Capítulo 4 Punto rojo

Punto rojo

El punto rojo no volvió.

Eso no me tranquilizó.

Adrián me empujó al suelo con una mano en la nuca, la otra ya buscando a Mateo a ciegas. El dibujo de la tele siguió hablando solo, una risa de cartoon en un departamento a oscuras. Mi hijo dijo “mamá” una vez. Una. Como si más fuera un lujo.

—Pasillo —ordenó Adrián, pegado a mi oído—. Sin pasar por el vidrio.

Gateamos. El río abajo seguía brillando, idiota, hermoso, como si San Pedro no hubiera sido cazada. En el pasillo interior no había ventanas. Adrián cerró la puerta de un baño y nos metió adentro: bañera, toallas nuevas, el olor a hotel caro que a mí me abre la herida del Mandarin. Encendió la linterna del teléfono contra el piso, un cono bajo, y revisó a Mateo de cabeza a pies con una eficiencia que me dio asco y alivio a la vez.

—Estoy bien —dijo el niño, ofendido de tanto manoseo.

—Lo sé.

Adrián se puso de pie. Marcó a M sin alzar la voz.

—Piso dieciocho. Punto en el vidrio. Quiero el edificio de enfrente cerrado. Si hay un fotógrafo, lo quiero hablando. Si hay otra cosa, no quiero el cadáver en las noticias.

Colgó. Me miró. En esa luz miserable la cicatriz de la ceja parecía recién abierta.

—¿Era un arma? —pregunté.

—Era un aviso. Las armas no titilan para saludar.

—Qué alivio —escupí—. Solo nos están midiendo la cara para el obituario.

Mateo levantó la vista.

—¿Qué es un obituario?

—Nada —dije yo, demasiado rápido—. Una palabra fea de adultos.

Adrián se agachó otra vez.

—Tú te quedas aquí con mamá. No salgas. Si oyes vidrio, te metes a la bañera. ¿Entendido?

Mi hijo asintió. Odié que asintiera tan bien. Odié que este hombre le hablara en el idioma de las emergencias y que Mateo, a los cinco, ya lo entendiera.

Cuando Adrián se giró para salir, lo agarré del saco.

—No me dejes encerrada como si yo fuera la secretaria y esto una junta.

—Eres la madre de mi hijo. Es peor.

—Entonces no me trates como un problema de logística.

Me miró la boca. Un segundo. El error de siempre.

—Tú te metiste sola en la logística el día que te fuiste con él en la panza y no me marcaste.

La puerta del baño quedó entreabierta. Mateo, del otro lado de la bañera, fingió interesarse en una toalla. Adrián me tenía contra el lavamanos, no con las manos: con el cuerpo, con esa forma de ocupar el aire que yo reconocería en una habitación sin luz.

—Once días —le dije, baja—. Tuvimos once días de ventaja y los usaste para comprar yogurt y no para avisarme.

—Si te avisaba, corrías.

—Si te callabas, nos apuntaban igual.

—Elegí el menor de los desastres.

—Eres experto en eso. Esa mañana también elegiste el menor. Me follaste y me diste una frase para la carretera.

Se le tensó la mandíbula.

—No digas “me follaste” como si no te hubieras corrido en mi nombre.

El golpe me llegó más abajo que al orgullo. El baño era pequeño. El recuerdo, no. Me vio notarlo. Por supuesto que me vio. Adrián Varela lee una sala en tres segundos; una entrepierna, en uno.

—No ahora —logré.

—No ahora —repitió él, y aun así no se apartó.

Su teléfono vibró contra mi cadera. M. Puso el altavoz al mínimo.

—Edificio de enfrente. Un arriendo de paso, pagado en efectivo. Habitación vacía. Trípode. Cámara. Se fueron hace cuatro minutos por la escala de servicio. Dejaron un sobre.

—¿Contenido?

—Una llave. Y una nota. “La siguiente es del niño. Sola.”

Se me doblaron las rodillas. Adrián me sostuvo el codo como si eso no fuera un gesto íntimo.

—Saca el auto a la rampa norte —dijo al teléfono—. No el subterráneo. Y cierra este piso. Que no quede ni el yogurt.

Colgó.

Mateo asomó la cabeza.

—¿Nos vamos otra vez?

—Sí —dije yo.

—¿Con él?

Adrián no le mintió.

—Conmigo.

En el ascensor privado el silencio pesaba. Mateo iba en mis brazos, demasiado grande para eso y demasiado asustado para protestar. Adrián se paró delante de las puertas, tapándonos con la espalda. El arma otra vez bajo el saco. Yo miraba la costura de su cuello, la lluvia seca en el pelo, el hombre al que le organicé funerales de empresas y jamás un desayuno con un niño.

—Cuando esto pase —murmuré—, te vas.

—Cuando esto pase —respondió él, sin girarse—, te quedas.

El SUV nos esperaba con el motor ya vivo. San Pedro de noche es un escaparate: rejas, lámparas, el río como una herida negra. Apenas salimos del edificio, el teléfono de Adrián volvió a encenderse. No era M. No era el número desconocido.

Era Catalina.

Esta vez contestó en altavoz, como quien ya no tiene tiempo de esconder la basura.

—Estoy en el aeropuerto de Carriel Sur —dijo ella, sin saludo—. Concepción. No me mientas con Santiago. Tu piloto tiene la boca suelta cuando le pagas mal.

A Adrián se le fue un segundo la máscara. Uno.

—Date la vuelta.

—No. Quiero verte la cara cuando me expliques por qué hay un departamento a tu nombre fantasma y una mujer que no soy yo. Mi padre ya huele algo. Si llego yo primero, te queda el cuento. Si llega él, te queda el velorio.

Mateo susurró:

—Otra vez la señora enojada.

Catalina oyó la voz chica. El silencio del otro lado fue peor que un grito.

—Adrián —dijo, y la voz se le quebró de una forma que no era odio todavía, era el segundo anterior al odio—. ¿Hay un niño?

Él no respondió.

Eso fue una respuesta.

Catalina rio, breve, feo.

—Bien. Entonces no voy a dar la vuelta. Voy a tu puta reunión. Y si esa mujer está contigo, que me mire a la cara. Firmé papeles. Sonreí. No me voy a enterar por un niño en un auto.

La llamada murió.

Adrián apretó el teléfono hasta ponérsele blancos los nudillos.

—Cambia de ruta —le dijo al conductor—. No el departamento de respaldo. El hangar. Ahora.

—¿Hangar? —pregunté.

—Avión. Santiago. Esta ciudad se acabó.

—No vas a subirnos a un avión como si fuéramos maletas.

—Voy a subirte a un avión porque Catalina Riquelme aterrizó a veinte minutos de aquí y su padre no viaja sin gente. El sobre decía “la siguiente es del niño”. Haz las cuentas.

Mateo apoyó la cabeza en mi cuello.

—Mamá… yo no quiero avión.

—Lo sé, cielo.

—El tío del caramelo dijo que si el hombre venía, ya no iba a tener que esconderme.

Se me heló la sangre.

—¿Qué más te dijo el tío, Mateo?

Mi hijo dudó. Los niños dudan cuando sienten que la verdad les va a costar el postre o la casa.

—Dijo que mamá mentía. Que el hombre de la foto no era un secreto. Que era un dueño.

Adrián cerró los ojos.

Cuando los abrió, le habló al conductor:

—Más rápido.

El hangar apareció al borde de la lluvia, luces blancas, un jet pequeño con la puerta abierta como una boca. Bajamos. El viento me pegó la ropa al cuerpo. Un piloto hizo que no nos veía. Adrián me tomó el brazo al pie de la escalerilla.

—En el aire me vas a contar cada palabra que ese hombre le dijo. Cada caramelo. Cada vez que se acercó a la reja. No me omitas nada para protegerme el orgullo.

—No es tu orgullo lo que protejo.

—Lo sé. Proteges el mío de hace seis años. Se acabó.

Estaba a un peldaño de empujarme. El cuerpo lo tenía encima otra vez, la lluvia, la boca demasiado cerca. No era el hotel. Era peor: estaba sobrio y aun así me miraba como si fuera a comérmela ahí, delante del jet, delante del niño, delante de la guerra.

—Sube —dijo.

Subí.

El avión olió a cuero y a final de algo. Abroché a Mateo en el asiento. A través de la ventanilla vi luces de un auto acercándose por la pista de servicio, demasiado rápido para ser el de M.

Adrián las vio también.

No cerró la puerta.

Sacó el arma.

Y el teléfono, sobre la mesita, mostró un mensaje nuevo del número desconocido.

No era una foto.

Era un audio.

Apreté reproducir con el pulgar temblando.

La voz de Catalina Riquelme, grabada hacía menos de un minuto, en un auto, con el aeropuerto todavía de fondo:

—Papá. Ya sé dónde está. Y no voy sola.

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