Capítulo 3 3

—Dile a mi hermano que entre —ordenó Aren—. Quiero escuchar cuánto me ama mi futura asesina.

Lo miré.

—Tiene un talento especial para arruinar cualquier conversación.

—Y usted para volverla interesante.

La puerta se abrió antes de que pudiera responder.

Darien Drazan entró con la seguridad irritante de quien había nacido convencido de que todos los salones estaban esperando su llegada.

Lo reconocí de inmediato.

Cabello dorado, ojos verdes, sonrisa impecable.

Yo había pasado meses construyéndolo para que fuera irresistible.

Qué vergüenza.

De cerca parecía el anuncio de perfume de un hombre que probablemente no devolvía libros prestados.

—Oriana.

Cruzó el salón y tomó mis manos.

Yo me quedé rígida.

Aren no dijo nada.

Eso era peor.

Darien me recorrió el rostro con preocupación.

—Me dijeron que te trajeron aquí. ¿Te ha hecho daño?

Miré nuestras manos entrelazadas.

Luego a Aren.

Su expresión seguía tranquila.

Demasiado tranquila.

—Todavía conserva todos los dedos —dijo el emperador—. He sido extraordinariamente considerado.

—No estaba hablando contigo.

—Estás en mi salón.

Darien apretó mi mano.

—Vámonos.

Casi me reí.

No porque fuera gracioso.

Porque mi cerebro acababa de recordar que, en mi novela, Darien y Oriana apenas habían intercambiado conversaciones tensas antes de que él se enamorara de Selene.

No existía ninguna relación secreta.

Ningún “vámonos”.

Ninguna forma de sostenerme como si tuviera derecho.

Retiré mis manos.

Darien frunció el ceño.

—Oriana.

—Necesito hablar con el emperador.

—¿A solas?

—Sí.

La palabra salió demasiado rápido.

Aren levantó una ceja.

Darien miró de mí a su hermano.

—¿Desde cuándo prefieres estar a solas con él?

Excelente pregunta.

Yo también quería la respuesta.

—Desde que amenaza con cortarme la cabeza y necesito convencerlo de que no lo haga.

Darien se volvió hacia Aren.

—¿Qué has hecho?

—Interrogar a una sospechosa.

—Ella no es una sospechosa.

—La carta está firmada con su nombre.

Darien perdió color.

Solo un instante.

Pero lo vi.

Y Aren también.

Eso cambió la habitación.

—¿Qué carta? —preguntó Darien.

Aren sonrió sin humor.

—Interesante.

—¿Qué?

—No he dicho qué contiene.

Darien soltó una maldición.

Yo deseé convertirme en cortina.

O alfombra.

Cualquier objeto incapaz de quedar atrapado entre dos hermanos peligrosos.

—Basta —dije—. Si van a medirse el ego, al menos avisen para pedir vino.

Darien me miró como si acabara de hablar en otro idioma.

Aren, en cambio, volvió a contener una sonrisa.

Ese detalle me inquietó más de lo razonable.

Darien se acercó.

—¿Qué te ocurre?

—Nada.

—No eres tú.

Mi corazón dio un golpe desagradable.

Aren dejó de sonreír.

—Explícate —ordenó.

Darien ignoró a su hermano y me observó fijamente.

—Hace tres noches querías que huyéramos juntos.

Se me secó la garganta.

Eso tampoco existía.

—Estaba alterada.

—Me dijiste que estabas dispuesta a abandonar tu apellido.

—He tenido semanas difíciles.

—Me besaste.

Aren se movió.

Solo un paso.

Suficiente para que yo lo notara.

Darien también.

—¿Eso es relevante para mi investigación? —preguntó Aren.

—No.

—Entonces deja de anunciar tus conquistas en mi salón.

Darien soltó mis manos finalmente.

—Ella me ama.

—Sus condolencias —murmuré.

Ambos me miraron.

Me encogí de hombros.

—¿Qué? La situación necesitaba aire.

Darien no se rio.

Aren sí.

Fue una risa baja y breve que me recorrió la espalda de manera inconveniente.

Mal momento para descubrir que el sonido me gustaba.

Darien tomó mi brazo.

—Ven conmigo.

Aren miró su mano.

—Suéltala.

La temperatura de la sala cayó.

Darien endureció la mandíbula.

—No te pertenece.

—Tampoco a ti.

Yo estaba a punto de señalar que, maravillosamente, me pertenecía a mí misma, cuando Darien tiró suavemente de mi brazo.

Aren reaccionó antes.

Su mano rodeó mi cintura y me apartó.

Mi espalda chocó contra su pecho.

El contacto me dejó sin palabras.

Una rareza histórica.

Su brazo quedó firme alrededor de mí.

El calor atravesó la tela del vestido.

Me odié un poco por notar que olía a cuero y cedro.

También me odié por haber decidido personalmente ese aroma cuando escribía escenas sobre él.

—Majestad —dije.

—¿Sí?

Su boca estaba demasiado cerca de mi oído.

—Puede soltarme.

—Podría.

No lo hizo.

Darien nos observaba.

Algo oscuro cruzó su rostro.

No era dolor romántico.

Era posesión herida.

Eso me gustó todavía menos.

—Oriana, dime que esto no es lo que parece.

—No sé qué parece.

—Que estás jugando conmigo.

Me aparté de Aren.

Esta vez me dejó ir.

—No estoy jugando con nadie.

—Hace tres noches dijiste que me amabas.

—Y hoy estoy acusada de intentar matar a tu hermano. Mis prioridades han cambiado.

Darien se acercó hasta quedar frente a mí.

—Mírame y dime que no sientes nada.

Era una escena perfecta.

Yo misma habría escrito algo así.

Pero ahora podía ver los pequeños defectos que nunca aparecían sobre la página.

La presión de su mandíbula.

La irritación cuando no respondía como esperaba.

El modo en que sus dedos se cerraban cada vez que Aren hablaba.

No parecía un hombre enamorado.

Parecía un hombre perdiendo algo que consideraba suyo.

—No voy a decirte lo que quieres escuchar.

Sus ojos se endurecieron.

—Entonces alguien te está manipulando.

—Qué conveniente.

—Oriana...

—Déjala —dijo Aren.

Darien giró hacia él.

—Siempre la despreciaste.

Aren apoyó una cadera contra la mesa.

—Eso no significa que vaya a permitir que la arrastres fuera de aquí.

—¿Ahora la proteges?

—Ahora la investigo.

—Tocándola.

Silencio.

Sentí calor subir por mi cuello.

Aren volvió los ojos hacia mí.

Lento.

Intencionado.

—No pareció molestarle.

Quise asesinarlo.

Ironías del destino.

—Mi opinión sigue presente en la sala —protesté.

—La escucho con atención —respondió Aren.

Darien soltó una risa amarga.

—Esto es absurdo.

—Por fin coincidimos —dije.

Él me miró fijamente.

—Hablaré contigo esta noche.

—No.

—Oriana.

—He dicho que no.

Por primera vez desde que entró, Darien pareció realmente sorprendido.

Después miró a Aren.

Comprendí demasiado tarde que acababa de elegir públicamente quedarme.

Con el emperador.

Con el hombre que debía morir.

Darien retrocedió.

—Te arrepentirás.

—Añádelo a mi agenda.

Se dirigió hacia la puerta.

Antes de salir, se volvió.

—Cuando recuerdes lo que prometiste, sabrás dónde encontrarme.

La puerta se cerró.

Solté el aire.

—Bueno.

Aren seguía mirándome.

—¿Bueno?

—Definitivamente necesito vino.

Se acercó.

Yo permanecí quieta.

Mi cuerpo recordó demasiado bien la presión de su brazo alrededor de mi cintura. Era ridículo sentir aquella corriente incómoda mientras él reunía pruebas de que yo no era quien decía ser. Si hubiera seguido siendo una autora frente a una pantalla, habría disfrutado escribiendo esa escena. Desde dentro, con Aren observándome como si pudiera abrirme en dos con una pregunta, resultaba bastante menos divertida. Y, para mi desgracia, mucho más excitante de experimentar.

—Hay algo que no entiendo.

—La lista es larga.

—Mi hermano parece convencido de que usted lo ama.

—Mi hermano no es.

—Afortunadamente.

Quedó frente a mí.

Esta vez no había burla en su expresión.

—Hace tres días quería huir con él. Hoy lo rechaza. Hace una semana insultó públicamente a lady Selene. Esta mañana pidió disculpas a una criada por derramar té.

Mi estómago se contrajo.

Aren levantó una mano.

Rozó con el pulgar la esquina de mi boca.

El gesto fue suave.

Demasiado íntimo.

—Dígame una cosa, Oriana.

Tragué saliva.

—¿Qué?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Quién demonios es usted?

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