Capítulo 1 ~ ¿Quién es mi secuestrador?

{Punto de vista de Daisy}

Lo primero que noté al despertar fue que tenía las manos pegadas con cinta.

Lo segundo que noté fue que el piso debajo de mí estaba vibrando.

No suavemente. No como una lavadora en ciclo de centrifugado. Era más bien el retumbo constante y furioso de un vehículo avanzando por una carretera de la que claramente ya se habían rendido… lo cual me llevó a lo tercero que noté.

Estaba tirada en el piso de una camioneta en movimiento.

Por un momento, me quedé completamente quieta, porque mi cerebro todavía se estaba encendiendo, como una laptop vieja que ya había pasado por demasiadas situaciones malas.

Manos pegadas con cinta…

Vehículo en movimiento…

Paredes metálicas oscuras…

¿Dos hombres grandes sentados frente a mí…?

Ah.

Ah.

Mierda. Me habían secuestrado.

Me gustaría decir que mi primera reacción fue elegante y valiente, algo heroico y firme, pero no lo fue.

Mi primera reacción fue parpadear varias veces y pensar: “Bueno, esto es nuevo”.

Entonces llegó el pánico.

El corazón empezó a martillarme contra las costillas con tanta fuerza que de verdad me preocupó que pudiera romper algo al salir. Me incorporé despacio; la cinta alrededor de mis muñecas tiró de mi piel de una manera incómoda.

Bien.

Bien.

Piensa, Daisy. Piensa.

Lo último que recordaba era salir de la biblioteca del campus.

Trabajaba el turno de la tarde ahí porque, al parecer, mi vida no era lo bastante estresante por sí sola y necesitaba ansiedad financiera para ponerle más sabor a las cosas.

Era tarde y hacía frío, y yo estaba cruzando el estacionamiento del campus, casi vacío. Y entonces…

Vacío.

Nada, y ahora estaba aquí; en una camioneta, con cinta adhesiva y dos hombres que parecían capaces de hacer press de banca con refrigeradores.

Genial.

Absolutamente fantástico.

Me aclaré la garganta y uno de los hombres me miró. Era calvo y tenía la expresión de alguien que no se había reído ni una sola vez en su vida. Patético.

—Buenas noches —dije, y él frunció el ceño al instante.

—Deja de hablar.

Parpadeé, mirándolo.

—Bueno, me secuestraste —señalé, con toda la lógica del mundo—. Siento que hablar es la única compensación que me queda.

El hombre me observó como si estuviera reconsiderando sus decisiones de vida.

Frente a él, el segundo tipo frunció el ceño.

—No le digas nada —le dijo al primero, y luego se volvió hacia mí—. ¿Puedes cerrar la boca?

Yo también suspiré.

—Técnicamente, sí —dije—. ¿En este momento? Probablemente no.

La camioneta pasó por un bache y mi hombro se estrelló contra la pared metálica.

—Además —añadí, haciendo una mueca—, este viaje es extremadamente incómodo. Si vas a secuestrar a alguien, de verdad deberías invertir en mejores asientos.

El calvo se frotó la cara como si acabaran de decirle que su esposa estaba embarazada de gemelos cuando él ni siquiera quería otro bebé.

—Fritzo —murmuró hacia el conductor, y una voz respondió desde la parte delantera.

—¿Qué?

El hombre se inclinó un poco hacia adelante.

—No se ve ni actúa como la presa. Creo que agarramos a la chica equivocada.

Silencio.

La camioneta siguió avanzando y, al cabo de un momento, el conductor habló.

—Es ella. Y DeLuca se encargará de todo cuando lleguemos a la base.

DeLuca.

El nombre sonaba importante y, al oírlos, intenté sentarme más erguida, ignorando cómo la cinta se me clavaba en las muñecas.

—Entonces —dije con tono conversacional—, ¿quién es DeLuca?

Y ninguno de los dos hombres respondió.

Qué groseros.

El segundo tipo murmuró algo por lo bajo, visiblemente angustiado, y solo alcancé a captar una parte.

…si el jefe se entera de que la regamos con el trabajo del Viper…

¿El Viper?

Bueno, eso suena completamente normal y nada aterrador. Decidí preguntar sobre eso también.

—¿Qué Viper? —pregunté, y los dos me fulminaron con la mirada.

Miré de uno a otro.

—Ya saben —dije—, siento que si hay un Viper involucrado en esta situación, probablemente debería estar informada.

—¡Deja de hablar! —ordenó con firmeza el tipo calvo.

—Solo digo —continué—, la comunicación es importante en ambientes estresantes —sentencié.

La camioneta empezó a desacelerar y el motor gruñó al girar sobre lo que sonó como grava. Ambos hombres se incorporaron de golpe y uno de ellos miró por la ventana trasera.

—Ya llegamos.

¿Llegamos?

¿Llegamos a dónde?

La camioneta avanzó un poco y, de pronto, se detuvo; luego oí un sonido mecánico afuera: un gemido metálico, profundo.

La curiosidad pudo más que yo y me incliné hacia un lado, tratando de asomarme por la ventanita trasera. Y entonces los vi.

Unos portones de hierro enormes.

De los que se ven en las películas, donde viven villanos ricos en mansiones dramáticas sobre acantilados. Se estaban abriendo lentamente y, después, la camioneta pasó entre ellos.

Me quedé allí, en un silencio atónito, mientras el vehículo recorría un camino largo bordeado de setos perfectamente recortados y luces de jardín resplandecientes.

Esto no era un almacén ni un callejón turbio. Esto ni de lejos era el nivel de secuestro para el que me había preparado mentalmente.

Pasamos junto a una fuente; ¡una fuente de verdad!... con luces y estatuas elegantes.

¿Qué clase de criminales tenían jardinería?

Por fin, la camioneta se detuvo, el motor se apagó y las puertas se abrieron. El aire frío de la noche se coló adentro mientras uno de los hombres me agarraba del brazo y me jalaba para ponerme de pie. Tropecé un poco cuando me arrastró fuera de la camioneta.

Y entonces vi la casa.

Llamarla casa, en realidad, era una ofensa, porque aquello era enorme:

Una inmensa mansión de piedra se alzaba frente a nosotros, iluminada por cálidas luces doradas que se derramaban desde ventanas altas.

Balcones.

Columnas doradas.

Puertas de vidrio.

El tipo de lugar que parecía pertenecerle a un multimillonario o a una familia real europea… o a alguien que poseía por lo menos tres yates.

Me quedé mirándola; luego miré mis muñecas envueltas en cinta. Luego volví a mirar la mansión.

—Vaya —murmuré.

El tipo calvo me empujó hacia adelante.

—Camina.

Caminé hacia las enormes puertas de entrada, sin dejar de mirar. Porque, si iban a secuestrarme, la verdad es que esperaba algo un poco menos… caro.

Cuando las puertas se abrieron y entré en la mansión, un pensamiento muy claro me cruzó la mente, algo de lo que se suponía que ya debía haberme ocupado antes.

¿Quién demonios es mi secuestrador?

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