Capítulo 5 5

—No pienso dormir en su cama.

Aren soltó mi muñeca.

—Excelente. Yo tampoco pensaba ofrecérsela.

Lo miré.

—Acaba de decir que dormiré en su habitación.

—Mi habitación contiene más de una superficie horizontal.

—Qué alivio. Por un momento temí que el imperio estuviera atravesando una crisis de mobiliario.

Tavian carraspeó detrás de nosotros.

—Puedo mandar traer un diván.

—Hazlo —ordenó Aren.

—Grande —añadí.

El emperador me miró.

—¿Tiene exigencias?

—Tengo espalda.

—Sobrevivirá.

—Eso mismo dijo de mi cabeza hace una hora y seguimos negociando.

Tavian giró el rostro para ocultar otra sonrisa.

Empezaba a caerme bien.

Aren tomó el frasco de veneno y lo guardó en una caja de metal que Tavian sostenía.

—Nadie entra en mis aposentos sin autorización. Nadie le lleva comida, bebida ni correspondencia sin que pase primero por la guardia.

—¿También piensa probar mi baño?

—Si cree que alguien intenta asesinarla mediante jabón, sí.

—No dé ideas.

Aren caminó hacia la puerta.

Yo permanecí quieta.

—¿Y si el asesino viene por usted?

Se detuvo.

—Entonces estará cerca para comprobar si consigue lo que aparentemente desea.

—Sigue creyendo que quiero matarlo.

—Sigo creyendo que sabe más de lo que dice.

Eso era peor porque tenía razón.

Lo seguí por el corredor.

Dos guardias nos acompañaron hasta el ala privada del palacio. Yo conocía ese trayecto. Había escrito una escena donde Aren atravesaba aquellos mismos pasillos cubierto de sangre después de aplastar una rebelión.

Ahora caminaba delante de mí perfectamente limpio.

Mucho más agradable.

También mucho más peligroso para mi concentración.

Su chaqueta negra marcaba la anchura de sus hombros. El cinturón de la espada descansaba bajo en sus caderas.

Aparté la mirada.

Yo había diseñado ese cuerpo.

Contemplar el resultado empezaba a sentirse como revisar un pedido que no recordaba haber hecho.

—¿Está observándome? —preguntó sin girarse.

—No.

—Miente peor cuando la respuesta me divierte.

—Estaba mirando su espada.

Ahora sí giró la cabeza.

—Eso tampoco mejora la situación.

Tavian soltó una tos sospechosa.

—Necesito empleados menos felices —dijo Aren.

Entramos en sus aposentos.

La habitación era enorme, sobria y mucho menos ostentosa de lo que recordaba haber escrito. Una cama ocupaba el centro, cubierta con mantas oscuras. Había un escritorio, una chimenea y dos puertas laterales.

Miré la cama.

Aren me miró mirarla.

—No.

—No he dicho nada.

—Su cara sí.

—Mi cara está viviendo una jornada difícil.

Tavian pidió permiso para retirarse y nos dejó solos.

Mala idea.

Muy mala idea.

Aren se quitó la espada.

Después la chaqueta.

Yo observé la chimenea.

La chimenea era fascinante.

Probablemente la chimenea había tenido una infancia complicada.

—Puede mirarme —dijo Aren.

—Estoy perfectamente bien con el fuego.

—Hace un momento contemplaba mi espalda.

—Su ego sobrevivirá sin confirmación adicional.

Escuché tela deslizarse.

Giré por reflejo.

Error monumental.

Aren estaba desabrochándose los puños de la camisa. Las mangas subieron hasta sus antebrazos.

No estaba desnudo.

Ni remotamente.

Mi imaginación, sin embargo, tenía experiencia previa.

Recordaba cada descripción indecente que había eliminado del manuscrito porque me parecía demasiado.

Ahora me parecía que había sido cobarde.

—Está roja otra vez.

—Hace calor.

Miró hacia la chimenea apagada.

Traidor.

—Naturalmente.

—¿Siempre disfruta incomodando a sus prisioneras?

—Nunca había tenido una que me mirara de esa manera.

—No soy su prisionera.

—No puede salir.

—Detalle administrativo.

Aren avanzó hasta el escritorio y sirvió agua en dos copas.

Me ofreció una.

No la tomé.

Él arqueó una ceja.

—¿Ahora desconfía de mí?

—Encontraron veneno debajo de mi asiento.

—La jarra estaba aquí antes de que llegara.

—Eso no ayuda.

Aren bebió primero.

Después me entregó la copa.

—¿Mejor?

La acepté.

—Un poco.

Bebí.

Necesitaba pensar.

Seis días hasta el atentado de la copa, suponiendo que la historia siguiera la secuencia original.

Pero el veneno ya había aparecido.

Darien decía que Oriana quería huir con él.

La carta también había llegado antes.

Algo estaba mal.

Quizá mi presencia había cambiado acontecimientos desde el instante en que desperté.

O quizá la novela que yo escribí nunca había contado toda la verdad.

Esa posibilidad me gustó todavía menos.

—¿En qué piensa? —preguntó Aren.

—En dormir.

—Otra mentira.

—Tiene una obsesión con mis mentiras.

—Porque son interesantes.

—Busque un pasatiempo.

Aren se apoyó contra el escritorio.

—Cuénteme algo verdadero.

Mi mano se tensó alrededor de la copa.

—¿Sobre qué?

—Sobre usted.

—Le gusta vivir peligrosamente.

—Me han dicho cosas peores.

Pensé en Nadia.

En mi apartamento.

En mi computadora todavía abierta.

En una taza de café abandonada junto al teclado.

¿Mi cuerpo seguiría allí?

¿Había muerto?

¿Estaba dormida?

¿Existía alguna forma de regresar?

El pecho me dolió.

—Extraño mi casa —dije.

Aren guardó silencio.

Era la primera verdad completa que le daba.

—Puede volver a la residencia Veyl cuando esto termine.

—No me refería a esa casa.

Sus ojos se fijaron en mí.

Había hablado demasiado.

Otra vez.

—¿Entonces a cuál?

Dejé la copa.

—No importa.

—A usted sí.

Me molestó que lo notara.

—No necesito que sea amable conmigo.

—No lo soy.

—Perfecto.

—Solo estoy intentando entender por qué una mujer acusada de conspirar contra mí parece más triste que asustada.

—Puedo hacer ambas cosas.

—Lo sé.

Se acercó.

Esta vez no hubo provocación en su rostro.

Eso me desarmó más.

—¿Quién la lastimó?

Casi me reí.

Él.

Yo.

Una novela entera.

—Es complicado.

—Tengo toda la noche.

—Yo esperaba dormir.

—En el diván grande que exigió.

—Exactamente.

Quise apartarme, pero Aren tomó mi mano.

No con fuerza.

Solo la sostuvo.

Miró mis dedos.

Había pequeñas marcas de tinta junto a una uña.

Me quedé helada.

No pertenecían a Oriana.

Yo las tenía antes de despertar.

Aren pasó el pulgar sobre ellas.

—¿Tinta?

Retiré la mano.

—Escribí esta mañana.

—Oriana detesta escribir.

—La gente cambia.

—Eso repite mucho.

—Porque usted pregunta demasiado.

Aren me estudió.

Luego llamó a un criado para que trajera el diván.

Una hora después, estaba acostada en él, envuelta en una manta, mientras el emperador trabajaba al otro lado de la habitación.

Intenté dormir.

Imposible.

—Deje de respirar tan fuerte —murmuré.

—Así funciono.

—Molesta.

—También usted.

Abrí los ojos.

Aren estaba sentado junto al escritorio, sin chaqueta, leyendo documentos.

—¿No duerme?

—Poco.

—Eso explica su carácter.

—¿Y el suyo?

—Talento natural.

Sonrió.

Entonces alguien golpeó la puerta.

Tres veces.

Aren se levantó inmediatamente.

Tomó la espada.

—Quédese ahí.

—Esa frase nunca funciona.

Abrió.

Tavian entró con el rostro tenso.

—Majestad, tenemos un problema.

Me incorporé.

—¿Otro veneno?

—No.

Tavian me miró.

Después miró a Aren.

—Lady Selene Arveth acaba de llegar al palacio.

Mi estómago se hundió.

Selene.

La heroína.

La había convertido en todo lo que Oriana no era: paciente, dulce, querida por los sirvientes y capaz de encontrar bondad incluso en personas imposibles. También le había dado una belleza casi irritante y la costumbre de aparecer justo cuando la trama necesitaba complicarse.

Hasta entonces, yo había evitado pensar demasiado en ella.

Selene era la protagonista.

Yo era la mujer que debía arruinarle la vida.

Y ahora venía voluntariamente hacia la habitación del emperador sin invitación.

No debía conocer personalmente a Aren hasta dentro de doce días.

—¿Qué quiere? —preguntó Aren.

Tavian tardó un segundo demasiado largo en responder.

—Dice que viene a impedir que lady Oriana lo asesine esta noche.

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