Capítulo 4 Capítulo 4

Logan

—Invita a la Omega a cenar conmigo.

Las palabras se me escaparon antes de que pudiera detenerlas.

No debería estar mandando a buscarla. Con lo que ella era para mí, era el movimiento equivocado. La sorpresa cruzó el rostro de Kael por un segundo antes de que inclinara la cabeza con sutileza y saliera de la habitación a grandes zancadas, sin hacer preguntas. Exhalé con fuerza, recostándome en la silla.

Esto era un error.

Invitarla a cenar era temerario y estúpido.

¿Acaso no me enorgullecía de tomar decisiones basadas en la lógica y no en el impulso?

Me quedé mirando el vacío, tamborileando suavemente los dedos contra la rodilla. Necesitaba respuestas. Eso era todo. Necesitaba saber por qué había estado en el bosque, quién podría haberla enviado... y por qué demonios mi lobo me arañaba por dentro como una bestia enjaulada. Esa era la única razón.

Nada más.

Repetí esas palabras en mi cabeza, obligándome a creerlas, pero cuando Kael regresó diez minutos después, con el rostro cuidadosamente inexpresivo, mi reacción me tomó por sorpresa. Estaba en la sala del trono completamente solo. Y solo había una razón por la que no traía a la Omega con él.

—Rechazó —me informó.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué hizo? —pregunté despacio.

Abrió la boca. La cerró. Lo intentó de nuevo.

—Se negó a la invitación —su mirada cayó al suelo—. Insistió en que no tenía ningún interés en cenar con usted.

El silencio se estiró entre nosotros, espeso y asfixiante. Mi lobo se erizó, y un gruñido bajo amenazó con subir por mi garganta.

¿Me rechazó?

¿Cómo se atrevía a rechazarme?

No solo era una Omega; también era mi pareja. Lo único que se suponía que debía hacer era responder cuando yo la llamara.

El vínculo de pareja tal vez no fuera deseado, pero existía. Yo le había extendido una cortesía que no merecía, le había dado un lugar donde quedarse cuando debería haberla ejecutado en el acto. ¿Y me rechazaba? De pronto, la habitación se sintió demasiado pequeña.

—Puedes retirarte —dije entre dientes.

Se detuvo medio segundo antes de inclinar la cabeza con sutileza y salir.

La puerta apenas se cerró tras él cuando ya me estaba moviendo, con pasos pesados de rabia mientras atravesaba los pasillos hecho una tormenta. No presté atención a los licántropos que me lanzaban saludos; seguí caminando hasta llegar a las chozas de los Omegas, al borde del territorio. Sabía exactamente en cuál estaría: la peor de todas, porque no era miembro de la manada.

Ni me molesté en tocar. Empujé la puerta y entré en la patética excusa de vivienda que le había dado.

Ella estaba de pie cerca de la cama angosta, con los brazos cruzados mientras miraba por la ventanita. Giró la cabeza justo cuando la puerta se cerró detrás de mí. La sorpresa cruzó su rostro antes de que la ocultara. Odié que lo embriagador de su aroma me hiciera inhalar hondo, y que eso apaciguara de inmediato, aunque fuera a medias, mi furia.

—Ignoraste mi invitación.

Mi voz sonó medida, aunque mi lobo era cualquier cosa menos eso.

—No sabía que fuera una invitación —respondió con la misma frialdad—. Parecía más una orden.

Di un paso lento hacia ella, observando cómo se le entrecortaba la respiración pese al desafío en sus ojos. Bien. Debía tener miedo. Debía saber exactamente con quién estaba tratando.

—Deberías estar agradecida de que siquiera considerara ofrecerte un asiento en mi mesa —dije, bajando la voz a un tono peligrosamente más oscuro—. ¿Crees que solo porque te perdoné la vida tienes derecho a rechazarme?

Se humedeció los labios con nerviosismo mientras giraba la cabeza hacia un lado. Se recompuso enseguida y me sostuvo la mirada con el mentón en alto.

—Creo que deberías decidirte —dijo, con una calma afilada—. Mátame, échame, enciérrame, me da igual. Solo termina con esto, sea lo que sea, y sácanos a los dos de esta miseria.

La temperatura de la habitación cayó en picada con sus palabras, hasta volverse gélida. Y entonces algo dentro de mí se quebró. Antes de que pudiera tomar otro aliento, ya la tenía inmovilizada contra la pared, con las manos apoyadas a ambos lados de su cabeza.

Su respiración tembló. La mía salió áspera.

Demasiado cerca, demasiado cerca.

Estaba demasiado cerca de ella.

Se me fueron los ojos a sus labios antes de poder detenerme. Podía oírle el corazón, golpeando tan rápido como el mío. El rastro más tenue de una emoción demasiado dulce me rozó el olfato. Tan cerca, lo único que podía inhalar de ella era madreselva y vainilla.

Aléjate.

Ahora.

Ojalá fuera así de fácil obedecer la voz en mi cabeza. Estábamos tan cerca que ella respiraba el aire que yo exhalaba. Sin darme cuenta, me pegué más a su cuerpo.

Mierda.

Podía sentir cada centímetro de su cuerpo pequeño y suave. Sus pestañas aletearon; su cuerpo se quedó inmóvil contra el mío.

—Dime que pare —gruñí contra sus labios.

No lo hizo.

Aplasté mi boca contra la suya. Se le cortó el aliento por la sorpresa, pero solo un instante antes de que sus labios se volvieran suaves y dóciles contra los míos. Bastó una sola respiración para que encontráramos el ritmo. Me mordió el labio inferior y alzó las manos para rodearme el cuello.

Se las inmovilicé de inmediato junto a su cabeza. Me aparté, soltando una exhalación profunda cuando sus ojos se abrieron a medias.

—No creo que pudiera ponerle fin a esto con facilidad si me tocaras —confesé con voz ronca.

Un brillo travieso le cruzó la mirada cuando se le fue a mis labios.

—Suéltame las manos —dijo en voz baja.

Su tono era súplica y desafío a la vez. El deseo me atravesó con la aspereza de su voz. Sin pedirme permiso, mis manos descendieron.

Se mordió la comisura del labio y bajó la mano para acariciarme por encima del pantalón. Las palabras que susurró fueron tan descaradas que, por puro instinto, me incliné hacia ella y apoyé una mano en la pared por el impacto.

—Llévame de vuelta a la mansión, ahora —sus labios rozaron el borde de mi oreja—. Y fóllame.

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