Capítulo 1 Capítulo 1: El Precio de la Sombra
El olor a cera para muebles, aire acondicionado industrial y café amargo siempre ha sido el perfume de mi imperio. A mis treinta y dos años, el piso cincuenta de la Torre Sterling no es solo la sede de la corporación más influyente de la ciudad; es el mapa exacto de mi aislamiento. Desde los ventanales de piso a techo, la metrópolis parece un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve según mis órdenes. Pero el control es una ilusión frágil, y yo estaba a punto de descubrirlo de la peor manera.
Revisaba el informe trimestral del departamento de logística cuando la puerta de mi despacho se abrió sin previo aviso. Julian Cross, mi abogado y único amigo en este nido de víboras, entró con la corbata desanudada y una carpeta de Manila apretada contra el pecho.
—Christopher, tienes que ver esto antes de la reunión de la junta con los Rothschild —dijo, cerrando la puerta con pestillo.
—Si es sobre la baja en las acciones del sector energético, ya lo vi —respondí sin levantar la vista del monitor—. Dile al consejo que la fusión absorberá el impacto.
—No es el mercado, Christopher. Es sobre el personal administrativo de los niveles inferiores. Se filtró un desfalco en la base de datos de archivo de la planta tres. Alguien está alterando los registros de auditoría interna de los últimos cinco años.
Alcé la cabeza. El archivo central era el sótano de la empresa, el lugar donde se depositaban los documentos muertos antes de su digitalización final. Nadie con dos dedos de frente arriesgaría una pena de cárcel por manipular folios amarillentos, a menos que buscara algo muy específico.
—¿Identificaron al responsable? —pregunté, sintiendo un leve cosquilleo en la nuca, ese instinto primario que me avisaba del peligro antes de que la lógica lo procesara.
—Aún no. Pero la persona a cargo de la clasificación manual de esa área fue contratada hace tres semanas tras una recomendación anónima. La firmó la oficina de Recursos Humanos sin pasar por tu filtro.
Se me heló la sangre. Nada en Sterling Enterprises se movía sin mi autorización. Nada.
—Baja a ese departamento ahora mismo y trae a quien esté a cargo —ordené, poniéndome de pie y abotonándome el saco del traje.
—Es más fácil si bajas tú —murmuró Julian, evitando mi mirada—. La persona no va a subir por las buenas. Y créeme, preferirás que esto no se discuta por teléfono.
Sin decir una palabra más, salí del despacho. El trayecto en el ascensor privado hacia los niveles subterráneos fue un descenso literal desde el lujo pulido hasta el hormigón frío. El aire en el piso menos dos olía a humedad, papel viejo y polvo acumulado. Era un universo paralelo al que nunca bajaba el CEO.
Caminé entre las filas infinitas de estanterías metálicas. El chasquido de mis zapatos de cuero resonaba en el silencio sofocante del pasillo. Al fondo del pasillo cuatro, bajo la luz parpadeante de un tubo fluorescente, una mujer de espalda pequeña, vestida con un sencillo suéter gris y el cabello recogido en una trenza floja, apilaba cajas de cartón.
—El acceso a este sector está restringido durante el horario de auditoría —dije con la voz helada que usaba para amedrentar a los consejeros delegados.
La mujer se congeló. Su espalda se puso rígida de inmediato. Dejó la caja sobre la mesa de madera y, lentamente, giró sobre sus talones.
El mundo se detuvo. El aire se me escapó de los pulmones con la violencia de un golpe físico en el estómago.
—Hola, Christopher —dijo.
Elena Vance.
La misma mujer que hace cinco años había recogido sus cosas de mi departamento mientras yo dormía, la que había firmado un acuerdo de renuncia voluntaria y se había esfumado tras cobrar un cheque de dos millones de dólares emitido por la cuenta de mi madre. La mujer que me destruyó el corazón y me enseñó que la lealtad tenía un precio en efectivo.
—Tú... —mi voz sonó como un raspado de piedra contra piedra. La rabia, reprimida durante medio decenio, brotó a la superficie con un ardor sofocante—. ¿Qué demonios haces en mi empresa?
Elena dio un paso atrás, chocando contra las estanterías. Sus ojos oscuros, habitualmente serenos en mis recuerdos, estaban desencajados por el pánico. Pero no era el pánico de un ladrón atrapado; era el terror de una presa acorralada.
—Trabajo aquí —respondió con la barbilla en alto, intentando disfrazar el temblor de sus manos—. Bajo mi nombre legal. No estoy violando ninguna ley.
—¡Firmaste una cláusula de confidencialidad y alejamiento! —grité, acortando la distancia entre los dos hasta acorralarla contra el metal de la estantería—. Te pagaron para que desaparecieras de mi vida y de esta ciudad. ¡Aceptaste el dinero de mi madre y te fuiste sin mirar atrás!
Elena soltó una carcajada amarga, un sonido seco que me erizó los vellos del brazo. Los ojos se le llenaron de lágrimas que se negó a dejar caer.
—¿El dinero de tu madre? —siseó, encarándome a centímetros de mi rostro—. S Sigues siendo el mismo arrogante ciego de siempre. Tu madre me amenazó con hundir a mi hermano en la cárcel por un delito que no cometió si no firmaba ese documento. Nunca cobré un solo centavo de ese cheque, Christopher. Lo destruí en la trituradora de la calle al salir de tu edificio.
Me quedé helado. Las palabras chocaron contra mi mente como un tren de carga. ¿Destruido? La auditoría de mi madre mostraba el débito efectivo de esa cuenta.
—Mientes —dije, aunque la duda comenzó a carcomerme las entrañas—. Volviste por más. Sabes que la fusión con los Rothschild es este mes y vienes a chantajearme.
—No quiero tu dinero, ni tu empresa, ni tu ridículo imperio —dijo, intentando empujarme el pecho. Sus manos se sintieron cálidas y desesperadas contra mi saco—. Necesitaba el empleo. Mi hermano murió hace un año y no tenía cómo pagar el alquiler. Si me descubriste, despídeme. Me iré ahora mismo.
—No te vas a ir a ninguna parte —sentencié, tomándola bruscamente por la muñeca. Un impulso posesivo y oscuro tomó el control de mi razón—. Te traslades a partir de este minuto al piso cincuenta. Serás mi asistente personal de archivo. Si intentas cruzar la puerta del edificio, interpondré una demanda por fraude laboral e incumplimiento de contrato que te mantendrá en los tribunales el resto de tu vida.
—¡Estás demente! —gritó, forcejeando—. ¡No puedo trabajar arriba! ¡No puedo estar cerca de ti!
—Lo harás. Vas a responder por cada año de silencio, Elena.
En ese momento, el teléfono de Elena, tirado sobre la mesa de trabajo, comenzó a sonar. El tono de llamada era una melodía infantil, chillona y alegre, totalmente fuera de lugar en aquel sótano tétrico.
Elena palideció instantáneamente. Se abalanzó sobre la mesa para apagar la pantalla, pero fui más rápido. Le arrebaté el teléfono de la mano.
En la pantalla iluminada brillaba una foto de contacto y un nombre: Jardín Infantil Las Acacias. La imagen mostraba a un niño de unos cuatro años, de cabello castaño rizado y sonrisa amplia, sosteniendo un dibujo hecho con ceras de colores.
