Capítulo 1 La hija insuficiente
Astrid Kingsley
Corro al pequeño departamento que pago con mucho esfuerzo para tener mi privacidad y veo la hora mientras subo la escalera.
—¡Maldición, voy a llegar tarde!
En cuanto entro, veo a mi novio y me digo que él es todo lo que está bien en mi vida.
Justin y yo somos amigos inseparables desde los seis años. Nos conocemos a la perfección y, por supuesto que queremos una vida juntos, pero para él no es buen momento que se sepa de nuestra relación.
Está terminando su carrera, será un gran ingeniero, lo sé. Yo, en cambio, no quise estudiar porque no soy lo suficientemente buena para eso.
Los números o cualquier cosa complicada no es para mí. Mamá me decía siempre que yo salí buena para trabajar moviendo mis manos, no para usar mi cerebro.
Corro al baño para darme una ducha, mamá detesta el olor a «tienda de barrio». Sin embargo, al ver a mi novio con la ropa que suele llevar a la universidad, le digo a las carreras.
—Amor, ¿no vas a cambiarte?
—¿Para qué? No tengo nada que hacer —me quedo a medio camino, él no me mira porque está clavado en la Play.
—Pero, me dijiste que irías conmigo al cumpleaños de mi madre. Se supone que hoy les diríamos a todos, estás terminando…
—Lo olvidé —resopla para quitarse un mechón de cabello de la cara—. Mejor lo dejamos para otro día. Estoy agotado y no tengo ganas de lidiar con la presión de nuestros padres.
—Está bien… —respondo resignada.
Me meto al baño para ocultar mi decepción. Me ducho rápidamente, me visto en el baño para no incomodarlo y me seco el cabello como puedo, Justin se ha llevado mi secador a su residencia para un trabajo.
Al salir, me pongo lo primero que encuentro para el frío y tomo mi bolso. Me acerco a darle un beso, pero tal como cada vez que está jugando, me corre la cara.
—¿Me esperarás? Tal vez hoy sí quieras dormir conmigo… —propongo, pero su respuesta es la misma de siempre.
—Sabes que no. Prefiero no arriesgarme a que no controlen las hormonas y dejarte embarazada, yo creo que en una hora me iré. Solo estoy terminando de descargar un programa que necesito.
—Bien… Te amo, nos vemos.
Me voy de inmediato, pensando en que a veces me gustaría tener más afecto de él, antes era así.
Miro la hora y sé que tendré suerte si llego a tiempo, mis padres odian la impuntualidad, pero a mi jefe tampoco le puedo decir que no si me dice que debo reponer mercancía a último momento.
En cuanto salgo a la calle me acerco a la vía, el tráfico está terrible. Camino por la orilla para buscar un lugar mejor en donde detener al taxi, pero no veo uno de los orificios en el suelo y tropiezo.
No tengo de dónde sostenerme, así que caigo. La mitad de mi cuerpo termina en la calzada. Veo cómo un autobús se acerca a toda velocidad y no me puedo poner de pie, como si algo me tuviera clavada al piso. Cierro mis ojos, espero el impacto, pero en lugar de eso… Algo me tira.
Caigo de espaldas sobre algo duro, cálido y agitado. Siento dos brazos que me rodean y un quejido.
—¡Ay, por Dios! —me hago a un lado y veo a un hombre de traje tirado en el suelo—. ¡Lo siento! ¡¿Está bien?! ¿Se lastimó por mi culpa?
—Oye, chica, tranquila… —se pone de pie con agilidad y me ayuda a hacer lo mismo—. Mejor dime si tú estás bien.
Es hermoso.
Por eso no le respondo, porque me quedo sin palabras. Su mirada intensa me envuelve y de pronto, las piernas me tiemblan. Me tambaleo, él me sostiene y con una mano me levanta la barbilla.
—Es la adrenalina, se está bajando. ¿Te lastimaste?
—N-no… Perdón, señor.
—No soy un señor —se ríe y me parece más hermoso aún—. Y en lugar de pedir perdón, solo dame las gracias.
—Gracias —me limpio la ropa y doy gracias que no me ensucié o sería otra desaprobación—. Tal parece que ir tarde no es bueno para las despistadas.
—¿Llegas tarde a una cita?
—Sí, con mis padres. Y si llego tarde solo les daré más tema de conversación, ya sabe. La hija que se descarrió y se fue a vivir sola, que se mata trabajando y siempre llega tarde.
Me río de mí misma, pero él no lo hace. Solo me ve con una intensidad que me abruma. Sé que me sonrojo porque siento mi rostro caliente, siempre meto la pata o abro de más la boca. Y tal parece que acabo de hacer ambas ahora mismo.
—Perdón, no es apropiado que le cuente cosas que no le interesan y no quiero detenerlo más. Le agradezco que me salvara de quedar sin cabeza.
—Ha sido un gusto, señorita… —me extiende la mano y se la doy.
—Kingsley. Astrid Kinsley, ¿y usted?
—Yo soy Zack Van… —mi teléfono suena y lo respondo, con una cara de vergüenza.
—Lo siento, es mi madre. Seguro para regañarme por ir tarde. ¡Mamá! ¡Sí, ya voy en el taxi, pero hay demasiado tráfico! ¡Sí, nos vemos!
Él sonríe y mira a todos lados.
—El tráfico está horrible, pero si me dice dónde vive, puedo hacer que la lleven.
—No, claro que no, ya ha hecho mucho por mí.
Hace un gesto y una mujer de traje impecable aparece. Se acerca a nosotros y Zack le ordena.
—Lleven a le señorita a dónde necesite ir. Busca la mejor ruta para evitar el tráfico.
—Zack, no es necesario, de verdad —él me mira y abre la puerta del auto que llega frente a nosotros.
—Insisto, señorita Kingsley. Por favor, suba y le deseo un feliz cumpleaños a su madre.
Me lo quedo mirando unos segundos. Esto no me pasará jamás en la vida, así que, en un arranque de total locura y agradecimiento, me lanzo sobre él para abrazarlo. Y se siente tan bien, sobre todo porque no me aleja, sino que me regresa el abrazo.
—Gracias, Zack. Te debo un favor enorme —me separo de él, sonrojada por supuesto—. Si un día nos volvemos a encontrar, prometo que te lo regresaré.
Él solo me regresa una sonrisa de medio lado, me subo y la mujer conduce por las calles en silencio. Solo lo rompe cuando llegamos
—¿Aquí es? —me mira sorprendida y yo me encojo de hombros.
—Sí, aquí es. Esta es la casa de mis padres.
Y también el lugar de donde me fui para dejar de avergonzar a mi familia con mi inutilidad crónica. Aunque me he esforzados para ser menos insuficiente a sus expectativas, solo soy dependiente de una minimarket; en cambio, mi hermana Fiona no solo ha terminado su carrera con éxito, sino que al parecer tiene un novio perfecto.
Pero no tanto como el mío.
Respiro hondo, le doy las gracias a la mujer y me meto dentro. Pero en cuanto pongo un pie en la casa, sé que otra vez seré la vergüenza de mi familia.
—Otra vez metiste la pata, Ashley.
