Capítulo 1 1
―Si sigues moviéndote, lady Oriana, terminaré clavándole una aguja en el pecho.
Miré a la mujer arrodillada frente a mí.
Después miré la aguja.
Después el vestido negro que estaba ajustando sobre mi cuerpo.
―¿Para qué es esto?
La costurera levantó la vista, confundida.
―Para su ejecución, mi lady.
Me desmayé.
No de forma elegante.
No hubo mano sobre la frente ni suspiro delicado. Caí de espaldas contra un biombo, arrastré una bandeja con carretes y desperté con tres criadas gritándome encima.
Eso fue lo primero que hice después de morir.
Lo segundo fue tocarme la cara.
Pómulos afilados. Nariz recta. Labios demasiado perfectos. Cabello largo, negro, cayéndome por la espalda.
Conocía ese rostro.
Lo había descrito treinta y siete veces.
Oriana Veyl.
La mujer que yo había creado para ser hermosa, cruel y convenientemente detestable.
También la mujer a la que había condenado a perder la cabeza.
―Espejo ―pedí.
Una criada se quedó inmóvil.
―Mi lady...
―Un espejo. Ahora.
Me lo entregó temblando.
La mujer reflejada era exactamente como la había imaginado durante tres años, salvo por un detalle importante: ahora estaba respirando con mi pánico.
Me llamaba Nadia Soler.
Tenía veintinueve años.
La última cosa que recordaba era quedarme dormida sobre mi computadora después de corregir por quinta vez el capítulo cuarenta y dos de una novela que ninguna editorial había querido comprar.
Y ahora estaba dentro de ella.
Fantástico.
Ni siquiera conseguía publicar un libro y ya había logrado morir dentro de uno.
―¿Qué día es hoy?
Las criadas intercambiaron miradas.
―Diecisiete del mes de Ceniza.
Mi estómago cayó más rápido que yo.
Treinta y siete días.
Eso era todo lo que le quedaba a Oriana antes de subir al cadalso acusada de traición.
Me levanté tan deprisa que la habitación giró.
―Fuera.
―Pero el vestido...
―Si voy a morir, al menos quiero hacerlo sin alfileres en las costillas.
La costurera abrió la boca.
―Fuera.
Cinco mujeres desaparecieron como si acabara de amenazarlas con convertirlas en cortinas.
Cerré la puerta y corrí hacia el escritorio.
Todo estaba allí.
El palacio de los Veyl. Las cortinas color vino. El enorme retrato del padre de Oriana observando a todo el mundo con expresión de estreñimiento aristocrático.
Abrí cajones.
Cartas.
Joyas.
Facturas.
Una daga.
―Claro que tienes una daga.
La dejé inmediatamente.
Yo había escrito a Oriana como una mujer impulsiva, arrogante y obsesionada con el príncipe Darien. Había chantajeado a dos nobles, humillado a la heroína durante un baile y participado en una conspiración para asesinar al emperador.
Nada especialmente saludable.
Pero aquello todavía no había ocurrido.
Podía cambiarlo.
No acercarme a Darien.
No tocar a Selene.
No conspirar.
No asesinar a nadie.
Parecía un plan razonable.
Entonces alguien golpeó la puerta.
―Lady Oriana. El carruaje imperial ha llegado.
Me quedé quieta.
Eso no estaba en el capítulo uno.
―¿Qué carruaje?
―El del emperador.
Sentí que mi cerebro pedía permiso para desmayarse otra vez.
―¿Por qué?
La criada tragó saliva.
―Su Majestad ordenó que se presente inmediatamente en palacio.
No.
No, no, no.
Aren Drazan todavía no debía interesarse por Oriana.
Yo misma había escrito que apenas cruzaban tres frases antes del atentado.
El emperador era el tipo de hombre al que una persona sensata evitaba incluso en una historia ficticia. Alto, calculador, brutal cuando alguien intentaba desafiarlo y demasiado guapo porque, evidentemente, yo había tomado decisiones cuestionables a las tres de la mañana.
Veinte minutos después estaba dentro del carruaje.
Consideré saltar por la puerta.
La velocidad me convenció de seguir viva.
Cuando llegamos al palacio imperial, dos guardias me escoltaron por corredores que conocía demasiado bien.
Mi imaginación había diseñado cada arco, cada vitral, cada columna.
Verlos de verdad resultaba perturbador.
También significaba que conocía un pasadizo secreto detrás de la biblioteca.
Dato útil para futuras huidas.
Las puertas del salón privado se abrieron.
Y allí estaba él.
Aren.
De pie junto a una ventana, vestido de negro, con una camisa abierta apenas lo suficiente para mostrar la línea de su clavícula.
Mi cerebro, traidor, decidió apreciar detalles.
Era peor de cerca.
No porque fuera monstruoso.
Porque era demasiado atractivo para un hombre al que yo había asesinado en el capítulo treinta.
Cabello oscuro. Hombros anchos. Una cicatriz fina cruzándole una ceja. Manos grandes apoyadas sobre el respaldo de una silla.
Esas manos habían estrangulado a un asesino en mi manuscrito.
Mi imaginación eligió recordar eso después de fijarse en sus dedos.
Perfecto.
Aren giró hacia mí.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo.
Despacio.
Demasiado despacio.
El vestido que llevaba Oriana era rojo y tenía un escote que probablemente necesitaba permiso administrativo.
Mi piel se calentó.
El emperador levantó una ceja.
―Lady Oriana.
―Majestad.
Hice una reverencia.
Casi me fui de cabeza.
Él extendió una mano y me sujetó por la cintura.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Su palma quedó firme contra mi costado.
Mi pecho chocó con el suyo.
Alcé la mirada.
Error.
Aren estaba tan cerca que podía sentir su respiración rozándome la boca.
―Qué entusiasmo ―murmuró.
―El suelo me atacó.
Una pausa.
Sus labios se movieron apenas.
―¿El suelo?
―Tiene intenciones sospechosas.
Por alguna razón, el emperador pareció contener una sonrisa.
Me soltó lentamente.
Yo retrocedí antes de que mi cuerpo decidiera hacer algo vergonzoso, como disfrutar que me tocara el hombre cuya muerte había escrito.
Aren caminó hasta una mesa.
Sobre ella había una carta.
La reconocí.
No porque la hubiera visto antes.
Porque recordaba exactamente su contenido.
Era la primera prueba contra Oriana.
Una carta falsificada que la vinculaba con nobles que conspiraban contra la corona.
No debía aparecer hasta dentro de dieciocho días.
Se me secó la boca.
Aren tomó el documento.
―Me gustaría preguntarle algo.
―Preferiría que no.
Sus ojos volvieron a mí.
―Eso no ha sonado como una petición inocente.
―Nunca he sido especialmente buena sonando inocente.
Eso era verdad tanto para Nadia como para Oriana.
Aren avanzó.
Un paso.
Luego otro.
Yo no retrocedí.
Principalmente porque tenía una mesa detrás.
Él se detuvo frente a mí.
Demasiado cerca otra vez.
―Anoche interceptaron este mensaje.
Dejó la carta junto a mi mano.
Vi el sello de la casa Veyl.
Falso.
Conocía al verdadero culpable.
También sabía que revelar demasiado sería todavía peor.
―No la escribí.
―No he dicho que lo hiciera.
Maldición.
Aren inclinó ligeramente la cabeza.
―Está nerviosa.
―Estoy frente a un emperador que tiene fama de cortar cabezas.
―Solo cuando me aburren.
―Eso no ayuda.
Esta vez sí sonrió.
Fue breve.
Peligroso.
Y absurdamente atractivo.
Después apoyó una mano sobre la mesa, atrapándome entre su cuerpo y la madera sin llegar a tocarme.
―Entonces procure entretenerme.
Mi pulso se disparó.
No era una escena que yo hubiera escrito.
Nada de aquello debía estar ocurriendo.
―¿Por qué me mandó llamar?
La sonrisa desapareció.
Aren deslizó la carta hacia mí.
―Porque el mensaje anuncia mi muerte.
Sentí frío.
Él acercó la boca a mi oído.
―Y está firmado con su nombre, lady Oriana.
Tragué saliva.
―Es falso.
―Espero que pueda demostrarlo.
Giré la cabeza.
Nuestros rostros quedaron separados por centímetros.
―¿Qué ocurrirá si no puedo?
Aren sostuvo mi mirada.
Mi corazón golpeó fuerte. De repente, treinta y siete días parecían un lujo absurdo.
―Entonces adelantaré su ejecución treinta y siete días.
