Capítulo 4 El novio que no estaba muerto

Astrid Kingsley

Justin me ve fijamente, como si quisiera decirme algo. Mi hermana, en cambio, abre la boca algo incómoda. Yo saco una copa de champán de una bandeja que pasa y me la bebo de un tirón.

—Hermana… ¿Estás bromeando? No me puedes decir que no vino porque se murió y estar tan relajada.

—Es cierto. Se murió. O eso quiero creer. Que se estrelló contra un muro y no siento pena, porque descubrí que me estaba engañando —pasa otra bandeja con algo y me lo bebo.

Esta noche será larga sin algo de alcohol en mis venas. Algo que adormezca el dolor que siento.

No solo es la traición como novio, porque me ha estado viendo la cara quién sabe desde cuando; también está el cinismo con el que tantas veces me dijo que Fiona le caía mal.

—Astrid, creo que deberías parar de beber —me advierte Justin.

—¡Ay, mi amor! Siempre tan buen amigo con mi hermana. Déjala, las penas de amor hay que sacarlas de alguna manera. Y ella no se irá a acostar con un hombre, así que el alcohol será una buena manera. ¿De verdad está muerto?

—Para mí sí —me encojo de hombros, esta vez saco dos copas y me las bebo—. Ojalá que para él, yo también esté muerta. Con permiso.

Me alejo de ellos antes de decirle a mi hermana que este imbécil estaba jugando con las dos. Está tan contenta, que no quiero provocarle el mismo sufrimiento que ahora mismo me carcome.

Entro a la casa por el despacho de mis padres, me dejo caer en el sofá e intento respirar muchas veces. No quiero llorar. Eso sería arruinar el maquillaje por el que pagué.

Muevo mi cuello para quitarme la tensión, me pongo de pie y me miro en el espejo de la entrada.

—Muy bien, Astrid. Para fingir que está todo bien eres muy buena. Sobrevive a esta noche y mañana te puedes morir de dolor en el trabajo.

Salgo con toda la elegancia que jamás he tenido. Veo a mis padres salir a recibir invitados y me pego una sonrisa falsa en el rostro.

El jardín está iluminado, la música se oye suave; y siento que todo eso me hará vomitar.

—O puede ser el alcohol que tomé.

Respiro hondo, me obligo a sentirme mejor y busco algo de comer. De pronto, siento un grito cerca de mí y veo a mi madre.

—¡Astrid! ¡¿Qué te hiciste en el cabello?!

—¡Y en la cara! —dice mi padre y ambos me miran espantados.

Maldito estilista.

Me dijo que me veía bien, pero seguro fue para no tener que devolverme el dinero. Cuando llego con ellos, mi madre me mira de pies a cabeza.

—No puede ser, ¿te compraste el Valentino de la última temporada?

—¿Qué? ¡No! No me alcanza para eso. Es de hace dos temporadas, pero nadie tiene que saberlo —me río y algo se me revuelve en el estómago.

—No, es de esta temporada… Hija, no tienes que usar imitaciones. Para eso tu padre te dejó una cuenta con dinero.

Antes de que le responda dónde la compré, llega una de sus amigas y se olvida de mí. Aprovecho para escabullirme, saco un par de bocadillos y una copa de agua mineral fría.

Solo quiero largarme, no quiero estar aquí, pero mi hermana…

Mis ojos se van a la feliz pareja. Son perfectos. Ahora entiendo que Justin la eligiera a ella y no a mí. Fiona es la mujer perfecta. Inteligente, con una carrera universitaria, bella y con mucha elegancia.

Yo, en cambio, solo puedo hablar de lo que se roba la señora del edificio de en frente y presumir de lo rápida que soy para ordenar estantes.

Me alejo un poco de todos, con un par de bocadillos entre las manos, con la mirada perdida en la fuente de cisnes. De pronto, unas manos me rodean los brazos y, al girarme, lo veo.

—Rata —murmuro y Justin me mira con esa cara de idiota que siempre pone para conseguir algo de mí.

—Bella, lo siento tanto… Mi padre se enteró de lo nuestro y me obligó a elegir a tu hermana. Te lo quise decir tantas veces, pero…

—No digas nada, yo siempre pierdo, aunque esta vez creo que gané.

—Astrid, por favor… Yo te amo —es el colmo del descaro.

—Mañana te enviaré la lista con todo lo que me debes —me suelto de su agarre e intento alejarme, pero el alcohol me tiene algo torpe—. Ahora, vete con ella. Es tu prometida, no quiero que le rompas el corazón.

—Astrid, tesoro, ¡escúchame…!

—¿Pasa algo, caramelito? —la voz de Fiona llega con nosotros y se aferra al brazo de Justin—. Astrid, ¿estás borracha?

—Un poco, puede ser. Pero estaré bien. Deberías llevarte a tu novio, no se verá bien que nos vean solos.

—Sí, es verdad —sonríe ella, pero Justin no se mueve e insiste.

—Astrid, tienes que escucharme.

—No me iré a casa, Justin. Puedo aguantar esto un poco más, solo… —mi estómago se revuelve, pero esta vez respirar no me ayuda.

Me giro hacia una maceta justo a tiempo para expulsar el alcohol, la escasa comida y todo mi orgullo. Ambos se alejan de mí, casi puedo ver la cara de asco de Fiona.

Las piernas me tiemblan, siento que voy a caer, como las lágrimas en mi rostro. Pero un par de brazos me sostienen por la cintura.

—Déjame, idiota. Ve con tu novia.

—Yo creo que es quien estoy sosteniendo —una voz diferente y que casi reconozco es la que me habla al oído.

Expulso algo más, me incorporo con la poca dignidad que me queda y cuando me giro, primero aparece un pañuelo de lino, bordado y perfecto. Mis ojos suben y me encuentro con el rostro que recuerdo perfectamente.

—Zack… —susurro.

—¿Quién es él, Astrid? —pregunta Justin. Voy a responderle, pero quien lo hace es Zack.

—Soy su novio —lo miro como si tuviera otra cabeza y Fiona se adelanta un poco.

—¿El que dijiste que estaba muerto para ti por infiel? ¡¿No te bastó con romperle el corazón a mi hermana?!

Maldición, esto se está complicando y Zack solo me ha ayudado. Pero él solo se ríe y me rodea por la cintura con firmeza.

—Fue una terrible confusión.

—No lo creo —dice mi hermana y se pone todo lo firme que puede—. Así que voy a pedirte que te vayas. Es mi fiesta de compromiso, no estás invitado.

—Yo creo que sí. Su madre en persona llevó la invitación a mi oficina —ella frunce el ceño y Zack le extiende la mano—. Zack Vanderwall, el jovel millonario más codiciado del país… Y el novio de Astrid.

Me mira con una expresión de cariño tan intensa, que hasta yo me la creo. Y solo para molestar más a mi exnovio, que tiene cara de que se le saldrá el coraje por el trasero, sonrío.

—Hola, amor. Creo que tenemos mucho de qué hablar.

Le acaricio el rostro y Zack solo sonríe más. Este hombre está loco o ese día que se cayó, se pegó muy fuerte, porque no me explico de otra manera que me quiera ayudar.

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