Capítulo 1 El peso de las promesas

Elizabeth

El reloj de la cocina marcaba las seis y diecisiete de la mañana cuando el café se derramó sobre el borde de la taza. No fue un gesto brusco. Fue el temblor casi imperceptible de mis dedos, ese que aparece cuando sé que el día ya está perdido antes de empezar. El líquido oscuro se deslizó por la cerámica blanca, formó un pequeño charco y luego cayó en gotas pesadas sobre el mantel de hilo que todavía olía a lejía. Me quedé mirándolo. El mantel era de los pocos que habían sobrevivido a la mudanza. Mi madre lo había bordado hace años, cuando todavía creía que las promesas se cumplían.

Me agaché a limpiar. Las rodillas crujieron contra el suelo frío. El trapo absorbió el café con una lentitud casi ofensiva, como si incluso los objetos de esta casa se negaran a colaborar. Desde el pasillo llegó el sonido de la ducha. Ronan. El agua corría con fuerza, constante, segura. Él nunca se duchaba con prisa. Nunca. Como si el tiempo le perteneciera por derecho.

Me levanté. Me sequé las manos en la falda del delantal. El delantal era mío. No de la casa. Lo había comprado en un mercado de segunda mano el mes pasado porque el anterior se había roto en la costura del pecho. Costaba menos fingir que el delantal era parte del uniforme de prometida que admitir que seguía siendo la misma chica que limpiaba mesas en un café de carretera a las cinco de la mañana.

La puerta del baño se abrió. El vapor salió primero, espeso, perfumado con esa colonia cara que él usaba solo los días importantes. Ronan apareció envuelto en una toalla blanca que le ceñía la cintura. El agua todavía le corría por el pecho, dibujando caminos brillantes entre el vello oscuro. Levantó la mirada. Me encontró de pie junto a la encimera, con el trapo todavía en la mano.

—Otra vez —dijo. No era una pregunta. Era una constatación.

No respondí. Solo apreté el trapo hasta que el agua sucia me manchó los dedos.

Él se acercó. El suelo de madera crujió bajo sus pies descalzos. Se detuvo a menos de un metro. El calor de la ducha todavía emanaba de su piel. Olía a jabón caro y a esa seguridad que nunca había sido mía.

—Elizabeth. —Mi nombre en su boca siempre sonaba como una corrección—. Limpiaste el mantel, ¿verdad?

Asentí.

—Bien. —Se pasó una mano por el cabello mojado. Las gotas salpicaron el suelo que yo acababa de fregar la noche anterior—. Amelie llega en veinte minutos. Quiero que el salón esté presentable. Y que tú también lo estés.

El estómago se me contrajo. No por el hambre. Por esa frase. Que tú también lo estés. Como si mi presencia fuera un detalle decorativo que había que ajustar.

—Claro —susurré.

Él ya se había dado la vuelta. Caminó hacia el dormitorio sin mirar atrás. La puerta se cerró con un clic suave. Demasiado suave. Ronan nunca cerraba las puertas con fuerza. La violencia en él era otra cosa. Más elegante. Más silenciosa.

Me quité el delantal. Lo doblé con cuidado y lo guardé en el cajón de abajo, el que nadie abría. Luego subí al dormitorio de invitados. No al principal. Al de invitados. Porque el principal era de Ronan. Siempre lo había sido. Yo solo dormía allí cuando él decidía que quería compañía. La mayoría de las noches me quedaba en esta habitación más pequeña, con la cama individual y la ventana que daba al patio interior. Desde allí se oía el tráfico de la avenida. A veces, de madrugada, oía también las risas de la gente que salía de los bares. Gente libre. Gente que no debía nada a nadie.

Me miré en el espejo del armario. El reflejo me devolvió una mujer de veintiséis años que parecía mayor. El cabello castaño, siempre recogido en un moño bajo porque a Ronan le gustaba que no molestara. La piel pálida de quien pasa demasiado tiempo dentro. Los ojos… los ojos todavía tenían algo. Un resto de esa chica que creía que el amor se ganaba con paciencia. Me toqué el cuello. La marca del collar de compromiso todavía estaba allí, aunque el anillo no lo llevara ahora. El anillo pesaba demasiado para las tareas de la mañana.

Elegí el vestido gris. El de manga larga. El que Amelie había comentado una vez que me hacía «parecer una secretaria de las de antes». Me lo puse. El cierre se trabó un segundo en la espalda. Tiré con cuidado. Cedió. Me miré de nuevo. Correcta. Presentable. Invisible en la medida justa.

Bajé. El salón ya olía a café recién hecho. Yo no lo había preparado. Ronan debía de haber puesto la cafetera mientras yo limpiaba el mantel. Detalles así. Pequeños gestos que parecían atentos hasta que uno se daba cuenta de que siempre beneficiaban su imagen.

La puerta del timbre sonó exactamente a las seis y cuarenta. Amelie nunca llegaba tarde. Ni temprano. Exacta. Como si el reloj del mundo girara alrededor de su agenda.

Abrí.

Amelie Nightmoor estaba allí, con el cabello rubio recogido en un moño imperfecto que parecía espontáneo y costaba una fortuna. Llevaba un abrigo color crema y unos pantalones que marcaban cada línea de sus piernas. Sonrió. Esa sonrisa que nunca llegaba a los ojos.

—Elizabeth —dijo, como si mi nombre le supiera a algo ligeramente amargo—. Qué temprano estás despierta. Qué diligente.

Me aparté para dejarla pasar. El perfume de ella entró primero. Notas de jazmín y algo más oscuro, casi metálico. Ronan bajaba las escaleras en ese preciso instante, ya vestido. Camisa blanca, pantalón oscuro, el pelo todavía húmedo. Se detuvo en el último escalón cuando la vio.

—Amelie.

La forma en que dijo su nombre no se parecía en nada a la forma en que decía el mío. Había calor ahí. Reconocimiento. Historia.

Ella subió las dos gradas que los separaban y le rozó el brazo con los dedos. Un gesto mínimo. Íntimo. Yo estaba a tres metros y sentí el roce como si me lo hubieran hecho a mí.

—Traje los papeles del viaje —dijo ella, sacando una carpeta del bolso—. Los revisé anoche. Todo está confirmado.

Ronan tomó la carpeta. Sus dedos rozaron los de ella un segundo más de lo necesario.

—Perfecto. Elizabeth, ¿preparaste el desayuno?

La pregunta me golpeó en el pecho. No porque fuera inesperada. Porque siempre llegaba en ese tono. El tono de quien no duda de la respuesta.

—Está listo —mentí. No lo estaba. Pero lo estaría en cinco minutos.

Me giré hacia la cocina. Detrás de mí oí la risa baja de Amelie. Luego la voz de Ronan, más suave:

—No hace falta que te molestes tanto. Amelie y yo podemos desayunar fuera si es necesario.

«Si es necesario». Como si mi esfuerzo fuera una molestia opcional.

En la cocina abrí el refrigerador. Había huevos, pan, fruta. Todo comprado por mí el día anterior con el dinero que todavía me quedaba del último trabajo de limpieza. Sí. Seguía limpiando casas los fines de semana. Ronan no lo sabía. O fingía no saberlo. El sueldo de «prometida» no existía. Solo existía el techo, la comida y el anillo que me recordaba cada mañana que mi valor estaba atado a una promesa hecha por muertos.

Batí los huevos. El tenedor chocó contra el bol con un ritmo demasiado rápido. Respiré. Más despacio. El aceite calentó en la sartén. El olor subió. Desde el salón llegaban fragmentos de conversación.

«…la suite con vista al mar…»

«…reservé el asiento de ventana para ti…»

«…Elizabeth puede ir detrás, no le importa…»

No me importaba. Claro que no. Nunca me importaba.

Serví los platos. Tres. Aunque Amelie apenas comía. Puse la mesa del comedor con el mantel limpio, el que no tenía manchas de café. Cuando volví al salón, ellos estaban sentados en el sofá. Demasiado cerca. La rodilla de Amelie rozaba la de Ronan. Él no se apartó.

Dejé los platos sobre la mesa baja.

—Gracias —dijo Ronan sin mirarme.

Amelie sí me miró. Sus ojos recorrieron el vestido gris, el moño, las manos que todavía olían a huevo.

—Siempre tan… útil —comentó. La palabra «útil» sonó como un insulto envuelto en seda.

Me senté en el sillón individual. El más alejado. El que nadie elegía. Bebí un sorbo de café. Estaba amargo. No había puesto azúcar. Ya no recordaba el gusto de las cosas dulces.

Ronan abrió la carpeta. Empezó a hablar de fechas, de vuelos, de el hotel. El viaje de compromiso. Tres semanas en una isla cuyo nombre yo apenas podía pronunciar. Celebrar que nos casaríamos. Celebrar que los padres de él habían cumplido la promesa hecha a mi madre en su lecho de muerte. «Tus hijos se casarán», había dicho el señor Sinclair mientras sostenía la mano fría de mamá. Ronan tenía diecinueve entonces. Yo, diecisiete. Y desde ese día mi vida había dejado de pertenecerme.

Amelie interrumpía cada poco. Corregía un detalle. Añadía otro. Ronan asentía. Reía. La miraba de esa forma que a mí nunca me dedicaba. Yo bebía café y contaba los segundos entre cada latido de mi corazón. Demasiado rápidos. Demasiado ruidosos dentro de mi pecho.

En un momento, Amelie se inclinó hacia delante para señalar algo en el papel. El escote de su blusa se abrió lo suficiente. Ronan no apartó la vista de inmediato. Yo sí. Miré la ventana. El cielo estaba gris. Como mi vestido. Como casi todo en esta casa.

—Elizabeth —llamó Ronan de pronto.

Levanté la cabeza.

—¿Sí?

—¿Tienes algo que añadir? Sobre el viaje.

La pregunta era una trampa. Si decía que no, confirmaba que no tenía opinión. Si decía que sí, tendría que inventar algo que no chocara con lo que ellos ya habían decidido.

—No —respondí—. Confío en lo que ustedes elijan.

Amelie sonrió. Esa sonrisa pequeña, satisfecha.

—Qué buena eres —murmuró—. Siempre tan acomodaticia.

Ronan no la corrigió. Solo cerró la carpeta y se puso de pie.

—Tengo una reunión a las nueve. Amelie, ¿vienes?

Ella se levantó con elegancia. El abrigo crema se deslizó sobre sus hombros como si le obedeciera.

—Claro. Podemos seguir hablando en el auto.

Se dirigieron a la puerta. Ronan se detuvo un segundo, como recordando algo.

—Elizabeth. Limpia esto cuando termines. Y no olvides llevar el traje al tinte. El de la cena del viernes.

Asentí. Él ya estaba abriendo la puerta. Amelie pasó a su lado. Sus hombros se rozaron. Luego el clic de la cerradura. El silencio que quedó fue más pesado que cualquier grito.

Me quedé sentada frente a los platos apenas tocados. El huevo se había enfriado. La yema tenía una piel fina en la superficie. La levanté con el tenedor. Se rompió. Amarillo pálido se esparció por el plato blanco.

Respiré hondo. El aire entró frío. Salió tembloroso.

Me levanté. Recogí los platos. Los llevé a la cocina. Abrí el grifo. El agua caliente me quemó un poco los dedos. No la cerré. Dejé que me quemara mientras fregaba. El jabón olía a limón artificial. El mismo de siempre. El que compraba porque era el más barato.

Mientras fregaba, la mente hizo lo que siempre hacía: viajar hacia atrás. Hacia los días en que todavía creía que el afecto de Ronan era real. Hacia las noches en que él me tocaba con una especie de obligación suave, como quien cumple un deber. Hacia las mañanas en que Amelie llamaba y él sonreía de verdad. Hacia el momento exacto en que entendí que el anillo no era una promesa de amor. Era una deuda.

El agua siguió corriendo. Mis manos se enrojecieron. No las sequé de inmediato. Las dejé bajo el chorro un poco más. El ardor era algo concreto. Algo que yo controlaba.

Cuando por fin cerré el grifo, el silencio de la casa volvió a llenarlo todo. Caminé hasta el salón. Recogí la carpeta que Ronan había dejado sobre la mesa. La abrí. Dentro había impresiones de vuelos, reservas de hotel, una lista de actividades. En ninguna parte aparecía mi nombre como algo más que «acompañante». En el asiento del avión, el mío estaba tres filas detrás del de ellos. Ventana para Amelie. Pasillo para Ronan. Yo en el medio de un grupo de desconocidos.

Cerré la carpeta. La dejé exactamente donde estaba.

Subí al dormitorio de invitados. Me quité el vestido gris. Me quedé en ropa interior frente al espejo. El cuerpo que miré no era feo. Era un cuerpo que había trabajado demasiado. Hombros un poco caídos. Cintura estrecha por las comidas que a veces me saltaba. Senos que todavía tenían forma. Piernas fuertes de tanto caminar entre trabajos. Pero había algo apagado en la piel. Como si la luz no quisiera quedarse.

Me toqué el vientre. Luego el cuello. Luego los labios. Estaban secos. Me los humedecí con la lengua. El gesto me pareció ridículo. ¿Para quién me estaba preparando? ¿Para el hombre que me dejaba tres filas atrás? ¿Para la mujer que sonreía mientras me llamaba útil?

Me vestí de nuevo. Esta vez con jeans y una camiseta vieja. El uniforme de los días en que Ronan no estaba. Bajé. Tomé las llaves del cajón. Salí de la casa. El aire de la calle me golpeó la cara. Olía a escape de autos y a panadería de la esquina. Caminé sin destino fijo durante casi una hora. Pasé frente al café donde había trabajado hace dos años. La dueña todavía estaba detrás del mostrador. Me vio. Levantó una mano en un saludo vago. Seguí caminando.

En algún momento me senté en un banco de una plaza pequeña. Había niños corriendo. Una pareja joven se besaba bajo un árbol. Una mujer mayor alimentaba palomas. Gente que existía sin pedir permiso. Gente que no debía su techo a una promesa hecha por muertos.

Saqué el teléfono. No había mensajes de Ronan. Solo uno de Amelie, enviado hace diez minutos:

No olvides el traje. Y por favor, intenta no ponerte esa cara de mártir en el viaje. Arruina el ambiente.

Leí el mensaje tres veces. Luego apagué la pantalla. El cristal se empañó un segundo con el calor de mi mano.

Cerré los ojos. El sol de media mañana me calentó los párpados. Detrás de ellos, por un instante, imaginé otra vida. Una en la que alguien me mirara como si yo fuera la elección y no la obligación. Una en la que el roce de unos dedos no viniera cargado de desprecio. Una en la que el café no se derramara por temblor.

Abrí los ojos. La plaza seguía igual. Los niños seguían corriendo. La pareja seguía besándose.

Me levanté. Caminé de regreso a la casa. Cada paso resonaba en el pavimento como una cuenta regresiva. Porque sabía, con una certeza fría y absoluta, que el viaje se acercaba. Y que algo en ese viaje iba a romperse. No sabía qué. Solo sentía el peso de esa ruptura futura posándose ya sobre mis hombros.

Cuando llegué, la casa estaba en silencio. Dejé las llaves sobre la mesa. Subí al dormitorio de invitados. Me acosté vestida sobre la cama individual. El colchón era demasiado blando. El techo tenía una grieta fina que empezaba en la esquina y se perdía hacia el centro.

La miré durante mucho rato.

Y por primera vez en meses, permití que una sola lágrima cruzara mi sien y se perdiera en la almohada.

No fue por tristeza.

Fue por la certeza de que mañana volvería a levantarme, a preparar el café, a sonreír cuando Amelie entrara, a decir «no me importa» cuando me dejaran tres filas atrás.

Y que lo haría una y otra vez.

Hasta que algo, o alguien, me obligara a dejar de hacerlo.

El reloj de la mesita marcaba las once y cuarenta y dos.

Todavía quedaban muchas horas de silencio por delante.

Y yo, Elizabeth Felton, prometida de un hombre que no me elegía, seguía allí. Respirando. Esperando. Resistiendo.

Como siempre.

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