Capítulo 1 Capítulo 1: El eco de la caída y la sombra en el callejón

El silencio en el piso cuarenta y dos de Moretti Financial no es un silencio pacífico; es el preludio de una tormenta eléctrica. Desde este ventanal de cristal blindado, Milán parece una maqueta estúpida que se pliega ante mis pies, una colección de luces artificiales y calles mojadas donde la gente camina creyéndose dueña de su propio destino. Creen que el mundo es suyo, que los imperios se construyen con talento y que la justicia existe en los tribunales. Idiotas. No saben absolutamente nada.

Aprieto el vaso de whisky con tanta fuerza que los nudillos se me vuelven blancos, translúcidos. El líquido ámbar apenas se estremece mientras mi mente retrocede exactamente diez años, al día exacto en que este despacho no olía a cuero caro y éxito corporativo, sino a cenizas, desesperación y sangre fría. Recuerdo el cuerpo de mi padre desplomado sobre su propio escritorio, con los ojos vacíos y una carta de bancarrota fraudulenta sobre el regazo, firmada y ejecutada con la elegancia maquiavélica de un hombre que hoy duerme en una mansión frente al mar mientras ríe de nosotros.

Matteo Rossi.

Solo pronunciar su apellido en el paladar me deja un sabor metálico, putrefacto. Rossi construyó su imperio sobre los cadáveres financieros de mi familia, despedazando cada contrato, comprando a los jueces necesarios y dejándonos en la absoluta miseria, obligándome a convertirme en el monstruo que soy ahora. Diez años. Tres mil seiscientos días de planificar cada ficha, de comprar en las sombras las deudas de sus empresas fantasma, de construir una red de seguridad privada global solo para tener la llave perfecta que me abra la puerta de su casa.

—Estás jugando con fuego, Dominic —la voz ronca de Marco rompe el murmullo de la noche y el parpadeo de las pantallas de los servidores—. Y lo peor de todo es que sé perfectamente que no te refieres solo a las acciones de la bolsa de Milán.

Me giro lentamente, dejando el vaso sobre la mesa de caoba sin apartar los ojos de mi socio y amigo de confianza. Marco está cruzado de brazos junto a los monitores donde parpadean las líneas de código y los informes financieros de la corporación Rossi. Su expresión no es de miedo; es la de un cómplice cansado que ve cómo un tren sin frenos se dirige directo hacia un abismo.

—No estoy jugando a nada, Marco. Estoy cobrando lo que es mío —respondo con una voz que apenas y supera un susurro, pero que vibra con la intensidad de una condena a muerte—. Cada maldito céntimo, cada lágrima de mi madre, cada segundo de agonía que soportó mi padre antes de quitarse la vida... todo va a tener un precio. Y Matteo Rossi va a pagarlo con creces.

—¿Y la chica? —pregunta Marco, dando un paso al frente, con el ceño fruncido—. Hemos revisado el plan de seguridad, los accesos a Florencia, los permisos de la agencia. Todo está listo para que te infiltres como su jefe de seguridad privada. Pero estamos hablando de Cloe Rossi. Los informes dicen que ella no tiene nada que ver con los chanchullos de su padre. Es restauradora de arte, vive en su propio mundo de pinturas y lienzos, ajena a la mafia corporativa de Matteo.

El nombre de Cloe golpea mi pecho como un puñetazo seco. Cloe. La hija del hombre al que odio con cada fibra de mi ser. Durante meses, al estudiar los expedientes para preparar esta infiltración, tuve que ver su rostro en cientos de fotografías robadas: el cabello castaño cayendo en ondas suaves sobre sus hombros, esa mirada curiosa y melancólica, las manos manchadas de pigmentos naturales en su taller de Florencia. Al principio, para mí era solo eso: una ficha de ajedrez. El eslabón más débil del engranaje de Rossi.

—No me importa lo que sea, Marco —respondo con frialdad—. Es sangre de los Rossi. Si vive rodeada de lujos absurdos, es porque se alimenta del dinero que le robaron a mi familia. No habrá excepciones. Mañana por la mañana me presentaré en su taller de Florencia. Oficialmente, soy Dominic Moretti, exmilitar de élite y el hombre que mantendrá a su preciada hija a salvo. Las amenazas falsas ya han sido filtradas; su equipo de seguridad ya mordió el anzuelo pidiendo una auditoría externa. La trampa está puesta.

A kilómetros de distancia, en su pequeño refugio en Florencia, el olor a trementina y lino viejo era mi único escape. Aquella tarde, mientras retocaba con delicadeza una sombra sobre el cuello de una dama del siglo XVII, un hormigueo molesto en el pecho no me dejaba concentrar. Gianna se había despedido hacía poco, no sin antes advertirme sobre las extrañas llamadas de mi padre exigiendo mi presencia en Roma para una cena de gala con el infumable conde Sforza.

Decidí recoger mis cosas. Apagué la radio, tomé mi bolso y cerré la puerta trasera del taller, la que da hacia el callejón privado flanqueado por muros de piedra y hiedra. A esta hora, el pasaje solía estar completamente desierto.

Doy los primeros pasos sobre los adoquines húmedos. El sonido de mis tacones retumba en las paredes. De pronto, un escalofrío helado me recorre la espina dorsal. Acelero el paso, ajustándome el abrigo al pecho.

Un chasquido metálico rompe el silencio.

—¿Hola? —grito, con la voz temblorosa—. ¿Hay alguien ahí?

Antes de que pueda reaccionar, dos sombras humanas emergen con velocidad aterradora desde el portal oscuro de un almacén abandonado. Llevan pasamontañas negros y chaquetas tácticas. El terror se apodera de mi cuerpo. Doy media vuelta para correr, pero un tercer hombre aparece bloqueando la salida. Estoy acorralada.

—¡Déjenme! ¡Auxilio! —chillo con todas mis fuerzas.

—Cállate la boca, perra —sisea el tipo de enfrente con una voz gruesa y violenta.

Intento usar mi bolso como escudo, pataleo y me muevo con desesperación, pero la diferencia de fuerza es brutal. Uno de ellos me atrapa desde atrás, rodeando mi cuello, mientras el otro me agarra de las muñecas.

—¡Suéltenme! ¡Mi padre es Matteo Rossi! ¡Se van a arrepentir!

—Sabemos perfectamente quién es tu padre, preciosa. Por eso estás aquí.

En un arrebato de supervivencia, piso con fuerza el pie del hombre que me sostiene por detrás y logro rasgar la máscara del sujeto de enfrente.

—¡Maldita sea! ¡Bruja escandalosa! —ruge el hombre.

Antes de que pueda escapar, su mano se alza y baja con una fuerza bestial.

¡ZAS!

El impacto de la bofetada contra mi mejilla izquierda es ensordecedor. El dolor arde como un hierro al rojo vivo, haciéndome perder el equilibrio y caer de rodillas sobre los adoquines. El sabor metálico de la sangre invade mi boca. El hombre me sujeta bruscamente del cabello, obligándome a mirar arriba.

—Si vuelves a gritar, la próxima no será una mano abierta. ¿Entendiste? —sisea a centímetros de mi rostro.

Asiento con la cabeza entre lágrimas y sollozos ahogados. Inmediatamente, el segundo hombre me presiona un trapo con un tufo químico contra la nariz y la boca. El pánico me hace tragar aire a la fuerza; las paredes del callejón se deforman y mis piernas se vuelven de plomo. Caigo hacia adelante, desvaneciéndome en la oscuridad.

No sé cuánto tiempo pasa hasta que los sentidos regresan entre ráfagas de dolor y un hedor químico. Estoy en el suelo de un almacén abandonado. Uno de los hombres se ha lanzado sobre mí, inmovilizándome las piernas con su peso mientras intenta besar mi cuello por la fuerza.

—¡No! ¡Aléjate de mí! —chillo, retorciéndome con desesperación.

Mi mano roza el suelo y tropieza con un objeto metálico: un viejo destornillador olvidado. Sin pensarlo un segundo, lo empuño y lo clavo con toda la fuerza de mi brazo en el muslo del agresor.

—¡AAGHH! ¡Maldita perra! —brama él, soltándome en medio de un alarido de dolor.

Me pongo de pie a trompicones, afirmo la salida y echo a correr hacia la noche florentina. Mis tacones quedan atrás; corro descalza sobre el asfalto helado, con los pies cortados y el corazón a mil por hora. Doblo la esquina de un edificio oscuro buscando la avenida principal.

De repente, una sombra gigantesca emerge de un callejón lateral. Antes de poder gritar, una mano enorme y de un agarre implacable me cubre la boca, mientras un brazo musculoso me arrastra hacia la oscuridad.

El pánico absoluto me ciega. Sin dudarlo, clavo mis dientes con rabia en la carne de su mano, mordiendo con tanta fuerza que pruebo un hilo cálido de sangre.

—¡Auuuuh! ¡Maldita sea, mujer! ¡Casi me arrancas un dedo! —ruge una voz masculina, profunda e imponente por encima de mi cabeza.

La mano me suelta. Me zafé, me giro y levanto los puños lista para pelear, con las lágrimas nublándome la vista. A la luz de la farola, lo veo: un hombre absurdamente alto, imponente, vestido con un impecable uniforme táctico negro, hombros anchos y una mirada azul tan fría y calculadora que me corta la respiración. En su brazo, la manga recogida deja ver un tatuaje intrincado. Está sacudiéndose la mano herida con una mueca de fastidio.

—¿Pero qué demonios te pasa? ¡Estás completamente loca! —exclama Dominic Moretti, mirándome con absoluta exasperación.

—¿Tú... tú estabas intentando secuestrarme! ¡Eres uno de ellos! —grito, temblando de rabia y miedo.

Dominic suelta un bufido de incredulidad, presionándose un pañuelo en la mordedura.

—¿Parezco uno de esos analfabetos? Me llamo Dominic Moretti. Soy el nuevo jefe de tu equipo de seguridad privada. Tu padre me contrató para evitar, precisamente, el espectáculo deplorable que acabas de dar.

Me quedo parpadeando, intentando procesar sus palabras mientras el dolor en la mejilla me palpita.

—¿Mi... mi guardaespaldas?

—Llevo diez minutos eliminando a los verdaderos secuestradores afuera mientras tú decidiste jugar a Rambo dentro del almacén —responde él con una calma irritante, acercándose con una autoridad dominante que me envuelve por completo—. Y a partir de este instante, vas a hacer exactamente lo que yo diga. Soy tu sombra, Cloe.

—¡Yo no te pedí... ! —comienzo a decir, pero el mundo a mi alrededor se inclina noventa grados.

La adrenalina se evapora de golpe. Las piernas me fallan, la visión se vuelve negra y mi cuerpo se desploma hacia adelante. Esperaba el impacto contra el suelo, pero unos brazos fuertes y seguros me atrapan en el aire, pegando mi cuerpo débil contra su pecho firme.

Lo último que veo antes de que la oscuridad me trague por completo es el rostro de Dominic muy cerca del mío, mirándome con una mezcla de desconcierto y una intensidad abrasadora que retumba en su pecho.

—Maldita sea... —susurra él con voz grave, sosteniéndome con fuerza mientras pierdo el conocimiento.

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