Capítulo 3 precio de un heredero

Elena

Las palabras del médico seguían flotando en el aire de la habitación del hospital como fragmentos de vidrio afilado.

Tres semanas de embarazo.

El monitor cardíaco a mi lado comenzó a pitar con fuerza, delatando el ritmo frenético de mi corazón.

En cuanto el doctor salió de la habitación con la promesa de regresar con los papeles del alta, el silencio se volvió asfixiante.

Alexander no se había movido de la ventana.

Su figura imponente recortaba la luz de la tarde neoyorquina, y la tensión que desprendía era tan densa que me costaba respirar.

En su rostro no había rastro de la pasión de París; solo quedaba el implacable tiburón de los negocios.

Lentamente, se giró. Sus ojos grises, antes fríos, ahora brillaban con una furia calculadora y peligrosa. Caminó hacia la camilla con pasos lentos, como un depredador que decide el momento exacto para clavar sus garras. Se detuvo justo al lado de la cama, obligándome a encogerme contra las almohadas.

—¿De quién es, Elena? —su voz fue un susurro sordo, áspero, que me caló hasta los huesos—. ¿Ese hijo es mío o es de alguien más? ¿Es una jugada de la competencia? ¿Una trampa de algún inversionista para obligarme a arrodillarme ante la junta directiva? ¡Responde!

El insulto me dolió en lo más profundo, pero la indignación encendió una chispa de valentía en mi pecho. Lo miré fijamente a los ojos, tragándome el nudo de miedo que tenía en la garganta.

—Llevo un año completamente soltera, señor Volkov —solté, con la voz firme a pesar de que por dentro temblaba—. No me interesa el dinero de su junta directiva ni trabajo para sus rivales. Es más que obvio que este hijo es suyo. Usted estuvo ahí esa noche en París, usted sabe perfectamente lo que pasó en esa suite presidencial del hotel.

Alexander apretó la mandíbula con tanta fuerza que una línea rígida se marcó en su mejilla. Su mirada descendió cargada de desprecio.

—Escúchame bien —dijo, inclinándose hacia mí de modo que su rostro quedó a escasos centímetros del mío—. En estos momentos de mi vida no puedo tener a un heredero. Las acciones del emporio están bajo la lupa de los inversionistas internacionales, y no voy a permitir que un escándalo destruya todo lo que he construido con la marca. Y mucho menos... mucho menos tendré un hijo con una simple secretaria. Con una trepadora que abusa de su jefe ebrio para intentar asegurar su futuro financiero a mi costa.

Cada palabra era un puñal impregnado en veneno. Quise gritarle, quise abofetearlo por llamarme trepadora cuando fue él quien me retuvo, pero él no me dio tiempo. Se apartó de la camilla de golpe y tomó su bolso deportivo de diseñador, el cual estaba apoyado sobre el sillón de cuero de la habitación. Lo abrió con un movimiento brusco y sacó varios fajos de billetes amarrados con ligas elásticas. Los arrojó sobre la sábana blanca de mi camilla, justo frente a mis manos.

—Ahí hay diez mil dólares en efectivo —sentenció, con una frialdad que me congeló la sangre—. Úsalos para deshacerte de ese problema de inmediato. Hazte un aborto, Elena. Borra ese error antes de que pase más tiempo.

Me quedé estupefacha, mirando el montón de dinero con un asco indescriptible. Las lágrimas nublaron mi vista, pero me negué a dejarlas caer frente a él. No le daría el placer de ver mi dolor.

—Te espero en mi oficina en veinte días —continuó, acomodándose las mangas de la camisa blanca con una indiferencia brutal—. La junta directiva con los coreanos y el lanzamiento de la línea deportiva en Seúl fue todo un éxito rotundo. Yo cumplo mi palabra con mis empleados eficientes. Hace un mes dejé arreglado tu aumento de sueldo, así que a tu cuenta personal ya te envié el bono correspondiente por el éxito de París y la nómina con el nuevo salario ajustado.

Hizo una pausa, tomándose el saco del traje gris para ponérselo sobre los hombros. Volvió a mirarme con esa distancia gélida que me hacía sentir invisible, como si fuera una máquina averiada.

—No me llames. No me busques. En veinte días tú sabes perfectamente cuál es mi oficina, en qué edificio queda y en qué piso es. Tienes tres semanas para resolver este asunto y regresar a trabajar como si nada hubiera pasado.

Se dio la vuelta y cruzó el umbral de la habitación, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco que resonó en mis oídos.

Me quedé sola.

El pitido del monitor cardíaco parecía burlarse de mi desgracia. Miré los diez mil dólares sobre la cama.

Sentí un asco profundo, una necesidad visceral de huir lejos de su sombra.

Sin pensarlo dos veces, me arranqué la vía intravenosa del brazo de un tirón, ignorando el pinchazo de dolor y la pequeña gota de sangre que brotó de mi piel. Me deslicé fuera de la cama, me puse mis zapatos planos y metí el dinero de Alexander en mi bolso con manos temblorosas.

Tomé un taxi en la salida de emergencias y le di la dirección de mi casa en Queens.

El trayecto se me hizo eterno.

Mi mente iba a mil por hora, reviviendo las crueles palabras de Alexander. Él pensaba que podía comprar la vida de mi hijo con diez mil dólares y un aumento de sueldo corporativo.

Cuando el taxi se detuvo frente a la pequeña y humilde casa de mi familia, respiré hondo. Alexander sabía perfectamente dónde vivía; meses antes, durante una tormenta de nieve en la que me había quedado trabajando en la marca hasta la madrugada, él mismo me había traído en su auto de lujo hasta esta misma puerta. Recordar eso ahora me causaba escalofríos. Estaba segura de que si me quedaba aquí, él mandaría a sus asistentes a vigilarme para cerciorarse de que cumpliera sus órdenes.

Entré a la casa azotando la puerta.

El olor a comida casera y la calidez del hogar me recibieron de inmediato. En la sala estaban mis padres, Arturo y Carmen, junto a mi hermano Mateo y mi pequeña hermanita Sofía, quien jugaba en la alfombra.

—¡Elena! ¿Qué pasó? En la televisión dijeron que te habías desmayado en la empresa —dijo mi madre, corriendo a abrazarme con el rostro lleno de angustia.

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