Capítulo 5 La propuesta pública
Zack Vanderwall
Honestamente, no estaría aquí si no fuera por una razón poderosa. Y es ella.
Astrid Kingsley.
La chica que vive en un edificio que deberían demoler, que trabaja en una tienda pequeña y se mueve en autobús. No parece la hija de esta gente y quiero saber por qué.
Pero también porque ella es la primera mujer que no quiere algo de mí. Y por eso quiero que ella sea mi esposa. Mi abuelo está presionando para que me case y le dé un bisnieto. Y ella es perfecta.
La gente saluda como siempre, inclinándose tanto que podrían besar mis zapatos. Me alejo, pasando desapercibido entre unos arbustos y termino en un lugar poco iluminado.
Y la veo.
Se ve preciosa y sonrío. Yo pagué por ese vestido, por el salón de belleza y ha valido la pena. Si al natural es perfecta; así, es una diosa. Camino para acercarme, pero un hombre se adelanta y comienza a discutir con ella.
Y cuando le reconoce que la engañó con su propia hermana porque su padre se lo ordenó, empuño mis manos. Llega la hermana, Astrid se siente mal y termina vomitando.
La hermana hace el intento de ayudarla, pero él no la deja, con esa cara de asco que solo me hace desear un puñetazo en su rostro. Salgo de mi escondite para ayudarla y la sostengo antes de que caiga.
Lo que sigue es más gracioso, la cara de Justin es un poema. Y se vuelve mejor cuando ella reafirma nuestra relación.
—Hola, amor. Creo que tenemos mucho de qué hablar.
La caricia de su mano suave en mi rostro me dice que ella es la mujer que quiero para que sea mi esposa.
—Pero, antes, iré a lavarme los dientes.
—Voy contigo, no quiero que los buitres te ronden.
Ella solo sonríe, miro a Justin con el reto en mi cara y lo dejamos atrás. ¿Qué rayos quiere decirle? ¿Acaso le propondrá que sean amantes o le dirá que dejará a la hermana luego? Eso es lo típico de hombres así.
Sigo a Astrid de cerca y entramos por una ventana a un despacho.
—Hay un baño aquí, dame unos minutos.
—Los que necesites.
Ella responde a mi sonrisa y se pierde por la puerta. En la pared hay cuadros de honor, pero en todo está Fiona. Busco en todos ellos, hasta que encuentro un par de diplomas con el nombre de Astrid. Son de artes, están abajo, casi escondidos, pero me hacen sonreír.
—Encontraste mi secreto —camina hacia mí abrazándose el cuerpo y suspira—. Gracias por la ayuda, pero creo que no es necesario que sigas conmigo toda la noche. Imagino que tienes cosas mejores que hacer que cuidar a una pobre borracha.
—No creo que estés borracha. El pino recibió el noventa por ciento del alcohol —ella se cubre el rostro.
—¡No me lo recuerdes!
—Oye, todos nos hemos pasado de copas así. Solo quiero saber por qué mataste a tu novio en lugar de decir la verdad.
Astrid se para a mi lado y toma una fotografía en donde está con su hermana. Era una niña muy linda, no entiendo por qué ese idiota no la eligió.
—Porque eso haría sufrir a mi hermana y, aunque sea a costa de mí misma, jamás le provocaría dolor. No soy así.
—Entonces, tu idea es sufrir en silencio, que nadie sepa lo que ese idiota te hizo.
—Es mejor. Además, nadie lo creería —se ríe y regresa la fotografía—. Nadie podría creer que Justin se fijó en mí primero, la hermana fea y perdedora.
—No eres fea —le digo con vehemencia y ella se ríe.
—Es porque voy disfrazada. Pero cuando me quite todo esto, volveré a ser la hermana fea, sin clase y sin futuro.
La rodeo por la cintura, me acerco a ella y noto cómo se le corta la respiración. Le arreglo un mechón de cabello, paso mis nudillos por su rostro y acerco mi rostro un poco más.
—Te vi sin este disfraz, como le llamas. Y, para mí, eres hermosa. Por eso te busqué y vine a esta fiesta solo para verte.
—Eso es mentira —no dejo de mirarla y ella se pone seria—. ¿Por qué yo?
—Porque eres la primera mujer que se preocupa por mí, que rechaza mi ayuda y que no intenta lanzarse sobre mí en menos de cinco minutos.
Astrid se ríe, baja la mirada, pero la obligo a que me vea otra vez. Me acerco solo un poco más y puedo sentir su respiración en mi piel.
—Acepta ser mi novia esta noche. Pongamos el mundo de cabeza… Y mañana hablaremos de lo demás.
—Zack, no puedo aceptarlo. Si mis padres creen que somos novios, intentarán forzar un matrimonio y no quiero arrastrarte a eso.
—¿Y tú crees que no me casaría contigo? —abre sus bellos ojos y le sonrío—. Astrid, si estoy aquí es porque quiero que seas mi esposa.
Se aleja de mí y se abraza el cuerpo. De pronto una carcajada se le escapa y me mira como si estuviera buscando algo.
—Esta es una broma, ¿verdad? Dime, ¿dónde tienes la cámara oculta?
—¿No crees que un hombre se pueda volver loco por ti con solo una mirada?
—Zack, nunca he enamorado a alguien. Antes creía que alguien me quería a pesar de todo —un sollozo se escapa de su labios y se da la vuelta para que no la vea llorar—. Y ahora siento que hasta eso fue una mentira… Él nunca me quiso ni un poco.
—Pero yo te quiero y es de verdad. Dime, ¿qué tengo que hacer para que me creas?
—Si te dijera que salgas ahora mismo y le digas a mi padre que pides mi mano para casarte, ¿lo harías?
—Si lo hago, ¿te casarás? —ella se gira, se limpia las lágrimas y asiente.
—Demuéstrame que esto no es una broma y te creeré, de otra manera puede irte al cara…
No la dejo terminar. Le doy un beso muy corto en los labios y salgo del despacho. Camino con la misma rigidez de siempre y todos se van apartado. Veo a Nestor Kingsley hablando con algunos hombres y deja su copa de lado para presentarme.
Siento los pasos de Astrid detrás, pero no me detengo.
—¡Nuestro invitado de honor! ¿Cómo lo está pasando? —lo detengo con un gesto de la mano y todos se callan a nuestro alrededor.
—Necesito decirle algo muy serio —me giro un poco y veo a Astrid en la entrada. Pero también están el idiota, su hermana y su madre.
—Claro, lo que quiera. Soy todo oídos, señor Vanderwall.
Saco una cajita de mi chaqueta, me volteo hacia Astrid, quien me ve espantada.
—Señor Kingsley, desde que vi a su hija, quise que fuera mi esposa.
—Ella se casará, no puede…
—Me refiero a su otra hija, Astrid.
Me arrodillo frente a ella, le muestro el anillo y le sonrío.
—Astrid Kingsley. Desde que choqué contigo, solo he pensado en ti. ¿Me harías el honor de ser mi esposa?
Astrid me ve con algo que no puedo explicar, pero solo extiende la mano y asiente.
—Sí, acepto.
