Capítulo 2 Capítulo 2: El Eco de los Pasos

Pero lo que me paralizó no fue el nombre de la escuela. Fue el rostro del niño.

Tenía mis mismos ojos rasgados de color gris acero. La misma pequeña hendidura en la barbilla. Era un retrato calcado de mis propias fotos de la infancia.

Miré la pantalla y luego miré a Elena, cuya respiración se había convertido en un hiperventile frenético.

—Elena... —murmuré, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies—. ¿De quién es este niño?

Ella intentó arrebatarme el teléfono, con el rostro bañado en lágrimas de pura desesperación.

—Es mi hijo —dijo con la voz quebrada—. Solo mío. Devuélveme el teléfono, Christopher. Por favor...

—Tiene cuatro años —dije, haciendo el cálculo matemático en mi cabeza con una precisión terrorífica. Hace cuatro años y nueve meses ella había salido de mi vida—. Tiene mi rostro, Elena.

Un giro brutal golpeó mi pecho. La mujer que creí que me había vendido por dinero no solo había huido bajo amenazas de mi madre, sino que se había llevado consigo a mi propio hijo. La venganza que había planeado hace cinco minutos se evaporó en el aire, sustituida por una tormenta de responsabilidad, culpa y un instinto paterno feroz que jamás supe que poseía.

—Su nombre es Leo —susurró ella, rindiéndose y dejándose caer contra la mesa, sollozando sin control—. Y no voy a dejar que tu familia se lo lleve.

—Nadie se lo va a llevar —respondí, bajando la mano con el teléfono y mirándola con una determinación que cambió para siempre el rumbo de nuestras vidas—. Porque a partir de hoy, ni tú ni mi hijo volverán a ocultarse en las sombras.


El silencio en el piso cincuenta era distinto al del sótano. Aquí no olía a papel viejo, sino a cuero de diseño, cristal recién pulido y ese perfume helado que la élite llama éxito. Caminé por el pasillo central con pasos firmes, aunque por dentro sentía que el suelo de mármol se agrietaba con cada metro. Detrás de mí, el eco de los tacones gastados de Elena resonaba como una acusación constante.

Al entrar a mi despacho, cerré la puerta de golpe y le señalé el sillón de piel.

—Siéntate —dije, tratando de infundir a mi voz la autoridad que los miembros del consejo temían.

—Prefiero quedarme de pie, Christopher —respondió ella, apretando la correa de su bolso desgastado contra el pecho. Sus ojos, rojos por las lágrimas contenidas, me sostenían la mirada con un orgullo que ni la pobreza ni mi dinero habían podido quebrantar.

—Se llama Leo —murmuré. Decir el nombre de mi hijo por primera vez me raspó la garganta—. Tiene cuatro años. Lo que significa que cuando te fuiste de mi departamento... ya lo sabías.

Elena soltó una risa amarga y desvió la mirada hacia el ventanal que dominaba la ciudad.

—Lo supe tres días antes de que tu madre se presentara en la cafetería donde solía esperarte. Me mostró las fotos de mi hermano, los expedientes falsos que sus abogados ya habían redactado y me dio dos opciones: desaparecer en veinticuatro horas o ver a mi única familia pudrirse en una celda por un delito prefabricado.

—¿Y por qué no me lo dijiste a mí? —el reclamo se me escapó antes de poder frenarlo, cargado de un dolor que llevaba cinco años pudriéndose en mi pecho—. ¡Era yo quien estaba en tu cama todas las noches, Elena! ¡Era a mí a quien le decías que me amabas!

Elena dio dos pasos hacia mi escritorio, apoyando las palmas sobre la caoba.

—¡Porque tú eras un Sterling! —siseó en un susurro furioso, cuidando de no alzar la voz demasiado—. Porque tu madre controlaba tus fideicomisos, tu carrera y tus ideas. ¿Qué ibas a hacer a los veinte siete años, Christopher? ¿Enfrentar al conglomerado más poderoso del país por una asistente de archivo sin apellido? Hubieras intentado protegerme, y tu familia nos habría destruido a los tres.

Sus palabras me dieron de lleno. Tenía razón. A los veintisiete años, mi ambición era ciega y mi fe en la reputación de mi apellido era absoluta. Habría dudado. Habría intentado negociar con mi madre, abriendo una brecha mortal que los abogados habrían aprovechado para arrebatarle el niño en cuanto naciera.

—Ya no tengo veintisiete años —dije, rodeando el escritorio hasta quedar a escasos centímetros de ella—. Y ya no soy el títere de mi madre.

Antes de que Elena pudiera responder, el intercomunicador de mi escritorio emitió un tono agudo. La voz de mi secretaria resonó en la sala:

—Señor Sterling, la señora Victoria Rothschild está en la línea dos. Dice que es urgente confirmar el menú y el protocolo para la cena de compromiso de esta noche.

Un escalofrío recorrió la espalda de Elena. Victoria. La prometida aristócrata que mi madre había elegido minuciosamente para sellar la fusión multimillonaria entre Sterling Enterprises y el Grupo Rothschild. La mujer con la que se suponía que debía casarme en tres meses para asegurar el control de la junta.

Miré el teléfono parpadeante y luego a Elena.

—Cancela la llamada —ordené al intercomunicador—. Y dile a la recepcionista que no estaré disponible para nadie el resto de la tarde.

—¿Te vas a casar con ella? —preguntó Elena en un hilo de voz. No había celos en su tono; había una decepción profunda y resignada.

—Ese contrato ya no tiene ningún sentido —respondí, abriendo el cajón de mi escritorio para extraer una pluma de montura dorada y una hoja en blanco—. A partir de hoy, trabajas directamente bajo mi supervisión. Te asignaré el despacho continuo. Tu único trabajo será revisar las auditorías antiguas del departamento de mi madre.

—¿Vas a usarme para vengarte de ella? —preguntó, cruzándose de brazos.

—Voy a usar la verdad para proteger a mi hijo —corregí—. Pero primero, necesito ver a Leo.

—No —dijo categóricamente, dando un paso atrás—. No voy a meter a un niño de cuatro años en medio de tu guerra corporativa. No sabes de lo que es capaz tu madre cuando se siente amenazada, Christopher. Si se entera de que Leo existe...

—Ya lo sabe.

El silencio que siguió a mi frase fue tan denso que pareció aplastar el aire de la habitación. Elena se petrificó.

—¿Qué dijiste? —balbuceó, perdiendo el poco color que le quedaba en el rostro.

Saqué mi teléfono personal y le mostré un mensaje que había recibido diez minutos antes de bajar al archivo, un texto que en su momento no había logrado comprender pero que ahora cobraba un sentido escalofriante.

"El informe del jardín infantil Las Acacias ha sido verificado. La cláusula de herencia está en riesgo, Christopher. Necesitamos hablar antes de la cena."

El remitente no era Victoria. Tampoco era mi madre. Era el número privado de Julian Cross, mi propio abogado.

—Julian... —susurró Elena, llevándose las manos a la boca.

—Julian nunca trabajó para mí —dije, sintiendo cómo el estómago se me revolvía en una mezcla de rabia y asco—. Ha estado filtrando la información de la empresa a mi madre desde el primer día. Él fue quien te trajo aquí, Elena. No fue una coincidencia que te contrataran en el archivo.

Un giro helado nos atrapó a ambos en el centro de la oficina.

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