Capítulo 1 La jaula de seda y sándalo

Elena

—Si el tono del labial V-Absolute no combina exactamente con el satén de la línea deportiva de pasarela, despide al proveedor, Elena. No me importan las excusas. Quiero perfección.

La voz de Alexander Volkov resonó en mi auricular inalámbrico con la misma frialdad con la que un juez dicta una sentencia de muerte. Su tono era bajo, aterciopelado, pero cargado de una autoridad implacable que me hacía tensar los hombros de inmediato.

—Ya me encargué de eso, señor Volkov —respondí, manteniendo mi voz dulce, impecable y profesional mientras caminaba a paso veloz por el pasillo del Grand Palais de París—. El lote fue reemplazado hace dos horas. Las modelos ya están en el área de maquillaje probando la nueva crema hidratante facial. Todo está listo para el lanzamiento.

—Más te vale —soltó, y colgó sin decir adiós.

Exhalé el aire que no sabía que estaba reteniendo y me apoyé un segundo contra la pared de mármol. Bienvenidos al glamuroso e infernal mundo de Volkov Beauty & Sport.

Llevaba dos años siendo la asistente personal de Alexander. Dos años de sobrevivir al hombre más poderoso, frío y peligrosamente atractivo de la industria cosmética y de la moda. A sus veintinueve años, Alexander era un monstruo corporativo. No tenía piedad, no negociaba y no perdonaba los errores. Su vida se dividía entre las juntas directivas donde trituraba a sus competidores y las portadas de revistas de chismes que documentaban sus noches de playboy con las supermodelos más cotizadas del mundo.

La gente en la oficina murmuraba que Alexander tenía un hermano gemelo, un tal Maxim. Sin embargo, en el registro de la empresa no había fotos, ni archivos, ni una sola mención oficial.

Era como un fantasma. Nadie se atrevía a pronunciar ese nombre cerca de Alexander si apreciaba su empleo. Y yo apreciaba el mío más que a mi propia vida.

Llevé una mano a mi frente, sintiendo un leve mareo. Necesitaba que este lanzamiento fuera un éxito rotundo. El tratamiento médico de mi hermanita Sofía y las deudas de mi hermano Mateo dependían del jugoso bono que Alexander me había prometido si la prensa internacional aclamaba la nueva colección. No podía fallar.

El desfile comenzó y el lugar se transformó en un torbellino de luces, flashes y aromas caros. La música electrónica vibraba en las paredes mientras las modelos desfilaban luciendo la innovadora ropa deportiva de alta costura, una fusión perfecta de telas técnicas elásticas y seda negra.

El aroma de V-Absolute, el nuevo perfume con notas de sándalo y ámbar gris, flotaba en el aire, envolviendo a los hombres de negocios y celebridades en una atmósfera de opulencia absoluta.

Desde el palco VIP, Alexander observaba todo con los brazos cruzados y la mandíbula rígida. Su traje de diseñador a medida realzaba sus hombros anchos y su postura imponente. Sus ojos grises, parecidos a dos témpanos de hielo, analizaban cada detalle. Era guapo, dolorosamente guapo, de una manera que te quitaba el aliento y te advertía que corrieras en dirección contraria.

Al terminar el evento, la euforia colectiva estalló. Los aplausos retumbaron y los camareros comenzaron a repartir copas de champaña fina. Yo estaba exhausta, con los pies destrozados por los tacones y la cabeza dándome vueltas.

—Elena —una voz suave me sacó de mis pensamientos. Era uno de los organizadores del hotel—. El señor Volkov solicitó que le lleves los informes de recepción y el balance preliminar de la prensa a su suite privada. La cuatrocientos cuatro.

—¿A su suite? —fruncí el ceño, extrañada—. ¿No iba a asistir a la cena de gala con los inversionistas coreanos?

El hombre se encogió de hombros, luciendo nervioso.

—Recibió una llamada hace unos minutos y se retiró furioso. Dijo que quería los papeles de inmediato. Ah, y me pidió que te entregara esto para que puedas subir en el ascensor VIP.

Me tendió una tarjeta magnética dorada. La tomé con dedos temblorosos. Un mal presentimiento me recorrió la espina dorsal, pero mi deber profesional se impuso. Fui a la oficina temporal, recogí la tableta digital con los datos y me dirigí al ascensor. El mareo en mi cabeza se intensificó. Atribuí el malestar al cansancio acumulado de trabajar dieciocho horas seguidas.

Cuando el ascensor abrió sus puertas en el piso ejecutivo del Palais de l'Aube, el pasillo estaba sumido en un silencio sepulcral. Caminé hacia la puerta con el número 404 grabado en letras de oro. Deslicé la tarjeta. La cerradura emitió un suave clic y parpadeó en verde.

Empujé la puerta con cuidado. La suite presidencial estaba a oscuras, apenas iluminada por las luces de la ciudad que se filtraban por los ventanales. El aire estaba saturado del perfume de sándalo de la empresa... y de un denso olor a alcohol.

—¿Señor Volkov? —susurré, dando un paso hacia el interior—. Traigo los informes que solicitó.

Nadie respondió. Di un paso más, pero mis tacones se enredaron en algo en el suelo. Al bajar la mirada, vi una chaqueta de traje tirada y una botella de whisky vacía.

—¿Elena? —una voz ronca, arrastrada y completamente ajena al tono gélido de la oficina provino desde la penumbra de la sala.

Antes de que pudiera reaccionar, una silueta imponente se interpuso en mi camino. Alexander estaba de pie frente a mí, pero no era el jefe impecable de siempre. Tenía la camisa blanca desabrochada hasta la mitad del pecho, revelando la silueta de los tatuajes oscuros que trepaban por su cuello. Su cabello, usualmente peinado a la perfección, estaba revuelto. Pero lo que más me asustó fueron sus ojos: estaban inyectados en sangre, brillando con una furia salvaje y peligrosa.

—Señor Volkov, está ebrio —dije, retrocediendo un paso, pero el espacio se redujo cuando mi espalda chocó contra la puerta cerrada—. Dejaré la tableta aquí y regresaré por la mañana...

—No te vas —rugió él, acortando la distancia en un solo parpadeo. Su mano grande y cálida se estampó contra la madera de la puerta, justo al lado de mi cabeza, acorralándome—. ¿Pensaste que podías venir aquí a burlarte de mí también? ¿Acaso tú también trabajas para él?

—¿De qué habla? ¿Para quién? —mi corazón latía desbocado. Podía oler el alcohol mezclado con su fragancia varonil. El calor que desprendía su cuerpo me estaba mareando aún más, encendiendo una chispa extraña en mi propio estómago.

—¡Para Maxim! —gritó, golpeando la puerta con el puño. El sonido me hizo ahogar un grito—. Mi hermano... ese infeliz saboteó las acciones antes del desfile. ¡Toda mi familia quiere verme caer! ¡Todos son unos traidores!

—Yo no lo traicioné, señor... Alexander —el uso de su nombre de pila pareció frenarlo.

Él bajó la mirada hacia mis labios. La furia en sus ojos grises comenzó a mutar en algo mucho más oscuro, espeso y primitivo. El silencio en la habitación se volvió sofocante, cargado de una electricidad estática que me impedía moverme. Durante dos años había enterrado el deseo secreto que sentía por este hombre, convenciéndome de que yo solo era una empleada invisible para él. Pero la forma en que me miraba en este momento me hacía temblar las piernas.

—Hueles tan dulce... —susurró, y su voz ya no daba miedo, sino que acariciaba—. No hueles a los malditos perfumes sintéticos de la empresa. Hueles a ti.

Su mano libre bajó de la puerta y se posó en mi cintura. Su tacto quemaba a través de la fina tela de mi vestido de cóctel. Me estremecí, dejando escapar un débil suspiro.

—Alexander, esto está mal... —intenté protestar, pero mi voz carecía de fuerza. El mareo, la champaña que había tomado antes y la intensidad de su cercanía estaban nublando mi juicio.

—Cállate —ordenó con un susurro ronco, eliminando los últimos centímetros de distancia—. Esta noche no hay nombres. No hay contratos. No hay reglas. Solo tú y yo en este maldito infierno.

Su boca se estrelló contra la mía.

El beso no fue tierno; fue un reclamo hambriento, posesivo y desesperado. Alexander me besó como si fuera su único salvavidas en medio de un naufragio, y yo, traicionando cada una de mis reglas de supervivencia, enredé mis manos en su cabello oscuro y le devolví el beso con la misma intensidad contenida de dos años de silencios.

Me levantó en vilo con una facilidad pasmosa, haciendo que mis piernas se enredaran alrededor de su cintura mientras me transportaba hacia la enorme cama de sábanas negras.

La tableta digital cayó al suelo, olvidada, rompiéndose en la oscuridad.

Esa noche, enredada entre la seda y el aroma a sándalo, me entregué por completo al hombre equivocado.

Sabía que las consecuencias serían devastadoras, pero mientras sus manos grandes recorrían mi piel y sus labios susurraban promesas posesiva

s al oído, decidí quemarme en su fuego.

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