Capítulo 7 La primera opción

Astrid Kingsley

¿Alguna vez vieron esas corridas de toros en España? Donde los valientes hombres corrían delante de esos animales enfurecidos y celebraban cuando salían invictos.

Bueno, yo me siento así, pero como uno al que un toro agarró y bailó la Macarena sobre su cuerpo.

—Sácame de aquí —es todo lo que le tengo que decir a Zack antes de que me tome en brazos y me lleve lejos de las dos personas que más amaba.

—Tranquila, hermosa. Estarás bien —deja un beso en mi cabeza y luego todo se vuelve negro.

A lo lejos oigo órdenes de Zack, mi mente se va despejando poco a poco, hasta que abro los ojos y me veo en su auto.

—¡Astrid! —toma mi rostro y veo lo preocupado que está—. Hermosa, te estoy llevando a tu departamento.

—¡No! —me incorporo y el auto se hace a un lado del camino—. No quiero ir ahí.

Me abrazo el cuerpo y Zack se quita rápidamente el saco para cubrirme. Me rodea con un brazo y le ordena a la misma chica del otro día.

—A la mansión.

—Señor, ¿está seguro? Su abuelo podría malinterpretar…

—Mi abuelo puede creer lo que quiera. No dejaré a Astrid sola después de todo lo que pasó esta noche.

—Zack, no es necesario, puedo pagarme un hotel —Zack me mira con expresión seria y su voz sale ronca.

—No irás a un hotel. Te irás conmigo y punto.

No discuto. No tengo fuerzas. Solo dejo que él me abrace y su calor poco a poco me hace sentir mejor. Aunque dudo que vuelva a ser la misma que era antes.

El trayecto lo hacemos en silencio y noto que entramos a la parte más exclusiva de la ciudad, esa que tiene varias casetas de vigilancia. Llegamos a una enorme verja y pienso que mis padres se caerían de espaldas si la vieran.

Me río de mí misma, por tratar de pensar en cosas sin importancia solo para no pensar en lo que realmente importa. ¿Qué haré con mi vida?

Al detenernos frente a una bella casa, Zack se baja y me toma en brazos. Yo solo apoyo mi cabeza en su hombro y él vuelve a besar mi cabeza.

—Estamos en casa, hermosa. Nadie nos molestará aquí y podrás dormir todo lo que quieras.

—Mañana tengo que trabajar.

—No. Desde ahora es «quieres» trabajar, te lo daré todo Astrid. Incluso si quieres un taller para volver a trabajar la madera, o la arcilla, o la cerámica. Lo que quieras, es tuyo.

Otra vez me quedo callada, porque ahora no sé qué es lo que quiero. Todo me resulta demasiado doloroso y lo peor de todo es que no puedo sentir más que la traición de mi hermana y de quien fue mi amor por tanto tiempo.

El calor de la casa me cubre enseguida, pero no nos detenemos en el salón. Zack sube conmigo unas hermosas escaleras de madera con una baranda por la que me podría deslizar.

Me deja en un cuarto completamente blanco, siento que estoy acostada en una nube en medio de un inmenso cielo.

—¿Quieres algo de comer, de beber? Pero sin alcohol —me advierte y yo sonrío.

—No, solo un pijama que no sea blanco, por favor. Parece que estoy en un manicomio.

—¿No te gusta? —niego con cierta vergüenza, pero él solo se ríe—. Lo siento, esta casa es nueva, no he hecho mucho. Ven.

Esta vez me da la mano y camino con él a una puerta al final del pasillo. Al abrirla, entramos a un cuarto más moderno, con más colores, todos cálidos.

—Este es mi cuarto. Puedes buscar algo en mi clóset que te sirva para dormir.

—¿Y tú dónde dormirás?

—En la casa grande —abre una cortina y señala una casa que parece el triple de la mansión de mis padres—. Esta es mía, no me gusta que me controlen los horarios ni a quién traigo a casa.

Me sonrojo levemente, él se acerca a mí y me toma por los brazos con delicadeza. Ahora puedo ver mejor sus ojos y me encantan, son de un tono avellana precioso.

—Astrid, sé que todo ha sido rápido y no hablaremos de las mentiras que se cayeron esta noche. Solo quiero que sepas algo, yo estoy para hacerte feliz —toma mi mano derecha y la besa cerca del anillo—. Es una promesa. Desde hoy nunca más estarás sola y siempre serás la primera elección para alguien…, para mí.

Su boca se acerca a mi rostro, pero el beso se queda en mi frente.

Y no sé por qué, pero siento que mi cuerpo tiembla de una manera inexplicable. No es frío o miedo, sino algo más visceral. Es como si anhelara ese mismo beso en mis labios.

Zack me deja sola, me dejo caer en el borde de la cama y trato de asimilar que estoy en un lugar que no conozco, con un hombre del que solo sé que es muy rico por las caras de los invitados de esta noche y que está prometiendo elegirme primero siempre.

—Y que quiere que sea su esposa —miro el anillo y esta vez veo los detalles.

Es perfecto.

Pero niego, yo no puedo con esto. No después de todo lo que pasó, de las mentiras y las traiciones.

Me pongo de pie, busco algo en su clóset y su perfume me inunda de una manera que no puedo explicar. Miro el vestido y pienso si debería botarlo o donarlo.

—O podría dejarlo como trofeo, por sobrevivir al peor apocalipsis de mi vida.

Busco en el baño un cepillo de dientes nuevo, pero no encuentro. Miro el único que hay, imagino que es el de Zack y lo tomo. Cuando ya estoy lista con este pijama que me queda enorme, me meto en la cama y miro el techo.

—Imagino que esta noche no es para dormir.

Pero en cuanto abrazo una almohada, que tiene el olor de Zack, me duermo casi de inmediato.

Una luz me llega a los ojos y cuando los abro con cierta dificultad, me siento en la cama asustada. A los pies de la cama está sentado Zack, mirándome con una sonrisa.

—Buenos días, hermosa. Te pedí ropa, espero que no te moleste.

—Gracias… —me sonrojo y él camina hacia mí.

—Te espero abajo, hay cosas que debemos decidir y personas que debes conocer —miro el anillo y él niega—. Si no quieres casarte, no lo haremos. Al menos no hasta que estés segura de que quieres estar conmigo. Te dejaré sola, no te tardes, tengo mucha hambre.

Deja otro beso en mi frente y se marcha. Demonios.

A la luz del día, su cuerpo es perfecto. Esa espalda ancha, esas caderas y sus brazos…

—¡No seas pervertida! —me regaño.

Veinte minutos después salgo del cuarto, Zack está de espaldas hablando por teléfono.

—No, la tengo justo donde la quiero —dice con voz grave—. Claro que se lo pedí y se creyó todo. No, tiene que firmar ese contrato o perderé mucho dinero. Adiós.

No puede ser…

¿Por eso me quiere? ¿Por dinero?

Pero esta vez no estoy dispuesta a que me vean la cara.

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