Capítulo 8 8

―Que me prometiste que, si Aren moría, te casarías conmigo.

Miré a Darien.

Luego a Aren.

Después volví a Darien.

―Necesito que repitas eso más despacio para poder decidir a quién insultar primero.

Darien entró del todo en la habitación.

―No juegues conmigo.

―Créeme, ahora mismo no tengo energía para juegos.

Aren seguía detrás de mí.

No decía nada.

Eso era mala señal.

―¿Cuándo ocurrió? ―preguntó.

Darien lo miró.

―No te debo explicaciones.

―Estás en mis aposentos acusando a una mujer de planear mi muerte. Sí me las debes.

La sonrisa de Darien desapareció.

―Hace una semana.

Mi estómago se apretó.

Una semana.

Antes de que Nadia despertara allí.

―¿Dónde? ―pregunté.

Darien volvió la atención hacia mí.

―En el invernadero.

―¿Y exactamente qué dije?

―Que estabas cansada de esperar. Que cuando Aren dejara de ser un problema, podríamos dejar de escondernos.

Aren soltó una risa seca.

―Romántico.

―No te burles ―espetó Darien.

―No me estoy burlando de ti.

Su mirada cayó sobre mí.

―Todavía.

Fantástico.

Mi vida amorosa inexistente acababa de convertirse en una pelea familiar.

―¿Te dije que iba a matarlo?

Darien vaciló.

Solo un instante.

Lo suficiente.

―No con esas palabras.

Aren ladeó la cabeza.

―Eso ha cambiado bastante la historia.

―Dijo que pronto todo sería diferente.

―Eso también podría significar que iba a cortarse el cabello ―dije.

Darien me miró con incredulidad.

―¿Por qué haces esto?

―Porque no recuerdo esa conversación.

―Deja de decir eso.

―Entonces deja de contarme cosas que no recuerdo haber hecho.

Aren se movió a mi lado.

No me tocó.

Aun así, su cercanía me puso demasiado consciente de él.

―¿La besaste? ―preguntó.

Darien apretó la mandíbula.

―Sí.

―¿Ella te besó a ti?

―Sí.

―¿Dónde?

Lo miré.

―¿De verdad necesita detalles anatómicos para la investigación?

Aren ni siquiera apartó los ojos de su hermano.

―Solo estoy siendo preciso.

―Está siendo insoportable.

―También.

Darien soltó el aire.

―Fue un beso. Nada más.

Algo en mis hombros se aflojó.

Aren lo notó.

Por supuesto.

―Parece aliviada.

―Porque preferiría no descubrir que Oriana tenía una vida sexual mucho más activa que la mía.

Silencio.

Tavian tosió.

Darien parpadeó.

Aren giró la cabeza hacia mí muy despacio.

―¿La suya?

Cerré los ojos.

―Olvide eso.

―Imposible.

―Majestad ―intervino Tavian―, quizá convenga volver a la parte del asesinato.

Le habría besado la frente.

Aren no parecía compartir mi gratitud.

―Después.

―No habrá después ―dije.

―Lo habrá.

Darien dio un paso hacia mí.

―Ven conmigo. Hablaremos sin él.

Aren se interpuso antes de que pudiera contestar.

―No.

―No te estaba preguntando.

―Y yo no te estaba dando una opción.

La tensión entre los dos cambió.

Menos hermanos.

Más hombres midiendo quién retrocedería primero.

Me metí entre ambos antes de que alguno sacara una espada por motivos que nadie iba a admitir.

―Basta.

Darien me miró.

―Oriana.

―No voy contigo.

―¿Por él?

La pregunta me irritó.

Quizá porque no sabía responderla.

―Por mí.

Darien soltó una risa amarga.

―Hace una semana querías casarte conmigo.

―Y hoy no.

―Eso no cambia así.

―Pues acaba de hacerlo.

Su rostro se endureció.

―Te está manipulando.

―Está intentando ejecutarme. Si esto es manipulación, necesita un curso.

Aren soltó una risa.

Darien le lanzó una mirada venenosa.

―No entiendo qué le ves.

La pregunta iba dirigida a mí.

El problema fue que mi cabeza respondió antes de que pudiera impedirlo.

Demasiadas cosas.

Su humor cuando no quería mostrarlo.

La manera en que preguntaba antes de tocarme cuando importaba.

Su voz baja cuando dejaba de actuar como emperador.

Y ese cuerpo que mi imaginación había fabricado con una irresponsabilidad notable.

―Nada ―dije demasiado rápido.

Aren levantó una ceja.

―Devastador.

―Sobrevivirá.

Darien me estudió durante unos segundos.

Luego retrocedió.

―Cuando esto termine, vendrás a buscarme.

―No cuentes con ello.

―Lo harás.

―Qué confianza.

―Porque sé lo que sentías antes de que él empezara a meterse en medio.

Aren dio un paso.

―Fuera.

Darien sonrió.

―¿Celoso?

―Aburrido.

―Mientes peor que ella.

Eso casi me hizo reír.

Tavian abrió la puerta.

Darien se marchó, pero antes de cruzarla se volvió hacia mí.

―Pregúntale a tu tía por el collar de esmeraldas.

Se me borró la sonrisa.

―¿Qué tiene que ver Maelis con esto?

―Pregúntale.

La puerta se cerró.

Me quedé mirando la madera.

―Odio cuando la gente sale después de decir cosas útiles a medias.

―Es una costumbre familiar ―murmuró Aren.

Tavian pidió permiso para retirarse y, por primera vez, Aren se lo concedió sin discutir.

La puerta volvió a cerrarse.

Ahora estábamos solos.

De verdad.

Aren caminó hacia mí.

―Así que su vida sexual es menos activa de lo que esperaba.

―No vamos a hablar de eso.

―Usted lo mencionó.

―Por accidente.

―Mis accidentes favoritos están mejorando.

Le lancé una mirada.

―Está disfrutando demasiado.

―Muchísimo.

Se detuvo frente a mí.

Mi espalda encontró el borde del escritorio.

Otra superficie.

El palacio tenía demasiadas.

―¿Y Darien? ―preguntó.

―¿Qué pasa con él?

―¿Lo desea?

La pregunta me golpeó más de lo razonable.

―No.

―¿Está segura?

―Sí.

Aren apoyó una mano a cada lado de mí, sobre el escritorio.

No me tocaba.

Pero estaba encerrada entre sus brazos.

―¿Y a mí?

Mi boca se secó.

―Eso no forma parte de la investigación.

―No.

Su voz bajó.

―Forma parte de mi curiosidad.

―Su curiosidad tiene pésimos modales.

―Y usted sigue sin responder.

Lo miré a la boca.

Error.

Aren lo vio.

Su respiración cambió.

Solo un poco.

―Preguntó antes si podía besarme ―murmuré.

―Y Tavian decidió conservar su vida interrumpiendo.

―No ha respondido.

―Porque estoy esperando otra vez.

Su boca quedó cerca.

No lo suficiente.

―Qué considerado.

―No lo confunda con paciencia.

―No parece tener mucha.

―Con usted, ninguna.

Le agarré la camisa antes de pensarlo.

Aren bajó la mirada hacia mi mano.

Después volvió a mis ojos.

―Oriana.

―Nadia ―susurré.

El nombre salió antes de que pudiera detenerlo.

Aren se quedó inmóvil.

Yo también.

Su expresión cambió por completo.

―¿Qué acaba de decir?

Solté su camisa.

Demasiado tarde.

―Nada.

Aren tomó mi muñeca con suavidad.

―No mienta ahora.

Mi corazón golpeó contra mis costillas.

―Aren...

Sus ojos se clavaron en los míos.

―¿Quién es Nadia?

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