Capítulo 2 Dolor insondable
—Era mi primera vez—me movía frenéticamente, hacia adelante y atrás, estaba en shock por lo vívido, abrazaba fuertemente mis piernas adoloridas por la agresión sufrida—. Yo no quería que fuera así—las lágrimas corrieron por mis mejillas pálidas.—No tenía que ser así—solté dolida.—Quería que fuera especial—con la mirada pérdida observé a mi agresor.
Era un hombre apuesto, aun así me había tratado como un objeto sin valor, en quien desahogó sus bajos instintos sin piedad alguna.
—Siempre serás mía—susurró su agresor al notar que la joven lo observaba y le sujetó el rostro bruscamente, obligándola a mirar esos feroces ojos color ambar. La joven se estremeció ante su toque—, solo mía—añadió con una sonrisa torcida—. Desde ahora seré tu único dueño—gruñó mientras se comenzaba a vestir, para dejarme allí, adolorida y ultrajada.
—De ahora en adelante nadie te respetará e incluso podría decir a todos en la manada que tú te me ofreciste, como premio de para que le perdonara la vida a tu amante—se burló con un ensañamiento exagerado.—Nunca serás de mi hermano, mi pequeña Siena.
—Yo no soy Siena—susurré débilmente;—mi nombre es Rosie Méndez—mi voz era frágil y rasgada, por el dolor. Él no me escuchó, o no entendió lo que trataba de decirle, el licor aún lo dominaba por completo.
—Eres mía cachorra—me plantó un beso en los labios.
—Detente, por favor—le suplique víctima del miedo.
—¿Qué pasa si te digo que quiero repetirlo?—empezó a desabrocharse el pantalon.
—No, por favor—rogué entre lágrimas—, me duele todavía.
—Tu negativa me excita—me besó nuevamente. Sin darne cuenta perdí el conocimiento, víctima del dolor sufrido en mi débil cuerpo.
Al alfa no le importó dejarla allí inconsciente, ese sería su castigo. Desperté un par de horas después, completamente sola a orillas del lago en el que fui ultrajada, no entendía lo que había pasado; ese hombre fuerte y apuesto me trató como si fuese un simple objeto, me usó hasta saciarse por completo para luego dejarme allí, desnuda y maltrecha. Mi alma dolía, pero mi cuerpo aun sentía la fuerza y ferocidad con que fui ultrajada
—¿Qué haré ahora?—suspiré abrazándo mis rodillas temblorosas.—Si alguien se entera de lo sucedido seré despreciada en la aldea, nadie respetaría a una mujer que fue abusada—lloré en silencio, bajo la luna roja que fue testigo de mi abuso.—No puedo contárselo a mi padre—suspiré, entrando al agua para limpiar mi cuerpo, cubierto de hojas secas, sangre y otro líquido que me recordaba lo sucedido—¿qué haré ahora? ¿Y si todos los hombres sólo me buscan para abusar de mi cuando se enteren? No quiero que nadie me toque nunca, no otra vez—limpié mi cuerpo entre lágrimas y dudas.
El contacto con el agua fría contra su lastimada piel era doloroso, pero necesario; necesitaba borrar las huellas que mi agresor dejó, ese hombre infame había hecho sobre mi cuerpo marcas evidentes de su hazaña.
—Auch, duele tanto—caí de rodillas, tras dar unos pasos, mi intimidad dolía con cada paso que daba, pero debía continuar mi camino rápidamente.
El vestido estaba roto en la parte delantera superior, como si una bestia la hubiera atacado, por lo cual tuvo que cubrirme con una chaqueta que solía llevar cuando hacia frío, quería irme inmediatamente y nunca volver a ese lugar que ahora me parecía detestable.—Nunca debí venir a este bosque sola—me reproché por mi descuido.—Fue mi culpa que ese hombre me tomará a la fuerza, de haber sido precavida esto no hubiera sucedido. Mi vida estaba arruinada; me senté en una roca enorme, llena de dudas y dolor para recomponerme.
El Alpha no se arrepintió de lo que hizo, e incluso se sintió poderoso al saber que esa noche tomó la virginidad de Siena, después de todo le había ganado a su hermano.—Nunca serás el primero en la vida de Siena, querido hermano—vociferó, rumbo a su manada. Aún recordaba la tibieza emanada por el cuerpo de su hembra.—No podrás ser mi esposa, no lo mecreces, pero nada me impedirá convertirte en mi amante, te usaré hasta cansarme y quizás nunca me canse—maquinó su plan. Estaba ansioso por repetir su hazaña.
—Eres perfecta Siena, cada tramo de tu piel fue un manjar que deseo volver a probar en interminables ocasiones.Al llegar a su destino se recostó victorioso sobre su catre, Siena había sido suya de todas las formas posibles y aunque fue a la fuerza, lo disfrutó con intensidad, nunca se sintió tan complacido en la intimidad, como lo hizo en ese momento, sin mencionar el hecho de que fue el primero en su vida y eso lo hacia sentir poderoso.
Aulló victorioso, creando desconcierto en la manada a la cual pertenecía.
—Siena es mía—soltó alegremente—, solo yo la he poseído de todas las formas posibles, cada tramo de su piel lleva mi marca y he derramado mi semilla dentro y sobre ella—. Nunca nadie podrá tocarla, es solo mía. Nunca la tendrás, hermano—su sonrisa era maliciosa.
—¿Necesita ayuda, señorita?—me preguntó una joven, con acento extraño. Me estremecí al escuchar su voz, pero luego me calmé a notar que era una mujer.
—Necesito irme a casa—suspiré, aunque seguía mirando a la lejanía, en busca de mi inocencia perdida esa noche.
—Puede sostener mi brazo, para darle equilibrio—me ofreció la joven y accedí, no tenía fuerzas para negarme—¿ No eres de por aquí?—se atrevió a preguntarle y negué con la cabeza.
—Yo crecí en Nueva Orleans—respondí; ella sostuvo mi cadera, cuando estuve a punto de caer.
—Debes denunciar a tu agresor—me hizo saber que conocía su secreto.
—No puedo—lloré destrozada—, sería una deshonra para mi familia, somos pobres y esto sería una humillación pública—la joven me limpió las lágrimas con cuidado y ambas nos alejamos de la zona boscosa, en busca del sendero de tierra que conducia a la aldea.
—Nunca podré olvidar esta noche—suspiré con pesar, mirando las luces de la aldea cercana por entre las ramas de los árboles—. No le cuente a nadie, por favor—pedi al separarme de ella para dirigirme a mi casa.
La joven suspiró y asintió, sin mediar palabra alguna. Una vez en mi casa me desplomé sobre la cama, llorando por mi inocencia perdida, —No puedo continuar—lloré en posición fetal; abrazando mis rodillas, me sentía pequeña e indefensa, sentía que otros podrían abusar de mí, si notaban lo que había sucedido.
Lloré toda la noche, hasta quedarme dormida del cansancio.
—Necesito aire—me desperté a mitad de la noche, abrí la ventana y la brisa helada golpeó mi rostro sudoroso; tenia fiebre, fui a la mesita de noche en busca de un par de píldoras para bajar la calentura.
Mi cadera empezó a arder, me llevé la mano a esa zona y note la sangre fresca brotar; me limpié con antiséptico y volví a la cama.
—Mañana todo saldrá bien, debo olvidar y continua—me dije para tranquilizarme, me cubrí con las mantas, pero rápidamente caí en un sueño de pesadillas.
—Por favor no me toqué—rogué rememorando ese momento traumático.—Te encantará—se burló el apuesto hombre de mirada fría.Y entonces todo se repetía, los besos bruscos, las caricias forzadas y la invasión de mi feminidad antes vulnerada. Era una tortura para mí.
