Capítulo 4 4

—¿Quién demonios es usted?

La pregunta me atravesó con más precisión que cualquier espada.

Aren seguía frente a mí, con el pulgar todavía cerca de mi boca y esa mirada suya que parecía considerar la posibilidad de desmontarme pieza por pieza.

Yo tenía tres opciones.

Decir la verdad.

Mentir.

O lanzarme por la ventana.

Miré hacia el ventanal.

Tercer piso.

Mentir parecía más saludable.

—Soy Oriana Veyl.

—No.

—Qué rápido ha decidido.

—La Oriana que conozco habría abofeteado a mi hermano por contradecirla. Usted lo rechazó.

—Quizá he madurado.

—En tres días.

—Soy eficiente.

Su boca se curvó apenas.

Aquello empezaba a irritarme.

No porque sonriera.

Porque me gustaba demasiado cuando lo hacía.

Aren retiró la mano y caminó alrededor de mí.

—También ha dejado de insultar a los sirvientes.

—Eso debería celebrarlo.

—Ha renunciado a dos invitaciones.

—Me cansé de la gente.

—Y parece sorprendida cada vez que alguien menciona algo de su propia vida.

Maldición.

—He estado enferma.

—No hay informes médicos.

—¿También revisa mis resfriados?

—Reviso todo lo que puede matarme.

—Qué romántico.

Se detuvo detrás de mí.

—No estaba intentando serlo.

—Menos mal.

Sentí sus dedos apartar mi cabello del hombro.

Esta vez no era un gesto coqueto.

Buscaba algo.

Una marca.

Una herida.

Quizá pruebas de que alguien me había reemplazado físicamente.

Mi piel reaccionó igualmente.

Traicionera.

—¿Qué hace?

—Comprobando una teoría.

—¿Incluye desnudarme? Porque agradecería conocer el protocolo antes.

Su mano se quedó quieta.

—¿Está ofreciéndose?

Giré tan rápido que casi choqué contra él.

—No.

—Parecía una posibilidad.

—Su ego necesita supervisión.

—Y usted necesita aprender a no provocar a un hombre que investiga si intenta asesinarlo.

Quedamos demasiado cerca.

Aren bajó la mirada a mi escote.

No fingió no hacerlo.

Yo tampoco fingí no notarlo.

—Mis ojos están arriba.

—Lo sé.

—Podría mirarlos.

—También podría mentir y decir que no estaba mirando.

Sentí calor subir por mi pecho.

Insoportable.

—Definitivamente lo escribí demasiado seguro de sí mismo —murmuré.

Aren frunció el ceño.

—¿Qué dijo?

Cerré los ojos un segundo.

Excelente, Nadia.

El próximo paso sería entregarle una copia del manuscrito con notas adhesivas.

—Dije que es demasiado seguro de sí mismo.

—No fue eso.

—Tiene problemas de audición.

—Tengo una memoria excelente.

Me alejé.

Necesitaba espacio y, preferiblemente, otra personalidad.

Aren tomó la carta falsa y la guardó en el interior de su chaqueta.

—Hasta que descubra qué ocurre, permanecerá en palacio.

—Ya acordamos siete días.

—Ahora serán siete días bajo vigilancia directa.

—¿Qué significa directa?

Su expresión respondió antes que él.

—No.

—Todavía no he hablado.

—Conozco esa cara. Yo la inventé.

Silencio.

Quise arrancarme la lengua.

Aren avanzó.

—Repítalo.

—Dije que conozco esa cara.

—No.

Retrocedí.

Él siguió avanzando.

—Ha dicho que la inventó.

Mi espalda chocó contra la pared.

Perfecto.

El universo tenía una obsesión desagradable con colocarme contra superficies cuando Aren estaba cerca.

Él apoyó una mano junto a mi cabeza.

—¿Qué significa?

—Una expresión.

—No conozco esa expresión.

—Porque es nueva.

—Conveniente.

—Soy una mujer innovadora.

Aren acercó el rostro.

—O una mentirosa terrible.

—También.

Nos quedamos mirándonos.

Yo debía tener miedo.

Lo tenía.

Pero debajo del miedo había otra cosa mucho menos útil.

Su cuerpo estaba cerca sin tocarme. Podía sentir el calor que desprendía. Podía imaginar cómo sería si redujera esos centímetros.

Y eso era completamente culpa mía.

Yo había diseñado sus hombros.

Sus manos.

La pequeña cicatriz sobre la ceja.

Nunca pensé que tendría que soportar las consecuencias en persona.

—Está roja —dijo.

—Estoy furiosa.

—No parece furia.

—¿Quiere que lo abofetee para aclararlo?

—Podría intentarlo.

—Qué invitación tan tentadora.

Aren sonrió.

Luego se apartó.

El aire regresó a mis pulmones.

—Tavian.

La puerta se abrió inmediatamente.

Un hombre alto, de cabello oscuro recogido en la nuca, entró con uniforme de comandante.

Lo reconocí.

Tavian Rohe.

Me miró como si estuviera evaluando dónde esconder mi cadáver.

Eso sí coincidía con el libro.

—Majestad.

—Lady Oriana permanecerá en el ala oriental.

Tavian me miró.

Después a Aren.

—¿La zona contigua a sus habitaciones?

—Esa misma.

Mi boca se abrió.

—¿Perdón?

Aren ni siquiera me miró.

—Dos guardias permanentes.

—Majestad —dijo Tavian con una cautela divertida—, hay celdas disponibles.

—Lo sé.

—También habitaciones para invitados.

—Lo sé.

Tavian volvió a mirarme.

Entendí perfectamente aquella mirada.

Yo tampoco sabía qué demonios estaba haciendo su emperador.

—No pienso dormir junto a usted —dije.

Aren giró despacio.

—No recuerdo haberla invitado a mi cama.

—Dijo habitaciones contiguas.

—Existe una pared entre ellas.

—Qué tranquilizador.

—Aunque parece decepcionada.

—Parece que disfruta demasiado provocándome.

—Empiezo a descubrir que sí.

Tavian tosió.

Claramente para ocultar una risa.

Lo señalé.

—Él lo escuchó.

—Escucho muchas cosas —respondió Tavian.

—Y vive para contarlas porque sabe cuándo olvidarlas —añadió Aren.

Tavian recuperó inmediatamente la seriedad.

Yo casi sonreí.

Por primera vez desde que desperté en aquel mundo, algo se sentía extrañamente normal.

Dos hombres fastidiándose.

Una conversación absurda.

Un emperador que no parecía querer ejecutarme durante al menos los próximos diez minutos.

Entonces entró un guardia.

—Majestad, disculpe la interrupción.

Aren se volvió.

—Habla.

—Encontramos algo en el carruaje de lady Oriana.

Mi sonrisa desapareció.

El guardia extendió un pequeño frasco.

Lo reconocí al instante.

Veneno de savia lunar.

El mismo que mataría a Aren dentro de seis días.

No debía estar en mi carruaje.

Todavía no.

Tavian dio un paso hacia nosotros.

—Majestad, puedo duplicar la guardia de lady Oriana.

—No.

—Tres hombres frente a su puerta.

—No.

—¿Cinco? —pregunté—. Ya que estamos negociando mi encarcelamiento, me gustaría una cifra absurda.

Aren ignoró mi comentario.

—Quien puso ese veneno en su carruaje sabía que estaría conmigo esta tarde. También sabía dónde buscarían después.

La idea me heló.

Alguien estaba adelantando acontecimientos y utilizando mis propios recuerdos contra mí.

Peor aún, si el frasco aparecía ahora, el atentado de la copa quizá tampoco ocurriría como yo recordaba.

Mi única ventaja comenzaba a deshacerse.

—¿Cree que intentarán matarme? —pregunté.

—Creo que alguien necesita que parezca culpable.

—Eso no responde.

—Porque no quiero tranquilizarla con una mentira.

Extrañamente, aquella respuesta me gustó.

Tavian suspiró.

—¿Y tenerla cerca de usted solucionará qué exactamente?

Aren me miró sin pudor.

—Si intenta matarme, prefiero verla venir.

—Qué detalle —murmuré—. Casi parece una invitación romántica.

Yo habría preferido una puerta con cerrojo, pero empezaba a entender que el emperador consideraba la prudencia un deporte.

Aren tomó el frasco.

Su rostro se vació de cualquier humor.

—¿Dónde estaba?

—Debajo del asiento de la dama.

Tavian puso una mano sobre la espada.

Yo levanté ambas manos.

—Eso no es mío.

Aren retiró el tapón, olió con cuidado y volvió a cerrarlo.

Después me miró.

Ya no había coqueteo.

Solo el emperador que yo había creado para desconfiar de todo.

—Hace unos minutos me pidió siete días para demostrar su inocencia.

—Y los necesito.

—Parece que alguien está intentando que no los tenga.

Mi garganta se cerró.

Aren entregó el frasco a Tavian.

—Analízalo.

Luego caminó hacia mí.

Se detuvo tan cerca que tuve que levantar el rostro.

—Cambio de planes, Oriana.

—¿Qué significa eso?

Sus dedos rodearon suavemente mi muñeca.

No pude apartar la vista.

—Que esta noche no dormirá en el ala oriental.

—¿Entonces dónde?

Aren me sostuvo la mirada.

—En mi habitación.

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