Capítulo 3 El novio que murió
Astrid Kingsley
Pasan unos días desde el cumpleaños de mi madre y siento que vuelvo a ser yo misma. Sin tanta vergüenza de mí misma.
Mi jefe me da las tareas urgentes del día y comienzo por el primer pasillo. Voy eliminando caja tras caja, las estanterías se van llenando y mi jefe me felicita. ¡Hurra por mí! No he metido la pata.
En el siguiente pasillo solo debo ordenar. Estoy en esa tarea, cuando alguien se para a mi lado.
Es Justin.
—Amor… —me hace con el dedo que guarde silencio y yo me disculpo enseguida—. Lo siento. ¿Pasa algo?
—Sí, mi padre volvió a bloquearme la tarjeta, porque no fui al cumpleaños de tu madre. ¿Podrías prestarme algo para salir esta noche con mis compañeros? Iremos por pizza y luego a terminar el proyecto.
—Claro, amo… amigo, por supuesto —saco mi monedero de mi bolsillo y le doy treinta dólares—. ¿Así está bien?
—Sí, aunque me faltará para el taxi… —dice pensativo y le doy veinte más—. Eres la mejor. Te prometo que cuando seas mi esposa, te tendré como una reina en casa, nunca más tendrás que trabajar en un lugar así.
—Me basta con que termines tu carrera con honores. Cuídate y pásalo bien.
Se marcha rápido y sigo con lo mío. Pero mi jefe se para a mi lado con su mirada reprobatoria y me pega en la cabeza con el diario. Hoy trae más hojas, porque me duele.
—¿Cuántas veces te tengo que decir, Astrid? Ese chico no es un buen amigo. Siempre viene para sacarte dinero. Eres su amiga, no su cajero automático.
—No se preocupe, él siempre me regresa luego —es mentira, nunca me regresa. Pero no espero que lo haga—. Mejor vaya a ver a la señora del edificio de enfrente, sabe que tiene mano suelta para las golosinas.
Se va rápidamente, yo vuelvo a lo mío, pero esta vez me interrumpe una llamada de mi hermana.
—Fiona, hermanita. ¿Cómo estás?
“¡Feliz! Hablé con mi novio y me dijo que quiere conocerte. Hemos adelantado el compromiso, será en dos días. Necesito que busques un hermoso vestido para ti, porque te presentaré como mi dama de honor.”
—¡Wow, eso es fantástico! Claro, hoy mismo iré a una tienda a ver un vestido digno de la ocasión.
“Por favor, no uses blanco, azul, rosa, celeste o verde. Tengo esas cuatro opciones, pero no sé cuál elegir.”
—Claro, ¿te parece el negro?
“¡Sí! Además, ese color siempre oculta bien cuando una está un poquito pasada de peso. Nos vemos en dos días, ¡te quiero!”
Corta la llamada y me deja con una sensación algo agridulce. Detesto el negro, porque me hace ver plana, mi madre y mi hermana siempre me decían lo mismo, que los tonos oscuros no me favorecen en nada.
Pero ella es la novia y no puedo ir en su contra, o no sería una buena dama de honor.
Para la hora del almuerzo reviso mis ahorros. No son tantos, porque tuve que cambiar mi televisión hace poco. Justin estaba jugando al FIFA y perdió, se molestó tanto que lanzó el control.
Al salir del trabajo, me voy directo a una tienda en donde sé que puedo encontrar algo decente. Me lleva unos minutos, pero una asistente me ayuda y encuentro un vestido muy lindo. Cuando me lo pruebo, me dice que me queda perfecto, se me van mil doscientos dólares de mis ahorros, pero creo que lo vale.
¿Lo curioso? No es una tienda barata, pero la tienda tenía descuentos, el vestido que elegí era de dos temporadas atrás.
Lo dejo oculto en mi armario, y luego me dedico a limpiar. Este departamento es un desastre y no se vería así si Justin no fuera tan desordenado. Creo que solo por eso aceptaré que me ponga una persona para la limpieza.
Intento escribirle a Justin, pero no le llegan los mensajes, seguro se le apagó el teléfono de nuevo. Tan típico de él.
Los dos días pasan y salgo de mi departamento con una enorme sonrisa.
—Hagamos que la novia no se arrepienta de elegirme como dama de honor —y, por supuesto, iré sola.
Me voy a un salón de belleza para mi presupuesto y repaso mi itinerario. Luego vendré a casa, me pondré mi hermoso vestido y me iré a la casa familiar, en donde seguramente mi madre verá todo lo malo.
Incluyendo que el vestido sea de hace dos temporadas.
Entro a un salón, no se ve muy lleno. Espero un rato, mientras terminan con las clientas, hasta que después de media hora una de las mujeres se me acerca algo afligida.
—Hola, preciosa. Lamento informarte que no podremos atenderte. Tengo una de las sillas dañadas y una de mis estilistas tiene una emergencia. Solo atenderemos a las personas con cita.
—Ay, no… ¿Y ahora qué hago? No tengo idea dónde hay un salón que pueda pagar.
—Mira, ve al que está en la siguiente cuadra.
—¡Ni de chiste! Con solo ver el nombre sé que no puedo pagarlo —me río y ella me guiña un ojo.
—Toma esta tarjeta. Yo llamaré al dueño, es amigo mío. Siempre que tengo emergencias así atiende a mis clientas y les cobra lo mismo que yo, pero hace maravillas. Aprovecha.
—¿De verdad?
—Sí, chica. Anda, aprovecha.
Me acompaña a la salida, me desea suerte y yo dudo, pero me arriesgo. Siempre puedo usar mi fondo de emergencia, ¿no?
En cuanto enseño la tarjeta en la peluquería de lujo, me llevan a una silla y el dueño en persona me atiende. El trabajo que hace es magnífico, tanto que al llegar a casa cuatro horas después me siento como una modelo.
Y cuando me pongo el vestido, en verdad me sorprendo de mí misma.
—Parece que ya no soy una tabla…
Puede ser que mis años como reponedora me cambiaran un poco o el tener que correr por las escaleras todo el tiempo. El taxi frente a la puerta de la casa y cuando Dorian me ve, se le cae la quijada.
—¡Niña Astrid! Se ve preciosa, señorita —se apresura a ayudarme a subir.
—¿De verdad me veo bien?
—Si le encuentran algo mal, es porque están ciegos.
Le doy un abrazo y camino al jardín. Todo se ve tan lindo y la alegría de que mi hermana se case con alguien que la ama me parece de ensueño. Las luces están bajas todavía, saco una copa de jugo y camino a una esquina.
Veo a mi hermana, riéndose con alguien que no veo bien por los árboles. Camino hacia ella para abrazarla, pero me detengo cuando oigo la voz.
¿Justin?
Fiona me ve y me llama muy emocionada.
—¡Hermanita! Ven aquí, te presentaré a mi prometido —tira del hombre y cuando lo veo, me quedo petrificada.
No necesito más luz para reconocerlo. Es él, Justin. Al verme, su cara es de sorpresa total.
—Justin… —me obligo a sonreír—. ¡Qué sorpresa! No me dijiste que tuvieras novia.
—Astrid, yo… —intenta decir algo, mi hermana interrumpe y me quita la copa de jugo.
—¿Y tu novio, hermanita?
No le arruinaré la noche, así que respondo lo primero que se me ocurre.
—Se murió.
