Capítulo 2 Belleza «exótica»
Astrid Kingsley
En cuanto llego a la entrada de la mansión familiar, me doy cuenta de que he perdido todos los conceptos de la moda de la alta sociedad.
El que la invitación diga «casual», no quiere decir que yo venga con botas, jeans y un suéter. Debía venir con ropa elegante, de diseñador, esa que hace mucho no me pongo porque en el trabajo no me sirve.
Respiro hondo, me clavo una sonrisa en el rostro y camino adentro. Dorian, el mayordomo, me mira con horror.
—¡Niña, qué hace vestida así! A su madre le dará un ataque.
—Sí, bueno… Llame a la ambulancia, Dorian. No tengo nada más para cambiarme.
Él pone cara de aflicción y creo que es el único que me ve como la pobre hija que suelen criticar por todo.
Llego a la sala, en donde mis padres están riendo y bebiendo con elegancia junto a sus invitados. En cuanto veo a los padres y el hermano mayor de Justin me digo que fue buena idea que no viniera, o sería otro más al que no dejarían tranquilo.
No paso desapercibida por mucho, mi hermana resalta en un segundo mi llegada y mi apariencia.
—¡Astrid, hermanita! Vaya, qué atuendo más…, particular.
Todos posan sus ojos en mí y yo me cohíbo. Me acerco a todos para saludar, mis padres se ponen de pie para darme un beso que no llega a tocar mis mejillas y le doy mi regalo a mi madre.
—Feliz cumpleaños, madre. Te amo.
—Y yo a ti, cariño —mira la pequeña caja y la deja con los demás regalos—. ¿No te dio tiempo a cambiarte?
—Sí, pero la invitación decía casual —le murmuro y ella se lleva una mano a la boca.
—¡Ay, Fiona no te avisó! Es que se compró ese vestido hace una semana en Italia y quería usarlo.
—Ya veo. Le queda perfecto —digo con una sonrisa.
Y sin doble intención, porque es verdad.
Mi hermana es perfecta en todos los sentidos. Inteligente y bella. Yo soy todo lo contrario, así que por eso mejor me mantengo lejos de la familia, para no desentonar ni avergonzarlos, justo como ahora.
Me acerco a uno de los sofás, pero me da vergüenza sentarme, por lo que me quedo atrás. Jacob, el hermano de Justin, me acerca una bandeja con pequeños bocadillos, pero los rechazo.
—Tienen almendras, soy alérgica.
Todos siguen hablando como si yo no estuviera. Mi padre y el señor Fitzroy están inmersos en una conversación acerca del mercado internacional, cuando mi padre le pregunta a mi madre.
—¿No había confirmado el señor Vanderwall, querida?
—Oh, cariño. Canceló hace media hora. Dijo que tuvo un percance que debía arreglar y le tomaría tiempo. Pero prometió que asistiría a la fiesta de compromiso de nuestra Fiona con su novio.
—¿Vas a casarte? —le pregunto a mi hermana sin ocultar mi sorpresa y extiende su mano para mostrar el hermoso anillo de compromiso.
—Sí, me lo pidió hace dos días, cuando llegué de Italia. ¡¿Puedes creerlo?!
—¿Y quién es el afortunado? —le sonrío con sinceridad. En verdad siento que mi hermana se merece lo mejor del mundo y verla así, me hace sentir realmente feliz por ella.
—Ha sido un secreto, pero ese día todos lo podrán conocer. Es el hombre más hermoso, detallista y considerado. No hay día que no me llame, que no nos veamos y que me diga que me ama. Es un peluche lleno de amor.
—Te felicito, hermanita —la abrazo y le susurro—. Tal vez yo traiga a mi novio para ese día.
Le guiño un ojo para que me guarde el secreto y ella abre mucho la boca, pero no dice nada.
Dorian aparece para decirnos que la cena está lista. Al menos no me cambian de mi puesto, al lado de mi madre, pero me quedo en completo silencio. La conversación va desde negocios, los nuevos planes de mi padre de unir su empresa a los Vanderwall y lo que le hubiese encantado casar a Fiona con el joven heredero. Yo no tengo nada que aportar, hasta que el padre de Justin abre la boca.
—Pero tienes a Astrid —le dice el señor Fitzroy y mi padre se carcajea.
—Un heredero como él quiere una esposa que sea hermosa, inteligente y con criterio propio. Lamentablemente mi Astrid no fue bendecida con nada de eso.
—Gracias, padre —le digo con cierta molestia—. No es suficiente que el espejo me lo diga todos los días.
—¡Oh, no te ofendas, cariño! No eres fea, solo…
—Tú tienes una belleza exótica —dice mi madre y me río, porque esa es la manera más cruel y sofisticada para decirme fea—. No eres como tu hermana.
—Ya lo sé —dejo la servilleta sobre la mesa y me pongo de pie—. Si me disculpan, se me está haciendo tarde y mañana debo estar temprano en el trabajo.
Mi padre se pone de pie, molesto por supuesto, y se acerca a mí. Me toma de un brazo, provocándome dolor.
—No puedes arruinarle el cumpleaños a tu madre.
—Creo que lo hice en cuanto llegué vestida así. Mejor me retiro, así pueden seguir hablando todo lo que no soy sin sentirse cohibidos —me suelto de su agarre, miro a mi madre y le digo con seriedad—. Feliz cumpleaños. Espero que te guste mi regalo, lo compré con mi dinero. Solo espero que esté a la altura de tu elegancia.
Camino a la puerta, pero me detengo, miro a mi hermana con una sonrisa y le digo con cariño.
—Estoy realmente feliz por ti. Si quieres que sea tu dama de honor, estaré encantada de serlo. Solo llámame con tiempo, hermosa.
Dorian me sigue a la puerta, los ojos me escuecen, pero me prohíbo llorar.
—Señorita, lo lamento tanto.
—No importa. Y sabes que conozco la salida —él se ríe y yo me detengo para abrazarlo—. Gracias, Dorian. Creo que eres el único que nunca me mira con lástima, vergüenza ni nada de eso. Eres como el abuelo que no conocí.
—Si es así, me siento orgulloso de tener una nieta como usted.
Le doy un abrazo breve y salgo de esta casa que me asfixia. Mientras espero el taxi en la calle dejo que el aire me quite toda la pena. Esta es la razón de no venir seguido, no sé por qué siempre la olvido.
Al llegar a mi departamento, me encuentro que Justin me ha dejado la cama desordenada, con restos de galletas y sus vasos sucios. Es tan universitario.
—Solo espero que el día que anunciemos nuestra relación, todos se queden callados —un sollozo se me escapa y miro su fotografía en mi teléfono—. Y que les diga a todos que mi belleza exótica es lo que más le gusta.
Dejo que la pena se vaya en cada lágrimas y sollozo. No importa lo que los demás digan de mí, él me quiere por lo que soy.
Sin embargo, cuando me quedo dormida, no es él quien llega a mis sueños, tomado de mi mano y llevándome al altar.
