Capítulo 7 7

—Que si me atrapaban, le preguntara al príncipe Darien qué le prometió cuando la besó en el invernadero.

Nadie respiró durante un segundo.

Después Aren me miró.

No a Edran.

A mí.

—Qué noche tan productiva —dije.

Su mandíbula se tensó.

—¿Quiere explicarlo?

—Con muchísimo entusiasmo, pero primero necesitaría saber qué demonios prometió Oriana.

Edran me observó como si acabara de blasfemar.

—Mi lady...

—No me mires así. Estoy teniendo una semana complicada.

Selene dio un paso hacia el criado.

—¿La viste darle las monedas?

—Sí.

—¿A qué hora?

Edran tragó saliva.

—Poco después del desayuno.

Aren giró hacia Tavian.

—¿Dónde estaba Oriana?

El comandante respondió sin dudar.

—Con usted desde antes del mediodía. Antes de eso, en la residencia Veyl. Dos criadas y la costurera pueden confirmarlo.

Solté el aire.

—Maravilloso. Mi coartada es un vestido funerario.

Aren no sonrió.

Seguía mirando a Edran.

—Descríbeme lo que llevaba.

—Un vestido verde oscuro. El collar de esmeraldas de los Veyl. El cabello recogido.

Yo bajé la vista hacia mi vestido rojo.

No significaba nada.

Podía haberme cambiado.

Pero el collar...

—No tengo ese collar —dije.

Aren volvió los ojos hacia mí.

—¿Está segura?

—Lo habría reconocido. Lo inventé...

Cerré la boca.

Demasiado tarde.

Tavian pestañeó.

Selene frunció el ceño.

Aren se quedó inmóvil.

—¿Lo qué?

—Lo... he visto muchas veces.

—Eso no fue lo que dijo.

—Estoy bajo presión.

—Empiezo a notar que la presión le provoca un vocabulario muy creativo.

Edran comenzó a temblar otra vez.

Tavian lo tomó del brazo.

—¿Algo más?

—Tenía perfume de rosas.

Eso sí me hizo levantar la cabeza.

Oriana odiaba las rosas.

Lo sabía porque yo le había dado esa manía después de escribir una escena entera en un jardín y arrepentirme.

—Yo no uso perfume de rosas.

Aquello me dio algo parecido al alivio. Pequeño, incómodo, pero real. Por primera vez desde que había despertado allí, una prueba no encajaba conmigo de forma útil. Alguien había copiado a Oriana sin conocerla bien. Eso significaba que también podía equivocarse otra vez.

Selene me miró.

—Es verdad.

Aren la observó.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque Oriana se quejó durante veinte minutos en una cena porque alguien había llenado el salón de rosas.

—Fueron treinta —murmuré.

Selene me lanzó una mirada rara.

—Sí. Fueron treinta.

Aren no dijo nada, pero algo en su expresión cambió.

No era confianza.

Todavía no.

Era una grieta en la acusación.

—Llévense al muchacho —ordenó—. Que nadie lo toque hasta que yo hable con él otra vez.

Los guardias se llevaron a Edran.

Selene permaneció frente a mí, menos segura de querer arrancarme el cabello.

—Si no fuiste tú...

—Alguien quiere que parezca que fui yo. Parece haberse convertido en el entretenimiento favorito del palacio.

Aren se volvió hacia Selene.

—Tavian la acompañará a una habitación segura.

—Quiero quedarme.

—No.

—Majestad...

—No es una negociación.

Selene miró primero a Aren y luego a mí.

—Oriana, si estás mintiendo...

—Si estuviera mintiendo, probablemente lo haría mejor.

Eso pareció convencerla menos de lo que esperaba.

Tavian abrió la puerta.

Antes de salir, Selene se detuvo.

—Darien estaba en el invernadero esta tarde.

Mi estómago dio un vuelco.

Aren giró despacio.

—¿Solo?

—Cuando lo vi, sí.

La puerta se cerró.

Silencio.

Uno muy desagradable.

—No diga nada —advertí.

—Todavía no he dicho nada.

—Su cara está siendo insoportable.

—Mi cara quiere saber por qué mi hermano besó a una mujer acusada de querer matarme.

—Su cara parece más interesada en la parte del beso.

Aren avanzó.

Un paso.

Yo retrocedí.

Mala decisión.

El borde del diván golpeó detrás de mis rodillas.

—¿Está celoso?

—No.

—Qué rápido.

—Estoy investigando.

—Claro. Con la mandíbula apretada por motivos estrictamente judiciales.

—Imperiales.

—Muchísimo más digno.

Aren quedó frente a mí.

Su mirada bajó hasta mi boca.

Esta vez no fue disimulada.

Ni breve.

Sentí un calor lento deslizarse por mi abdomen.

—¿Lo recuerda? —preguntó.

—¿Qué?

—El beso.

No podía decirle que no recordaba porque no había sido yo.

—No.

Sus ojos subieron a los míos.

—Darien asegura que ocurrió hace tres noches.

—Ya lo escuché.

—Y usted dice que no lo recuerda.

—Digo que no quiero hablar de eso.

—No es lo mismo.

—Es lo que va a obtener.

Aren levantó una mano.

Su pulgar rozó mi labio inferior.

Me quedé quieta.

No porque quisiera.

Porque mi cuerpo decidió traicionarme con una eficiencia admirable.

—¿Fue aquí? —murmuró.

Mi respiración se cortó.

—¿Qué está haciendo?

—Investigando.

—Su técnica necesita una denuncia.

La esquina de su boca se movió.

Su pulgar volvió a pasar por mi labio.

Más despacio.

—No parece disgustarle.

—Eso no significa que pueda hacer lo que quiera.

Aren dejó de sonreír.

La mano bajó.

—Tiene razón.

El cambio fue tan inmediato que me dejó peor.

Retrocedió medio paso.

Espacio.

Me había dado espacio.

Y yo, idiota, lo extrañé.

—No vuelva a tocarme así sin preguntar —dije.

—¿Y si pregunto?

Mi corazón golpeó una vez.

Fuerte.

—Depende.

—¿De qué?

—De lo que quiera hacer.

Aren me sostuvo la mirada.

—Ahora mismo, besarla hasta que deje de pensar en mi hermano.

El aire desapareció.

No había burla en su voz.

Ni amenaza.

Solo una intención que me encendió la piel.

—Eso no suena muy imperial.

—No estoy sintiéndome especialmente imperial.

Se acercó otra vez, pero esta vez no me tocó.

Esperó.

Maldito hombre.

—¿Y bien? —preguntó.

Yo debería haber dicho que no.

En cambio miré su boca.

—Pregunte.

Aren inclinó la cabeza.

—¿Puedo besarla?

La puerta se abrió de golpe.

—Majestad.

Tavian.

Cerré los ojos.

Quería matarlo un poco.

Aren ni siquiera se apartó de mí.

—Espero que el palacio esté ardiendo.

—No exactamente.

Tavian miró nuestra distancia inexistente y decidió mirar al techo.

—El príncipe Darien está afuera.

Aren soltó una risa sin humor.

—Naturalmente.

—Dice que no se irá hasta hablar con lady Oriana.

Me separé del diván.

—Bien. Quiero respuestas.

Aren me miró.

—Yo también.

Tavian abrió más la puerta.

Darien estaba al otro lado.

Su mirada cayó sobre Aren, luego sobre mí, y finalmente sobre mi boca.

—Oriana —dijo—, dile la verdad de una vez.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué verdad?

Darien dio un paso dentro.

—Que me prometiste que, si Aren moría, te casarías conmigo.

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