Capítulo 5 Capítulo 5

Sienna

De verdad lo estaba haciendo.

Mi respiración era trabajosa mientras caminaba detrás de Logan, con la mirada fija en el suelo frente a mí. En silencio me estaba guiando de vuelta a la mansión; ni siquiera nos estábamos tocando y, aun así, se sentía como si todo el mundo supiera a qué íbamos a regresar.

A follarnos hasta perder la cabeza.

Cuando las palabras se me habían escapado, una parte de mí había estado segura de que eso por fin lo lograría. Que lo sacaría del trance en el que estaba. Pero no hicieron nada de eso. Si acaso, lo empujaron todavía más hondo.

Contuve el aliento, sin estar del todo segura de que no fuera a mandarme de vuelta a las chozas en cualquier momento. No tenía motivos para sentirme nerviosa; era evidente que él quería esto tanto como yo. Y, sin embargo, al pasar junto a un pequeño charco de agua y verme en su reflejo, no pude quitarme de encima la inseguridad.

Me pasé las manos por el cabello con disimulo, intentando que se viera menos enredado. La mansión apareció a la vista y, con el mismo silencio con el que habíamos caminado, Logan empezó a subir las escaleras. Abrió la puerta de una habitación en la planta baja y se detuvo al entrar, quedándose a unos pasos de mí, de espaldas.

La habitación era, con diferencia, la más lujosa que había visto en mi vida. Lino fino y seda cubrían cada centímetro de las paredes. En el centro había una cama tamaño king, con placas de oro en la base. A un lado se alzaba un gran escritorio, con una réplica más pequeña del trono encajada en él.

Su voz me sacó de mi aturdimiento.

—Cierra con llave.

La orden en su tono me recorrió con un escalofrío.

Me giré y eché el cerrojo con toda la fuerza que tenía. Para cuando volví la vista hacia él, ya se estaba desabotonando la camisa.

—Quítate la ropa —ordenó.

Mis manos fueron de inmediato a los botones del vestido que llevaba. Tragué saliva, apretando los labios.

¿Le gustaría lo que viera?

Yo no era tan curvilínea como las licántropas que había visto en la manada. Ellas tenían muchas ventajas que yo no tenía: buena comida, aceites naturales, tratamientos de belleza. Mis dedos temblaron mientras trabajaban y, entonces, el vestido cayó al suelo, dejándome de pie con solo mis bragas.

Mi brazo se alzó de inmediato para cubrirme los pechos.

—Quita las manos.

La aspereza de su voz me rozó la piel. Con un gran esfuerzo aparté la mano, y mis pezones se endurecieron bajo el peso de su mirada. Él recorrió mi cuerpo lentamente con los ojos, dejando que su camisa cayera al suelo.

Contuve el aliento cuando alzó la vista y la clavó en la mía; sus iris estaban tan oscuros que eran casi negros. Tenía los hombros muy anchos, y un tatuaje le cubría la piel del brazo izquierdo y parte del pecho. Mi mirada se fijó en el vaivén fluido de sus caderas cuando empezó a avanzar hacia mí.

Me levantó la barbilla con los dedos y, sin previo aviso, bajó sus labios sobre los míos. Las puntas duras de mis pezones se le clavaron en el pecho cuando él deslizó un brazo alrededor de mi cintura y me pegó por completo a su cuerpo. El deseo me punzó bajo la piel, eléctrico y más afilado que cualquier cosa que hubiera sentido jamás.

Mi clítoris palpitaba entre mis piernas mientras él me succionaba la lengua dentro de la boca. Me sentía tan pequeña contra su gran cuerpo, deslizando las manos por los músculos firmes de sus brazos hasta enterrarlas en su cabello. Incliné la cabeza, separé los labios y dejé que nuestras lenguas se rozaran.

—¿Cómo te llamas? —gimió contra mis labios.

Me balanceé contra él.

—Sienna —murmuré, buscando sus labios.

Se le escapó un gemido torturado cuando volví a rozarme contra su dureza, enloqueciendo de cuánto lo quería dentro de mí. El olor de su excitación asaltó mis sentidos; una mezcla embriagadora de madera de cedro, pino y un rastro de almizcle.

Impulsada por la aspereza de sus besos, metí la mano entre los dos y deslicé las manos dentro de sus pantalones. Su pene estaba caliente y grueso contra mi palma. Y sus manos encontraron mi pecho cuando apreté.

—Joder… —gimió en mi oído mientras yo empezaba a hacer círculos con el pulgar alrededor de la punta de su longitud.

Era tan grande…

Moldeó mis pechos entre sus manos, clavando los dientes en mi labio mientras pellizcaba un pezón y tiraba con fuerza. El escozor hizo que lo soltara de inmediato. Me alzó la cabeza con la curva de sus dedos bajo mi mandíbula, su lengua danzando con la mía.

—Logan… —gemí, y sus dedos encontraron mi calor húmedo. Deslizó la mano por mi vientre, apartó a un lado mi ropa interior empapada y empezó a frotar mi clítoris con el pulgar. Mis caderas se sacudieron contra su contacto. Pequeñas descargas de electricidad se reunieron en mi centro y se extendieron por todo mi cuerpo.

La temperatura de la habitación subió unos grados. Gotitas de sudor me resbalaron por las sienes cuando hundió otro dedo dentro de mí. Y otro.

—Diosa… —sollozé, con las piernas temblándome mientras empezaba a meter y sacar los dedos de mi coño.

Un hilo de deseo se deslizó entre mis piernas. Le tiré del cabello, alzando las caderas para acompasarme a su ritmo. Movió los dedos más rápido, haciendo círculos con el pulgar una y otra vez…

—Me voy a correr —jadeé en su oído.

Se me escapó una bocanada de sorpresa cuando retiró los dedos de inmediato.

Apenas tuve tiempo de protestar antes de que me arrancara la ropa interior, y me echara una pierna sobre su brazo. Nuestros labios se fundieron y nuestros gemidos resonaron en la habitación cuando se hundió dentro de mí de una sola embestida.

—Jodeeeer —gemimos a la vez.

Dejó caer la cabeza hacia delante contra mi hombro un segundo antes de empezar a empujar sus caderas contra las mías. Echó la cabeza hacia atrás, y sus ojos destellaron plateados mientras se clavaban en los míos. Separé los labios, luchando por recuperar el aliento.

Mantuvo sus labios a un suspiro de los míos, bebiéndose cada exhalación que yo soltaba por la boca. Me echó la pierna sobre el hombro, exponiéndome ante él de la forma más vulnerable posible.

—Logan, me voy a…—

Él bajó la mano entre los dos y me pellizcó el clítoris, gimiéndome una sola orden al oído.

—Córrete para mí.

Eso fue todo lo que necesité para desmoronarme entre sus brazos. Mi coño ordeñó su pene, arrancándole un orgasmo. De pronto nada de eso importaba. Ni los poderes que intentaba ocultar, incluso ahora. Sobre todo ahora. Ni la línea invisible que nos dividía como Rey y esclava. Ni nuestro patético intento de resistirnos el uno al otro.

Un gemido que sentí hasta en los huesos se le escapó de la garganta. Y entonces hundió los dientes en mi cuello y selló nuestro vínculo.

Me marcó.

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