamentos en la enfermería. En cuanto la enfermera vio a Patricia, dejó lo que estaba haciendo y se acercó con una sonrisa llena de complicidad.

—¡Patricia! Qué bueno verte —dijo Manuela con entusiasmo—. Cuéntame, por favor. Orlando me llamó ayer muy triste diciendo que tu madrastra lo había tratado horrible, pero me pidió tu número porque quería disculparse contigo. ¿Hablaron?

Patricia asintió, sintiendo un leve rubor en sus mejillas.

—Sí, Manuela, hablamos. De hecho, nos vimos ayer por la tarde —confesó Patricia en un susurro—. Quiero agradecerte por darle mi número. Orlando es un hombre maravilloso. Fue tan comprensivo y caballeroso. Me escuchó como nadie más lo hace.

Manuela sonrió con sincera alegría, creyendo que estaba ayudando a crear una hermosa historia de amor.

—Me alegra mucho escuchar eso, amiga —expresó Manuela—. Orlando es un buen muchacho, muy trabajador y respetuoso aquí en el barrio. Siempre ayuda a los vecinos. Sé que no tiene dinero, pero tiene un gran corazón. Te mereces a alguien que te valore por lo que eres y no por tu apellido.

—Así me hace sentir él —aseguró Patricia—. Siento que con él puedo dejar de fingir. Le conté sobre mi madre y mi deseo de cantar, y me apoyó por completo.

—Me hace muy feliz ver que sonríes de esa manera —concluyó Manuela, abrazándola.

Patricia comenzó su jornada con los abuelitos, cantando sus melodías favoritas en el piano. Sin embargo, su mente no dejaba de conectar cada canción con la figura de Orlando. Estaba cayendo profundamente en una trampa diseñada con precisión, sin imaginar que su amiga Manuela también estaba siendo utilizada como una pieza clave en el tablero de ajedrez que Orlando manejaba desde las sombras.

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