Capítulo 3 Tres filas más atrás.
Elizabeth
El día del viaje amaneció con un cielo demasiado limpio, de ese azul intenso que parece mentira, como si el mundo hubiera decidido lucirse justo cuando yo más necesitaba que estuviera gris. Me desperté antes que el despertador. Las cinco y cuarenta y dos. La casa todavía respiraba ese silencio denso de las madrugadas en las que nadie ha hablado aún y todo parece posible… hasta que alguien abre la boca.
Me quedé quieta en la cama del dormitorio de invitados, contando los latidos contra la almohada. El cuerpo me pesaba de una forma distinta. No era el cansancio de siempre. Era la certeza de que, en unas horas, subiría a un avión con el hombre que se casaría conmigo por compromiso y con la mujer que ocupaba el lugar que yo nunca había logrado conquistar. Tres semanas. Una isla. Un anillo que me quemaba el dedo aunque no lo llevara puesto en ese momento.
Me levanté. El suelo estaba frío. Bajé descalza, cuidando que ningún escalón crujiera. En la cocina puse agua a calentar. No para café. Para té. El café me removía demasiado el estómago los días en que el aire ya venía cargado de lo que vendría. Mientras esperaba a que hirviera, apoyé las manos en el borde de la encimera y cerré los ojos. Respiré. El aire entró con ese leve gusto metálico de las tuberías. Salió temblando.
Arriba se oyeron pasos. Ronan. Su rutina era exacta incluso en los días de viaje. Ducha larga. Colonia. El sonido de los cajones abriéndose y cerrándose con esa precisión que nunca se permitía conmigo. Luego la voz de Amelie, baja, procedente del dormitorio principal. No me sorprendió. Había pasado la noche. De nuevo. Yo había oído la puerta cerrarse cerca de la una. Había contado los minutos hasta que el silencio volvió a ser solo mío.
El agua hirvió. Preparé el té. Me lo bebí de pie, mirando por la ventana de la cocina el patio interior todavía en penumbra. Las hojas de la enredadera se movían apenas. Pensé, no por primera vez, en lo absurdo de mi situación. Una mujer de veintiséis años que había limpiado casas, servido mesas, planchado camisas ajenas y sonreído cuando le decían “útil”, preparándose para un viaje de compromiso en el que ni siquiera tenía asiento al lado de su prometido.
Subí. Me duché con agua más caliente de lo necesario. El jabón barato hizo espuma entre mis dedos. Me enjuagué el cabello dos veces. Me sequé con la toalla vieja. Delante del espejo me miré el cuerpo con una objetividad casi cruel. Senos que todavía tenían peso. Cintura marcada por demasiadas comidas saltadas. Piernas fuertes. Piel pálida que rara vez veía el sol. Me toqué el cuello, ahí donde a veces Ronan dejaba un moretón pequeño cuando decidía que quería marcar algo. Hoy no había ninguno. Hacía semanas que no me tocaba de esa forma.
Elegí el vestido azul oscuro. El de manga corta. El que Amelie había dicho una vez que me hacía “parecer menos apagada”. Me lo puse. El cierre subió con un sonido suave. Me miré de nuevo. Correcta. Presentable. Casi invisible, pero no del todo. Recogí el cabello en un moño bajo, el mismo de siempre. Luego lo deshice. Lo dejé suelto. Un gesto pequeño de rebeldía que nadie iba a notar y que, sin embargo, me hizo sentir un poco más dueña de algo.
Bajé con la maleta pequeña. La había empacado la noche anterior con una precisión casi militar: tres vestidos, ropa interior nueva, el traje de baño que apenas me atrevía a usar, el neceser con productos baratos al lado de los caros que Ronan me había regalado una vez y que yo casi no tocaba. La maleta pesaba poco. Como si mi vida entera cupiera en ese espacio reducido.
En el salón, Amelie ya estaba vestida. Un enterizo blanco que marcaba cada curva con una naturalidad ofensiva. El cabello recogido en un moño alto que dejaba al descubierto el cuello largo. Estaba revisando algo en el teléfono cuando levantó la vista y me vio.
—Por fin —dijo, con esa media sonrisa que nunca llegaba a los ojos—. Pensé que te habías quedado dormida. Sería típico.
No respondí. Dejé la maleta junto a la puerta. Ronan bajó en ese momento. Camisa azul claro, pantalón beige, el reloj caro en la muñeca. Se detuvo un segundo al verme. Su mirada recorrió el vestido, el cabello suelto, la maleta. No hubo elogio. Solo un leve fruncimiento de cejas, como si algo no encajara del todo en la imagen que tenía de mí.
—Lista —fue todo lo que dijo.
Amelie se acercó a él y le ajustó el cuello de la camisa con una familiaridad que me removió las entrañas. Él no se apartó. Al contrario: inclinó un poco la cabeza para facilitarle el gesto. Yo aparté la vista hacia la ventana. El cielo seguía demasiado azul.
El viaje en auto hasta el aeropuerto fue un ejercicio de contención. Yo iba en el asiento trasero. Ronan conducía. Amelie iba de copiloto, con las piernas cruzadas y una mano apoyada en el reposabrazos central, tan cerca de la de él que a veces sus dedos se rozaban cuando él cambiaba de marcha. Hablaban de la isla, de las reservas, de una cena que habían planificado sin consultarme. Yo miraba por la ventana el paisaje que se deslizaba: edificios, semáforos, gente que caminaba con prisa hacia vidas que no conocía. Cada tanto, el perfume de Amelie llegaba hasta mí, dulce y pesado, mezclado con la colonia de Ronan. El olor de ellos dos juntos.
En el aeropuerto todo se aceleró. Check-in. Seguridad. La fila larga donde Amelie se quejaba en voz baja del calor y Ronan le ofrecía su chaqueta aunque ella no la necesitara. Yo arrastraba mi maleta pequeña y sentía cómo la correa del bolso se me clavaba en el hombro. Cuando llegamos a la zona de embarque, Ronan sacó los boletos y los revisó una vez más.
—Amelie y yo vamos juntos —dijo, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Tú estás tres filas detrás. Ventanilla. Así puedes dormir si te da sueño.
Asentí. La palabra “ventanilla” sonó hueca. No era una consideración. Era una forma elegante de decir que no cabía en su espacio.
Amelie me miró por encima del hombro mientras se adelantaban hacia la manga de embarque.
—No te pongas esa cara, Elizabeth. Es solo un vuelo. Además, a ti siempre te ha gustado mirar por la ventana. ¿No?
No respondí. Seguí caminando. El corazón me latía con una fuerza sorda contra las costillas. Cada paso resonaba en el piso del aeropuerto como una cuenta regresiva.
Dentro del avión el aire acondicionado olía a plástico y a café recalentado. Encontré mi asiento. 24A. Ventanilla. A mi lado había un hombre mayor que ya dormía con la cabeza apoyada en un cojín de viaje, y una mujer joven que revisaba el teléfono sin levantar la vista. Guardé la maleta en el compartimento superior con cuidado. Me senté. Ajusté el cinturón. Las manos me temblaban un poco. Siempre me temblaban antes de despegar. El miedo a volar era real, antiguo, de esos que se clavan en la infancia y no se van del todo. Había pensado pedirle a Ronan que me tomara la mano durante el despegue. Había ensayado la frase en la ducha esa misma mañana. Ahora la idea me parecía ridícula.
Los vi a ellos dos pasar por el pasillo. Amelie iba delante. Se detuvo un segundo al llegar a su fila —la 21— y miró hacia atrás, buscándome. Cuando me encontró, sonrió. Una sonrisa pequeña, satisfecha, casi íntima. Luego se dejó caer en el asiento de la ventanilla. Ronan se sentó a su lado. Desde donde yo estaba podía ver el perfil de él, la forma en que inclinaba la cabeza hacia ella para decirle algo al oído. Ella se rió. El sonido llegó amortiguado hasta mí.
Cerré los ojos. Respiré. El aire del avión entraba frío por las toberas. Mis dedos se aferraron a los reposabrazos hasta que los nudillos se me pusieron blancos. La azafata pasó haciendo la demostración de seguridad. Su voz era profesional, casi amable. Yo no escuché ninguna palabra. Solo el latido de mi propia sangre en los oídos.
Cuando los motores empezaron a rugir, el miedo subió por mi garganta como una marea. Abrí los ojos. Busqué a Ronan con la mirada. Él estaba ocupado ajustándole el cinturón a Amelie, aunque ella no lo necesitaba. Sus dedos se movían con una ternura que yo apenas recordaba. Ella le decía algo. Él asentía. Luego, como si sintiera mi mirada, giró un poco la cabeza. Nuestros ojos se encontraron durante un segundo. Solo un segundo. En el suyo no había preocupación. Solo una leve impaciencia, como si mi miedo fuera un inconveniente más en su lista.
Aparté la vista. Me di la vuelta hacia la ventanilla. El asfalto empezaba a deslizarse. El avión cobraba velocidad. El estómago se me encogió. Apreté los párpados. Las uñas se me clavaron en las palmas. El ruido de los motores llenó todo. El empujón del despegue me pegó contra el asiento. Por un instante creí que iba a gritar. No lo hice. Me limité a respirar por la boca, en bocanadas cortas y rápidas, mientras el suelo se alejaba y el cielo azul se tragaba el avión entero.
Cuando por fin estabilizamos la altitud, abrí los ojos. Las manos me dolían. Tenía medias lunas rojas en las palmas. Me sequé el sudor frío de la frente con el dorso de la mano. A mi lado, el hombre mayor seguía dormido. La mujer joven ya tenía los auriculares puestos.
Me giré un poco. Desde mi asiento podía ver, si me inclinaba, el perfil de Ronan tres filas adelante. Amelie tenía la cabeza apoyada en su hombro. Él no se había movido. Una de sus manos descansaba sobre el muslo de ella, distraída, posesiva, como si ese contacto fuera lo más natural del mundo.
El nudo en mi garganta se apretó hasta volverse doloroso.
Pedí un vaso de agua cuando pasó la azafata. Lo bebí de un trago. El líquido frío me bajó por el esófago y se instaló en el estómago como una piedra. Luego me quedé quieta, mirando por la ventanilla las nubes densas y blancas que parecían un mar al revés. Pensé en mi madre. En la promesa. En la forma en que había apretado la mano del señor Sinclair mientras el oxígeno le faltaba. “Cuida de ella”, había susurrado. Y el señor Sinclair había asentado, solemne, y había mirado a su hijo de diecinueve años como si le estuviera entregando una herencia y no a una persona.
Yo había sido esa herencia.
Durante años había intentado convertirme en algo más. Había sonreído cuando me humillaban. Había cocinado cuando me ignoraban. Había abierto las piernas cuando Ronan decidía que le correspondía cumplir. Había callado cada vez que Amelie ocupaba el espacio que debería haber sido mío. Y ahora estaba aquí, tres filas detrás, con las manos todavía marcadas por el miedo al despegue y el corazón latiendo demasiado fuerte contra las costillas.
El tiempo se volvió elástico. Media hora. Una hora. El hombre de al lado se despertó, pidió un café y volvió a dormirse. La mujer joven se rió en voz baja de algo que veía en la pantalla. Yo seguía mirando por la ventanilla, pero ya no veía las nubes. Veía el futuro inmediato: la isla, las cenas en las que yo sería la tercera, las noches en las que Ronan encontraría excusas para no volver a la habitación, las sonrisas de Amelie cada vez que lograra recordarme mi lugar.
En algún momento me levanté. El cuerpo protestó después de tanto tiempo quieto. Caminé por el pasillo hacia el baño de atrás, más por necesidad de moverme que por otra cosa. Al pasar junto a la fila 21, no pude evitar mirar. Amelie tenía los ojos cerrados. Ronan le acariciaba el dorso de la mano con el pulgar, un gesto lento, casi hipnótico. Ninguno de los dos me vio.
En el baño me miré al espejo pequeño y manchado. Los ojos me brillaban demasiado. Las mejillas estaban pálidas. Me mojé las muñecas con agua fría. Respiré hondo tres veces. Cuando salí, el pasillo parecía más estrecho.
Volví a mi asiento. Me abroché el cinturón otra vez, aunque no hacía falta. Apreté los reposabrazos. Cerré los ojos.
Y por primera vez desde que el avión había despegado, permití que una sola certeza se instalara con claridad absoluta en mi mente:
Algo iba a romperse en este viaje.
No sabía si sería yo, o la mentira que llevábamos años sosteniendo entre los tres, o esa promesa antigua que me había atado a un hombre que nunca me había elegido de verdad.
Solo sabía que el aire del avión ya sabía distinto.
Y que, cuando volviéramos a tocar tierra, yo ya no podría fingir que no había visto lo que había visto.
Ni que no había sentido lo que estaba sintiendo.
El motor seguía rugiendo en un tono constante. Las nubes seguían pasando. Y yo, Elizabeth Felton, prometida de Ronan Sinclair, seguía sentada tres filas detrás, con las manos cerradas en puños sobre el regazo y el corazón latiendo como si intentara escapar del pecho.
Esperando.
Respirando.
Resistiendo.
Una vez más.
Pero esta vez, por primera vez en mucho tiempo, la resistencia empezaba a saber a otra cosa.
A algo que se parecía peligrosamente a un final.
