Capítulo 4 El aroma de un nuevo comienzo
Elena
El aire de este pequeño condado, escondido entre montañas y habitado por poco más de dos mil personas, olía a pino, a tierra mojada y, desde hacía un par de semanas, al cuero fresco y las esencias naturales de nuestro propio negocio.
—Elena, por favor, deja esa caja en el suelo —me regañó mi madre, quitándome un contenedor de plástico de las manos mientras limpiaba el sudor de su frente—. Estás en el segundo mes de embarazo, el médico del pueblo dijo que necesitas reposo. No quiero que cargues nada pesado.
—Mamá, solo son frascos vacíos para los tónicos faciales —sonreí de lado, aunque por dentro agradecía su insistencia. Dejé caer mi cuerpo sobre una de las sillas de madera del local—. Además, me siento perfectamente bien. Las náuseas matutinas ya me dieron tregua por hoy.
—No me importa. Tu padre y Mateo se encargarán del inventario pesado cuando regresen —sentenció ella, acomodando con orgullo en los estantes de madera las carteras de cuero hechas a mano que mi padre arreglaba en el taller trasero.
Habíamos usado gran parte de mis ahorros, el jugoso bono de París y los diez mil dólares que Alexander pretendía usar para comprar la vida de mi hijo, así compramos esta pequeña casa de dos pisos en el pueblo.
En la planta baja habíamos montado Santos Boutique & Beauty, un negocio familiar que combinaba lo mejor de nuestras habilidades: la ropa de buena mano y las costuras de mi madre, las carteras restauradas por mi padre, y los cosméticos orgánicos y productos de cuidado facial que yo misma formulaba basándome en todo lo que había aprendido durante mis dos años en la gran corporación.
—Hola, mujeres de la casa —saludó mi hermano con voz ronca, dejándose caer en el taburete del mostrador—. Vengo muerto. La jornada nocturna en la tienda estuvo pesada. Unos sujetos intentaron irse sin pagar tres cervezas y tuve que corretearlos.
—¡Mateo! Te he dicho que no te arriesgues por unos dólares —le reclamé, levantándome de la silla para servirle un vaso de agua fría—. Ya es suficiente con que pases toda la tarde en la universidad en la ciudad vecina como para que pases la mitad de la noche trabajando en esa tienda de 24 horas.
—Es medio tiempo, Elen —respondió él, dándome una sonrisa cansada pero llena de determinación antes de beber el agua—. Además, la matrícula de la carrera de administración no se paga sola, y los medicamentos de Sofía son prioridad. Todos estamos poniendo de nuestra parte.
Un nudo de gratitud me cerró la garganta. Mi familia no me había juzgado ni un solo segundo. Al contrario, se habían convertido en mi escudo.
—¿Cómo sigue nuestra guerrera? —preguntó Mateo, bajando la voz y mirando hacia las escaleras que subían a la vivienda.
—Dormida. El médico del condado vino a revisarla temprano —intervino mi madre, con los ojos brillando de una mezcla de alivio y cansancio—. Ya se cumplió un mes exacto desde el trasplante de riñón. El donante apareció justo a tiempo antes de irnos de Nueva York y la recuperación ha sido un milagro.
—Gracias a Dios —susurró Mateo, persignándose—. Al menos esa preocupación ya va saliendo de nuestra lista.
Sonreí, llevando instintivamente una mano a mi vientre, el cual todavía lucía plano bajo mi blusa holgada.
La recuperación de Sofía era la prueba de que haber huido de Nueva York había sido la decisión correcta.
Si me hubiera quedado bajo el yugo de Alexander, atrapada en su oficina del piso cincuenta, el estrés me habría destruido y jamás habría tenido la paz para cuidar a mi hermana y a mi propio bebé.
Los síntomas del embarazo y más que nada los olores fuertes me provocaban arcadas incontrolables. Irónicamente, el olor a sándalo —el sello del perfume de Alexander— se había convertido en mi peor enemigo. Tuvimos que eliminar cualquier esencia similar de nuestra línea de cosméticos artesanales.
Ahora, prefería formular mis cremas faciales con extractos puros de manzanilla, lavanda y aloe vera.
Diseñar mis propios productos, controlar los ingredientes sin la presión de una junta directiva que solo buscaba abaratar costos, me devolvía la vida.
—Elena, llegó un cliente —me susurró Mateo, dándome un leve codazo.
caminé hacia el mostrador con mi mejor sonrisa profesional, una que ahora era auténtica y dulce, no la máscara rígida que usaba en la multinacional.
—Buenos días, señora Higgins. ¿Qué tal le funcionó el tónico de agua de rosas que se llevó la semana pasada? —pregunté amablemente.
—¡Muchacha, es una maravilla! —exclamó la mujer, tocándose las mejillas con entusiasmo—. Mi piel amaneció tan suave que mi esposo pensó que me había hecho una cirugía estética. Hoy vengo por una de esas carteras de cuero marrón que tu padre restauró y un vestido de lino que tu madre tejió. Quiero lucir perfecta para la reunión comunitaria del viernes.
—Por supuesto. Permítame mostrárselos —respondí.
Pasé la siguiente hora mostrando las prendas de ropa de buena mano, empacando las cremas de cuidado facial y cobrando con la pequeña terminal de tarjetas que habíamos instalado.
Trabajar con mis padres y mi hermano en nuestro propio negocio tenía una magia única. Cada dólar que entraba a la caja registradora no iba a parar a las cuentas bancarias de un playboy arrogante.
Al caer la tarde, cerramos el local.
Mi padre llegó del taller con las manos manchadas de grasa pero con una sonrisa enorme al ver que la caja del día había sido buena.
Cenamos todos juntos en la mesa del segundo piso, riendo de las ocurrencias de Sofía, quien ya mostraba un color saludable en sus mejillas y exigía comer más de lo permitido.
Más tarde, cuando todos se fueron a dormir, me quedé parada junto a la ventana de mi habitación, contemplando las calles oscuras y pacíficas de Oak Creek.
Apoyé ambas manos en mi vientre, sintiendo una conexión profunda con esa pequeña vida que crecía dentro de mí.
Me preguntaba qué habría pasado en la oficina corporativa cuando se cumplieron los veinte días que me había dado de plazo.
Me preguntaba si habría mandado a buscarme a mi antigua casa en Queens y qué cara habría puesto al descubrir que su eficiente secretaria había desaparecido de la faz de la tierra junto a toda su familia, sin dejar un solo rastro.
Él pensaba que los diez mil dólares comprarían mi silencio y la vida de su heredero.
No sabía que ese dinero se había convertido en los cimientos de mi libertad.
