Capítulo 2 2

—¿Treinta y siete días? —repetí.

Aren no pestañeó.

Eso fue lo peor.

No parecía un hombre que acabara de anunciar mi ejecución. Parecía alguien comentando que quizá llovería después del almuerzo.

—Treinta y siete —confirmó—. Curioso que conociera la cifra exacta.

Perfecto.

Había cometido mi primer error grave antes de terminar mi primera hora frente al emperador.

Me obligué a respirar.

—La ciudad entera conoce la fecha de mi juicio.

Mentira.

La ciudad sabía que Oriana estaba siendo investigada, pero la sentencia todavía no era pública.

Aren apoyó dos dedos sobre la carta.

—No he mencionado ningún juicio.

Lo odié un poco.

También odié que siguiera siendo insoportablemente atractivo mientras me destrozaba las excusas.

—Entonces considérelo intuición femenina.

—Considero la intuición una palabra elegante para esconder información.

—Y yo considero las amenazas una manera bastante mediocre de conversar.

Sus cejas subieron.

Durante un segundo creí que acababa de firmar mi certificado de defunción con una frase insolente.

Después Aren soltó una risa breve.

No una carcajada. Apenas un sonido bajo, sorprendido.

Eso tampoco estaba en mi libro.

Yo había escrito que Aren Drazan no reía desde la muerte de su madre.

Por supuesto, también había escrito que Oriana disfrutaba humillando doncellas, y hasta el momento lo único que yo quería humillar era al destino.

—Siéntese —ordenó.

—¿Es una petición?

—No.

—Lo sospechaba.

Tomé asiento.

Aren permaneció de pie.

Odiaba cuando alguien interrogaba desde arriba. Era una ventaja psicológica evidente.

Lo sabía porque yo se la había dado.

Maldita fuera mi documentación excesiva.

—¿Reconoce el sello? —preguntó.

—Sí.

—¿La letra?

Miré la carta otra vez.

La caligrafía imitaba la de Oriana con bastante precisión.

Yo sabía quién la había falsificado.

Lord Cassian Rhor.

Un noble secundario que en la novela original trabajaba para Darien y terminaba muerto antes de que alguien pudiera interrogarlo.

Decir su nombre ahora sería admitir que sabía cosas imposibles.

—Se parece a la mía.

—Mucho.

—Eso suele pasar cuando alguien intenta incriminarte.

Aren rodeó la mesa.

Lo seguí con la vista.

No debería haberlo hecho.

El hombre caminaba como si el suelo perteneciera a su familia desde hacía siglos, lo cual, técnicamente, era cierto.

Se detuvo detrás de mí.

No podía verlo.

Eso me puso más nerviosa que tenerlo delante.

—¿Quién querría incriminarla?

—Tengo una personalidad encantadora. La lista podría ser extensa.

Su mano apareció junto a mi hombro y tomó un mechón de mi cabello.

Me quedé inmóvil.

Aren lo deslizó entre sus dedos.

—La Oriana que conozco no bromea cuando tiene miedo.

Mi espalda se tensó.

—Quizá no me conoce tanto.

—Quizá.

Su voz estaba demasiado cerca.

Sentí su respiración junto a mi cuello.

Mi cuerpo, traidor profesional, decidió erizarse.

Aren lo notó.

Naturalmente.

—Está temblando.

—Tiene una espada.

—No la estoy tocando.

Miré su mano todavía en mi cabello.

—Tenemos definiciones diferentes de tocar.

La soltó.

—¿Le molesta?

La pregunta me sorprendió.

El Aren que había escrito jamás habría pedido permiso.

Giré lentamente.

Él estaba inclinado sobre el respaldo de mi silla, sus brazos a ambos lados.

Atrapada.

No físicamente.

Peor.

Voluntariamente.

—No —respondí.

Sus ojos bajaron a mi boca.

Solo un segundo.

Suficiente.

—Eso complica las cosas —murmuró.

—¿Qué cosa?

—Mi interrogatorio.

Se enderezó.

Yo necesitaba agua. O aire. O una bofetada administrada por alguien sensato.

Aren regresó frente a mí y lanzó otro papel sobre la mesa.

—Esto llegó junto con la carta.

Era una lista de nombres.

Reconocí cuatro.

Tres morirían.

Uno se convertiría en traidor.

Y uno era el hombre que yo había escrito como héroe.

Darien.

Mi estómago se cerró.

Darien no debía aparecer en aquella lista. En mi versión, él pasaba esas semanas cortejando a Selene mientras fingía preocuparse por la estabilidad del imperio. Su conflicto con Aren comenzaba mucho después. Al menos, eso era lo que yo había escrito.

Miré nuevamente los nombres.

Si alguien había adelantado la conspiración, mis recuerdos ya no eran un mapa fiable. Eran notas viejas sobre un lugar que estaba cambiando mientras yo caminaba por él.

Una idea desagradable me atravesó.

Tal vez conocer la novela no me daba ventaja.

Tal vez solo me permitía saber cuánto podían empeorar las cosas antes de que alguien muriera.

Aren observaba cada reacción.

—Conoce esos nombres.

No era una pregunta.

—Algunos.

—Mi hermano está entre ellos.

—Sé leer.

—También sabe mentir.

—No especialmente bien, por lo visto.

Su boca volvió a curvarse.

Esto era absurdo.

Mi ejecución pendía sobre mi cabeza y yo estaba coqueteando accidentalmente con el hombre que debía morir por culpa de mi imaginación.

Necesitaba concentrarme.

—Majestad, si yo hubiera planeado asesinarlo, ¿cree realmente que habría firmado la amenaza con mi nombre?

—La gente arrogante comete errores.

—Entonces usted debería estar preocupado.

Silencio.

Bien.

Eso quizá había sido demasiado.

Aren se inclinó sobre la mesa.

—Explíquese.

—Su reputación dice que no confía en nadie, que anticipa cada traición y que siempre está dos movimientos por delante. Si alguien quisiera matarlo, sabría que una amenaza tan obvia llamaría su atención. Esto no intenta convencerlo de que soy culpable. Intenta conseguir que me mire a mí mientras otra persona hace algo diferente.

Aren dejó de sonreír.

Ahí estaba.

El emperador.

La mirada fría que yo había descrito tantas veces.

—¿Qué cosa?

No podía responder.

El atentado de la copa ocurría durante la celebración del equinoccio.

Dentro de seis días.

Todavía tenía tiempo.

—No lo sé.

—Miente otra vez.

—Supone otra vez.

Aren apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Tiene una oportunidad, Oriana.

—Qué generoso.

—Dígame lo que sabe.

—¿Y después?

—Decidiré si conserva la cabeza.

—La oferta necesita trabajo.

Él se acercó.

Yo no retrocedí.

No podía permitir que entendiera cuánto miedo tenía.

—¿Qué quiere?

La respuesta sensata era libertad.

La respuesta desesperada era volver a casa.

La respuesta posible era tiempo.

—Siete días.

Aren frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Para demostrar que esa carta es falsa.

—¿Y si fracasa?

Miré la lista.

Luego a él.

—No fracasaré.

—Eso ha sonado peligrosamente seguro.

Sí.

Porque sabía que en seis días alguien intentaría envenenarlo.

Y si conseguía detenerlo sin revelar demasiado, quizá podía convencerlo de mi inocencia.

Quizá también podía cambiar la historia.

Aren tomó mi barbilla entre dos dedos.

El contacto me sorprendió tanto que olvidé respirar.

Me obligó a levantar el rostro.

No fue brusco.

Eso lo hizo peor.

—Siete días —dijo—. Permanecerá en palacio. No saldrá sin mi permiso. No hablará con nadie de esta carta.

—¿Soy una invitada?

—No.

—¿Prisionera?

Sus ojos descendieron otra vez hasta mis labios.

—Todavía no he decidido qué es usted.

Mi pulso volvió a traicionarme.

—Tiene una forma extraña de hospedar gente.

—Y usted una forma extraña de reaccionar ante amenazas de muerte.

Soltó mi barbilla.

Yo me levanté.

—Entonces tenemos siete días para conocernos.

Aren sonrió lentamente.

Ese gesto me preocupó mucho más que su espada.

—No, lady Oriana. Usted tiene siete días para convencerme de que no intenta matarme.

Me dirigí hacia la puerta.

La voz de Aren me detuvo.

—Y antes de que se marche, hay algo más.

Giré.

Él levantó la lista.

—El príncipe Darien viene hacia aquí.

Sentí que la sangre abandonaba mi cara.

Aren inclinó la cabeza.

—Y acaba de pedir verme porque asegura que usted y él están enamorados.

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